PRIMERA CITA

»Dadas las circunstancias en las que nos habíamos encontrado en el cruce de nuestras vidas, era prácticamente inevitable que un vínculo implícito naciese entre nosotros, esa fuerza invisible del destino que nos había unido por unas horas…
»Yo era consciente de que la fuerza invisible del destino desaparecería al cabo de unas horas, lo mismo que sabia y ella esperaba, que el etéreo destino regresaría, y, hasta que ese momento ocurriese, yo tendría que estar dispuesto a esperar el desmán del destino…
»A medida que iba avanzando la velada, los comentarios más casuales se cargaban de ciertos matices eróticos. Las palabras ya no eran simplemente signos con sonido, sino todo un curioso código de silencios, una forma de hablar que giraba en círculo, continuamente, en torno a lo que nos decíamos el uno al otro, en aquel momento especial en el que nos encontrábamos aquella primera noche… Aunque a veces, cuando a mi mente acude el recuerdo de aquella primera velada, me hace rejuvenecer ante las palabras no dichas en el silencio, pero escuchadas en nuestros silencios…
»Mientras evitásemos el verdadero tema que nos había llevado aquella noche he estar allí sentados frente a frente, que subyacía escondido debajo de nuestras palabras, entre los sonidos entrecortados de nuestra voz, el hechizo no se rompería. Ambos nos deslizamos de manera muy natural, para nada sibilina, hacia ese tono con tintes burlescos o burlones que aparece inesperadamente entre dos personas cuando encuentran ese punto de complicidad mutua sin llegar a confesárselo. Donde los silencios son verdades no escritas, donde los silencios no tienen sílabas para ser descritos con palabras. Esos silencios sobre lo que realmente sentía o sentíamos se hicieron aún más fuertes y marcados, si cabe, porque ninguno de nosotros abandonó desde ese instante, la senda de la broma en nuestra conversación. Sabíamos lo que hacíamos, pero al mismo tiempo fingíamos no saberlo…
»Después de la cena paseamos durante unos veinte minutos bajo el manto grisáceo de una noche oscura de finales de julio, charlando de nuestras vidas pasadas. Nuestras alargadas sombras eran iluminadas por, de aspecto algo plúmbico, los aerodinámicos báculos de las farolas que serpenteaban por las calles de la ciudad de la luz. Acabamos la velada tomándonos unas copas en la terraza de una cafetería-bar, frente al Palacete del Marqués de Dos Aguas, sentados en su terraza bajo una pequeña carpa blanca, que nos resguardaba del húmedo calor que hacía, con un ventilador de aspas de madera que cincineaba sobre nuestras cabezas para que desde allí el fresco aire bañase nuestros rostros. Ella pidió un gin-tonic con lima, yo, un wiskhy de malta; mientras esperábamos a que nos lo sirviesen, saqué del bolso de mano que llevaba colgado al hombro el tabaco, mi pipa, el encendedor y el atacador, disponiéndome a cargarla lentamente con el ritual acostumbrado de un fumador en pipa. Era realmente consciente de que estaba siendo cuidadosamente observado mientras lo hacía por la persona que tenía a mi lado, en silencio, sin romperlo con el sonido tintineante de las palabras, solo el burbujeante murmullo de la calle acompañaba los meticulosos movimientos de mi mano. La encendí con la calma habitual del fumador de pipa, inusual para quien no saborea los placeres del tabaco. Lentamente, paladeaba ese momento tan especial que es el ver cómo se quema el tabaco dentro de la cacerola mientras se saborea el tabaco en la boca, quizás ese fue el único indicio del tumulto interior de mi silencio…
»Letizia me habló durante un rato de su familia en Játiva, su padre era médico de familia, su madre, maestra interina y ama de casa, tenía una hermana gemela y otra hermana más joven de dieciséis o diecisiete años. De sus estudios de piano en el conservatorio, su trabajo de profesora de música, sus clases, su plan de volver a retomar el trabajo en el conservatorio el próximo otoño. Pero, en cierta forma, por decirlo de alguna manera comprensible, los dos estábamos firmemente atrincherados en nuestro tono jocoso, tanto que cada comentario nuestro se convertía en una excusa para tener nuevas risas…
»Podríamos haber continuado así horas, toda la noche incluso, pero había que pensar en su hermana gemela que se había ofrecido aquella tarde-noche para quedarse con el pequeño en casa, por lo que finalmente decidimos dar por finalizada nuestra velada, a eso de la medianoche. La acompañé hasta la puerta de su casa, a diez minutos de donde nos encontrábamos, y allí representamos el último gran acto teatral de la noche… Un acto ingenuo, sin ninguna malicia, pero cargado de extraordinaria complicidad. De aquella, nuestra primera noche, que ella solía recordar en las reuniones con amigos y familiares y alguien preguntaba cómo nos habíamos conocido, y cada vez que lo contaba solía añadir alguna frase nueva de su cosecha.
“–Gracias, doctor –dijo Letizia– La operación ha sido un éxito.
–Mis pacientes siempre sobreviven –conteste– Es por el gas de la risa. Abro la espita de la válvula y poco a poco mejoran.
–Ese gas podría crear hábito.
–Esa es la idea. Los pacientes no cesan de volver pidiendo más, a veces dos o tres sesiones por semana. Cómo cree usted que pago mi Loft de Park Avenue en Nueva York y la casa de verano en el sur de Francia.
–Así que hay un motivo oculto.
–Por supuesto que lo hay. Me mueve la avaricia, la codicia. Para así alimentar al ogro de la apariencia.
–Su clientela debe ser numerosa.
–Cierto, lo es, mi señora. Pero ahora estoy más o menos retirado. Últimamente tengo una sola paciente, y no estoy muy seguro de si volverá a mi consulta.
–¿Puede saberse quién es esa ilustre paciente que le ha retirado? Doctor.
–No, señora mía. Es secreto profesional. Comprenderá, pues, que no pueda desvelárselo, rompería mi juramento hipocrático.
–Seguro que volverá –dijo Leticia, con la sonrisa más coqueta y radiante que yo había visto nunca–. Cuente con ello.
–En verdad que me alegra lo que mis oídos están escuchando –dije-Deseo que no se equivoque usted en su predicción, señora mía. Le daré la orden inmediatamente a mi secretaria de que la llame para concertar una próxima cita.
–Cuanto antes mejor. Porque con estos tratamientos a largo plazo, no se debe perder ni un instante.
–Excelente consejo. Tiene usted razón, señora mía. No olvidaré pedir un nuevo suministro de gas de la risa.
–Hágalo, doctor. En verdad, le digo, que creo que yo también estoy muy necesitada de esa terapia. La necesito de veras, doctor.”
»Nos reímos de nuevo completamente desinhibidos y luego le di un gran abrazo de oso y con un breve roce, instintivo, mis labios se posaron en sus labios, mientras me reflejaba en la profundidad de sus bellos ojos azules verdosos. Ella no hizo ademán alguno por retirarse, ni dijo nada, solo sonrió. Sacó las llaves de su casa introduciéndolas en la cerradura de la puerta, yo giré mi cuerpo, me separé de su lado alejándome calle abajo, lentamente, saboreando el sortilegio del momento surgido.
»Me fui derecho al hotel. Estando en la habitación, comprendí que acostarme a dormir después de lo ocurrido era imposible; traté de leer algo del libro que me había comprado en la librería de la estación, Microcosmos, de Claudio Magris, no fui capad de pasar del primer capítulo, por lo que lo dejé, y pasé dos horas delante de la televisión, recostado en el sofá que había en la habitación, viendo una película en una de las cadenas, Piratas del Caribe, creo. Finalmente, a eso de las tres de la mañana, me quedé como un tronco, y me desperté tres horas mas tarde en mitad de la reposición de un capítulo de CSI: Nueva York.
»Como diría un columnista de la corte, así fue como el caballero sucumbió a los encantos de la dama. Sin embargo, yo puedo decirles, sin empaque alguno por mi parte, que así fue como comenzó mi cortejo hacia la Señora Letizia Soto, oficialmente por aquel entonces señora de Pascual Fonseca. Un cortejo no planificado, quizás de una manera no meditada, pero de alguna manera buscado por mí, inconscientemente. Todo el cortejo fue tranquilo, sosegado, despacioso, comedido en el tiempo, educado, cortés, decorosamente simple, creciendo muy lentamente en el tiempo, de manera suave, con dulzura y sin levantar la voz, poco a poco…
 

1 Comment
  • KOBO73
    Posted at 13:13h, 05 diciembre

    Magistral!

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