LA BAUTA DEL ZENDALE

Miro a Luis tratando de hallar algo de consuelo en su rostro, me sobresalta la musiquilla del móvil de Luis, haciendo que vuelva a la realidad.

–¿Me disculpas? Debe de ser el comisario Freixa.

Mientras Luis habla por teléfono mi mente me lleva a la realidad de los acontecimientos, a lo que le acabo de confesarle a Luis. No tengo intención de seguir insistiendo en ello. Demasiada gente sufrirá con la desnuda verdad. Pero las circunstancias bajo las cuales los momentos de una vida cambian de rumbo siendo tan anacrónicos, que están en desacuerdo con la razón, que lo lógico será no comentar nada sobre Pascual hasta que, oficialmente para todos, este muerte, ya que de momento solo está muerto y enterrado para mí. La muerte es el árbitro de la felicidad. La muerte es la medida con la que juzgamos la vida de los demás.

–Freixa dice que debemos presentarnos mañana a las once de la mañana en la Audiencia, ante su señoría. Quiere hacernos unas preguntas… He quedado que antes, sobre las nueve que pasaremos por Anatómico Forense para…

–¿No puede ser antes? Quiero terminar cuanto antes con todo esto.

–Lo entiendo. Pero es lo que hay. ¿En qué piensas?… Te noto distante.

–Estoy abatido, derrotado. Lo acontecido me ha herido gravemente en lo más hondo. Me encuentro extraviado en la profunda oscuridad de este negro túnel al que me han arrojado, que ya apenas tengo fuerzas para luchar…

“Seguramente me he precipitado lanzándome al vacío, en busca de una falsa libertad de vuelo, intentando huir del suplicio que será esta agonía de no saber lo que realmente ha sucedido con Letizia”.

–Tenemos que contrarrestar las ausencias inesperadas y perdidas, con los recuerdos que nos han dejado –comienza diciendo un cabizbajo Luis–. Las personas vienen y van por algún motivo. Soy de los que piensan que las cosas nos ocurren por algún motivo, nada es fruto del azar o la casualidad. Tenemos que aprender a coexistir con estos momentos malos, terribles en alguna ocasión, como esta, que a veces aparecen así, sin más, en nuestra vida, aunque no tengamos ni ganas ni fuerzas para ello. En esos momentos es cuando tenemos que encontrar una motivación extra para continuar adelante. No podemos dejar que nos domine la triste rutina, ni la desesperación, sino que debemos vivir con mayor intensidad si cabe, cada instante de nuestra vida, porque son irrepetibles. Todos los caminos son de dos direcciones, de ida y vuelta.

–Luis, no te puedes hacer una idea de la inquina que en estos momentos está hirviendo en mi interior por la muerte de Letizia. Es como lava hirviendo en el interior de un volcán, que está a punto de estallar. Tengo miedo de las consecuencias que se deriven de ese estallido. Del dolor que sentirán mis pequeños, su familia, la mía… La gente sufre y se cierra. Presiento que mi vida se hace frágil e inestable.

–Ya, pero solo hasta que el dolor se queda dormido en un sueño profundo.

–No, el dolor nunca duerme. Es como el buen vino que de cantas con esmerado cuidado y mimo, en una botella de excelente cristal, sellando su boca con un buen corcho para que este no se estropee, depositándola en un estante para poder observarla todos los días para recordarte su áspero sabor.

–De lo sucedido tú no tienes la culpa, ha sucedido sin que lo hayas buscado. Nuestra vida está llena de inesperados giros que superan la imaginación, hay acontecimientos que surgen de forma abrupta que nos obligan a que tengamos que replantearnos de nuevo nuestra vida.

Escucho las palabras de Luis, pero no les prestó atención, mi mente está empezando a perder la lucidez por momentos, cansada de controlar la rabia que siento.

Necesito estar solo para poder gritar.

–¿Lo de la Audiencia no podríamos aplazarlo? No tengo la cabeza ni el cuerpo para preguntas, para las que no tengo respuesta. ¿Por qué no intentas aplazarlo para después de que nos hayamos despedido de Letizia?

–Lo intentare, pero no puedo asegurar que lo consiga.

–Te lo agradezco.

–Pero pienso que cuanto antes terminemos de aclarar todo este despropósito, antes podremos volver a nuestros…, a descansar.

–Quizás, no creo que pueda hacerlo en algún tiempo. Las cosas suelen ocurrir por algo, y estoy convencido de que tardaremos un tiempo en descubrir ese “algo”.

–Insisto en que ahora debes  descansar, dejar de pensar. Seguramente después de que lo hagas lo veras todo desde otra perspectiva que le dé un sentido a todo esto.

–No es tan fácil dejar de pensar…

–Al menos inténtalo.

–Lo que ahora necesito es una buena ducha y cambiarme de ropa.

–¿Quieres ir a algún sitio determinado?

–A un hotel.

–¿Alguno en concreto?

–A cualquiera, menos al Miguel Ángel. ¿Puedes encargarte de ello?

–No hay problema. Yo me encargo… ¿Quieres venir a casa?

–Gracias. Pero mejor será que no. Prefiero la soledad de una habitación de hotel.

Me despierto sobresaltado, no sabiendo donde me encuentro en realidad. Un afónico chirrido ronronea intermitentemente en mis oídos. Instintivamente mi brazo derecho comienza a realizar amagos al aire braceando entre los agudos sonidos tratando de localizar de donde provienen. Logro descolgar el teléfono que esta sobre la mesilla, cesando el desquiciante sonido.

–Buenos días, señor Beltrán. Son las siete de la mañana. Su hora, señor –dice susurrando una suave voz masculina en mi oído.

Abro mis ojos entrecerrados. Noto como una pesada presión comprime el interior de mi cabeza. La voz que acaba de susurrarme al oído, me hace recordar que una cita inexcusable me aguarda esta mañana. No creo que esté en condiciones de asistir a ella, pero no tengo alternativa para no hacerlo… Y yo soy de los que no tolera los atrasos en mis citas, ni ajenos y mucho menos los propios, el don de la puntualidad me es exquisitamente apreciado por mi… Al final las pesadillas me han vencido, pues no recuerdo a qué hora me he quedado dormido. El par de pastillas, el whisky, quizás el agotamiento que acumula mi cuerpo, ha terminado por tumbarme, dejándome esta pesadez que planea sobre mi cabeza… Me daré una ducha.

Salgo de la ducha mientras trato de coger el albornoz que se encuentra colgado de la percha. Secándome el rostro con el extremo de la toalla, corro la cortina del ventanal dejando que los rayos de la luz de la mañana bañen mi cuerpo húmedo, observo con cierta pesadumbre como unas retorcidas nubes están cubriendo el extenso cielo plomizo de este amanecer de Madrid. Seguro que nos aguarda un día, oscuro y posiblemente lluvioso, me digo a mí mismo. A mi espalda escucho la voz del hombre del tiempo que sale del televisor, pronosticando para la zona central un anticiclón de bajas temperaturas, lluvia para las primeras horas de la mañana, durante el resto del día nubes dispersas y altas, con temperaturas en alza a partir de mediodía. Me pondré la ropa de ayer, el suéter negro de cuello redondo con la chaqueta gris. El fresco de esta mañana que se presentaba en el albor de un nuevo día, me hace recordar el motivo de la reunión de esta mañana. Ante este recuerdo mis ojos se van humedeciendo con finas lágrimas queriendo brotar del lago de sus cuencas.

Todavía es pronto, Luis aun tardara unos treinta minutos en llegar, tiempo más que suficiente para recoger mis escasas pertenecías y tomarme un café. Salgo al balcón con el recuerdo de ella en mi mente, después de un día kafkiano y de una noche llena de tormentosas dudas y preguntas ahogadas en unos vasos de whisky. Me acompañan como siempre mi pipa vacía, colgada de la comisura de mis labios. Mi cuerpo bajo el suéter negro reacciona a la temperatura matutina y una lágrima me sorprende recorriendo mi mejilla. Miro hacia el norte y solo veo construcciones sobre construcciones, prisas, gente, ruido, y yo parezco estar en pausa, como pidiéndole al de haya arriba que detenga el mundo, que yo me quiero bajar, que ya no puedo más, que te necesito. Un tímido rayo de sol besa mi piel, me quiere regalar un deje de esperanza, me quiere demostrar que aún hay luz al final del túnel, que ya no puedo caer más bajo y que de ahora en adelante todo será para bien y para mejorar la situación. Al menos es lo que espero, aunque no estoy demasiado convencido de ello. Pues el recuerdo de ella está decidido a no abandonarme. Siento mi corazón tan cansado, que quisiera dejar de amar, dejar marchar esa felicidad tan grande que sentí a tu lado y estar con alguien más que, al menos, llene la soledad en la que me has dejado. Aunque no haya sido por tu propia voluntad.

Sé que voy a salir al mundo cotidiano de todos los días y, seguramente, me daré cuenta, uno de esos cotidianos días, que entre tanta gente puede que encuentre a alguien que no me juzgue tan duramente como tú lo hiciste, alguien que sepa perdonar mis errores, porque yo jamás he sido perfecto, tampoco es que yo lo pretendiese. Amada mía, voy a salir al mundo de ese letargo en el que me he mantenido durante estos últimos años, en los que me he mantenido con tu presencia, que se hizo ausencia por mí parte, no te voy a negar que mis huesos pesan más, las ojeras que se muestran bajo mis ojos solo denotan el tiempo que he llorado y el insomnio que me ha producido intentar en vano olvidarme de lo que nos ha sucedido. Las canas comienzan a asomarse en mi cabeza, sobre mi poblada caballera desaliñada, como finas líneas en blanco del tiempo que no hemos pasado juntos. Que te voy a decir de mi mirada, tú la has visto hace dos días, desde entonces se ha empequeñecido y ha perdido el brillo, de tanto rebuscar en un pasado que existió y no existió, el brillo aquel que nació cuando te vi por primera vez se ha apagado, mi sonrisa se ha vuelto opaca y mis pasos desde hace dos días se han vuelto lentos demostrando el cansancio que siento. Hoy es un nuevo día en un mundo que desconozco y en el que no voy a poder encontrarte.

Luis, estaba esperándome en el interior de su coche, en el arcén de entrada al hotel Vinci. La ducha y un par de aspirinas están logrando que me despeje, adormeciendo los recuerdos de alguien de quien no deseo olvidarme. La mustia realidad espera. Nos encaminamos hacia uno de esos caóticos momentos que nos guarda el destino.

Cuarenta y cinco minutos más tarde estaba entrando en el Instituto Anatómico Forense, acompañado por Luis, las palabras son el espectro del silencio, y los pasos las frías losas de mármol del dolor. El doctor Caniellas nos está esperando en la antesala de la morgue. Nos saluda y dice unas palabras que mis oídos oyen, pero mi conciencia no escucha, pues ella estaba manteniendo una batalla con los recuerdos del duende de Letizia. Al entrar en la morgue, los cristales de las gafas se empañan y una tenue neblina envuelve mi triste mirada. La mesa metálica de acero acoge en su planeidad el cuerpo de Letizia cubierto con una sábana de lino blanco. Su rostro no muestra los signos grisáceos y purpura de la descomposición, al contrario, esta tan bella como siempre. Me tambaleo levemente, apoyándome sobre la mesa entre cerrando los ojos, murmurando susurros de pesado dolor.

A las once en punto de la mañana cruzamos el umbral del sobrio y funcional despacho de su señoría, la jueza Valentina de la Riva. En la antesala nos estaba esperando el comisario Antón Freixa y el fiscal Cortázar. Al entrar en el despacho recibo un fuerte puñetazo en el rostro, reconozco a la mujer que está sentada tras la mesa, guardo silencio y sujeto a la sorpresa que me produce verla allí. La jueza se halla sentada tras su mesa, vacía de papeles, de espaldas a la ventana que ocupaba el ancho de la habitación, sus paredes laterales desde la perpendicular exterior de la mesa están formadas por unas estanterías de madera repletos una parte de gruesos libros de leyes y otra abultados montones de legajos y carpetas llenos de folios, algunos de ellos atados con cordeles o cintas de color rojo o verde. En la pared del fondo, en su centro, hay colgado un retrato del Rey, escoltado por las banderas de España y de la Comunidad de Madrid, a su derecha, y, a la izquierda la bandera de Europa; debajo del mismo tapizado en eskay marrón oscuro formando rombos, un sofá de dos amplias plazas y dos de una sola plaza alrededor de una mesa circular de madera y cristal, sobre las que languecia un par de revistas jurídicas y un par de periódicos.

Al ver la comitiva que se abalanzaba en el interior de su despacho, se pone en pie. Haciendo una seña con la mano para que pasemos y tomemos asiento. En el instante de estar frente a ella, una espontánea sonrisa sorpresiva se dibuja en su mirada y en mi rostro. No dice nada, no digo nada. Hace algunos años nos habíamos conocido, cuando ella era una atractiva mujer de treinta y seis años y yo un maduro experimentado de buen ver de cuarenta y cinco. Durante algunas semanas mantuvimos un ligero coqueteo por parte de ella y un interesado cortejo por mi parte. Ocurrió en la época en que el fantasma de Pascual empezaba a rondar mi puerta, cuando conocí a Letizia. Entonces, el coqueteo se enfrió, mas bien se congelo, al ver que el andante caballero dejaba olvidada su capa de cortejo en el baúl del encanto. No fui un caballero…, quizás un villano. Los dos nos miramos con la mirada de un “milano real”, ocultando esa mirada bajo la Bauta de la indiferencia. Los dos somos conscientes, que un lago de preguntas y respuestas nos separan.

En algún momento tendremos que cruzarlo.

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