EL TÍO ESTEBAN

Caía el sol del atardecer lamiendo las piedras negruzcas que formaban las paredes de la casucha del tío Esteban, medio cubiertas por las verdes hojas de la añosa parra, deslizaba el arroyo sus aguas frescas y tan cristalinas que se podían contar las blancas piedrecillas del fondo. Allá a la espalda, un monte alto, el Teleno, poblado de verdes pinos que inundaban la atmósfera con sus balsámicas emanaciones, y entre la casa y el pinar, amén de un camino de herradura, un huerto cercado con troncos de madera ennegrecida por el tiempo.
A la puerta de la casa, y debajo de una ventana estrecha, un banco de piedra, asiento predilecto del tío Esteban y de los que con él usábamos de departir sobre cosas del tiempo viejo, en nuestras frecuentes visitas al pastor jubilado.
Era el bueno del tío Esteban hombre entrado en los 75, de tez curtida por el sol y el viento de las montañas, que allá en su mocedad recorrió tras de la piara de ovejas, de más que mediana estatura, y algo encorvado por el peso de los años. Su cara, llena de surcos y arrugas, estaba animada por unos ojillos grises, de mirar tan vivo y picaresco como los de un mozo de veinte años, y una sonrisa, entre bondadosa y burlona, entreabría de continuo sus labios hundidos por la falta de dientes. Algunos mechones de cabellos blancos, duros y fuertes como cerdas, asomaban por debajo de su grasienta montera de piel de nutria, y en los bolsillos de su chaqueta parda no faltaba nunca el paquetillo de picado, la piedra de lumbre, el eslabón, residuo de la hundida ferrería, y su buen trozo de aromática yesca.
El frío de los inviernos, y el cansancio de los años, echáronle del monte, e imposibilitado de seguir cuidando las ovejas arriba, cuidaba sus pieles allá en la casucha de la entrada del pueblo, convirtiéndolas en preservadores zangones, llenos de ramos y bordados, que luego lucían los mozos en las fiestas de los pueblos.
Durante el tiempo que el tío Esteban pasó en el monte, hizo gran acopio de conversación para la aldea, y ávido de palabras, esperaba la venida de cualquiera, sentado allá en el poyato, para dar rienda suelta a su comezón de hablar, contando viejas historias del lugar o del monte, episodios atrevidos de caza, aventuras de hijos del país enriquecidos en América y hasta picantes historietas de mozas, que hoy, ya faltas de dientes y de pelo, cuidaban de sus nietos.
Una de las tardes, en que estaba de charla con el viejo, hallábamos a la puerta de su casucha, disfrutando del fresco y embalsamado ambiente que allí se respiraba, apareció se por la cerca de maderos del huerto un mocetón robusto, que a grandes zancadas había desaparecido de la montaña.
Rebosaba el muchacho salud y vida, frescura y alegría, y dirigió se al viejo, que se incorporó al verlo, para estrecharle entre sus brazos robustos, con un abrazo fuerte y apechugado.
Volvió se el viejo a mí, no bien repuesto del apretón del muchacho, y, levantando la cabeza con orgullo, me dijo:
-Ahí lo tiene usted, tan guapo, tan robusto; mi nieto que viene del ganado a ver al viejo como todas las semanas. ¡Benditas las calenturas, que a mi lado lo tienen!
Chócame esta última exclamación del tío Esteban y seguro de que encerraba una historia que él no había de ser tardo en referirme, pedí le la explicación, que me dio, poco más o menos, en los términos siguientes:
Hace ya muchos años, aquí había dos fábricas que daban colocación a unos cuantos obreros; aquí había ganado en abundancia, y esos claros que se ven en el monte no existían. Entre las fábricas, el pastoreo y las maderas todos íbamos viviendo, trabajosamente, sí, pero sin que a nadie le faltase el pan de cada día, ni el trago de vino para remojarlo.
Metidos en este rincón del mundo, los productos de las fábricas salían con gran trabajo a los mercados; en otras partes dotadas de ferrocarriles y carreteras se producía con mayor ventaja, y nuestra industria fue viniendo a menos, hasta que después de una agonía rápida murió dejando en la calle a una porción de gente.
La obra de destrucción se completó con los incendios. Un día nos despertó una claridad rojiza, un humo denso llegaba hasta las puertas del pueblo; dimos un grito de horror; acudimos al brasero inmenso que formaba nuestro monte, pero nuestros esfuerzos fueron inútiles; al otro día había desaparecido medio pinar y en lugar de aquellos árboles, que con su verdor perenne recreaban la vista, quedaban unos cuantos palos carbonizados de insignificante valor y esas extensas calvas que desde aquí se pueden ver.
Las cosas iban, pues, de mal en peor, cerradas primero las puertas de la fábrica, se nos cerraban también las del monte y los hombres nos mirábamos unos a otros, con el dolor que produce la forzosa holganza, que nos privaba de llevar a casa lo necesario para sostener nuestras familias. Entonces se pensó en buscar otro campo donde trabajar y los más atrevidos concibieron la idea de jugarse el todo por el todo, atravesar el charco y llevar su actividad, su juventud y su vida a América, en busca de fortuna.
La gente de esta tierra es sobria, trabajadora, honrada; no fue de extrañar por tanto que algún tiempo después comenzasen a venir cartas de América, con unos sellos muy majos y un papelillo dentro, que se cambiaba en casa de un señor de la Ciudad por buenas monedas contantes y sonantes.
El problema estaba resuelto, se cerraba el monte, pero en cambio se abría una mina y el ardor de explotarla fue tal que en pocos años no quedó casa en el pueblo que no tuviera su representante al otro lado del mar.
Yo también me contagie con la fiebre aquella y, como no estaba ya en edad de meterme en aventuras por el mundo, pensé en mandar al nieto en busca de fortuna. Discutió se la cosa en familia, se le preparó la ropa, se le buscó una colocación, y, cuando ya estaba todo preparado, ocurrió un suceso que nos hizo variar radicalmente de modo de pensar.
Uno de los americanos que más suerte habían hecho era Cleto, el de la tía Gregoria; su madre ya no trabajaba; los papelillos de las cartas del hijo le daban más que de sobra para vivir.
Un día el tío Correo le trajo una carta con el sello de América, pero con un sobre con orla negra; la carta aquella no traía papelillo, traía sólo la noticia escrita de la muerte del pobre Cleto. Yo lo vi marcharse, alto, fornido, robusto, y después de luchar como un negro allí había muerto en tierra extranjera, lejos de los suyos, sin los cuidados de su madre, privado de sus besos y de sus caricias. La tía Gregoria no echó luz desde entonces; parecía que las calenturas de su hijo le habían alcanzado también a ella. Yo, en cambio, eché cuerda a mojo y dije para mis adentros: bien se está San Pedro en Roma; trabajo por trabajo, que se pase el chico la vida tras de las ovejas en su tierra, que como le duela un día la cabeza aquí tendrá a sus abuelos para cuidarlo, para asistirle, para reanimarle con sus besos y caricias.
Dicho y hecho; comuniqué el proyecto a mi vieja, se lo participamos al muchacho, deshicimos el lío de ropa, y aquel día nos sentamos a comer más contentos que unas pascuas, tanto como si celebrásemos la vuelta del hijo millonario.
Hoy mis zangones no se consumen en el pueblo; los hijos del país vuelven de América vestidos de señores y apenas otro que mi muchacho anda por el monte detrás del rebaño.
Yo veo volver a los americanos ricos, con verdadera alegría, no les tengo envidia a ellos ni a los suyos, porque con todo el dinero del mundo no se puede pagar el abrazo que me da mi nieto todas las tardes al volver del ganado, ni la tranquilidad y la alegría con que dormimos debajo del techo de nuestra casucha. Después de todo, nadie más rico que el que se conforma con lo que tiene.
Así dijo el tío Esteban, y haciendo con sus manos toscas y algo temblorosas un cigarrillo prendió lo con un pedazo de yesca, y con su sonrisa, entre burlona y bondadosa, vio perderse en la atmósfera las nubecillas de humo.
El riachuelo murmuraba plácidamente al deslizarse sobre su lecho de guijarros; a lo lejos sonaba el tintineo de las esquirlas del ganado, la campana de la Iglesia tocaba las oraciones y el pinar se iba desvaneciendo en la penumbra del anochecer.
Dentro de la casucha se oía la voz del mozo gritando: ¡Abuela, abuela, a cenar que ya es hora!
Yo me levanté para volver a mi casa, y cuando a solas recorría el estrecho sendero iba también pensando:
Tiene razón el tío Esteban; dichoso él que se conforma con lo que tiene.

1 Comment
  • María Míguez
    Posted at 05:02h, 12 octubre

    Creo sinceramente que ahí reside eso que llaman felicidad. No en el conformismo sino en la aceptación.
    Un saludo

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