RECUERDOS DE FONSECA II

 
»Eso fue lo que más me llamó la atención de Pascual. Nuestras habitaciones estaban pegadas una al lado de la otra; al segundo día de nuestra estancia en la residencia, él ya estaba tumbado en mi cama haciéndome todo tipo de preguntas y contándome cosas de la pandilla de amigos de su ciudad natal, sobre todo de Nicolás, su amigo del alma. No te puedo decir el motivo por el que me eligió a mí desde el primer momento para que fuese su amigo, su compañero. Lo desconozco. A partir de entonces, más o menos, fui siempre a remolque de él. Fonseca era un tipo brillante y nada engreído, él había leído y leía más que nadie de todo: poesía, novela de todo tipo, filosofía, historia, los clásicos.
»Era un tío que siempre iba por libre, a su aire, las asignaturas y las clases le aburrían, no le importaban las notas, se presentaba a los exámenes y los sacaba con notables y sobresalientes, pero eso era lo de menos, le daba lo mismo que fuese un diez que un cinco, faltaba mucho a clase y se pasaba las mañanas encerrado en la Biblioteca Universitaria, en Rúa do Franco.
»Fonseca tenía tantas ideas sobre todas las cosas que aprendí más de él que en ninguna de las clases a las que yo asistía. Supongo que para mí fue un caso transcendental de adoración a alguien a quien idolatraba, pero, pese a toda esa devoción, Fonseca me ayudó y mucho, y yo eso no lo he olvidado ni lo olvidaré en mi vida. Ha sido la persona que realmente me ayudó a pensar por mí mismo, a tomar mis propias decisiones y elecciones. De no ser por Fonseca, estoy totalmente convencido de que nunca habría sido médico. Me pasé a la medicina porque el amigo Pascual Fonseca me convenció de que debía hacer lo que deseaba hacer realmente y no lo que los demás quisieran que hiciese o lo que decidiesen por mí, y es todavía hoy el día en que le estoy tremendamente agradecido por ello. Agradecido porque me enseñó a ver y conocer mi camino interior…
»Hacia la mitad del cuarto año de Fonseca en la Facultad, un día tomando un café me dijo que iba a dejar la facultad. Me sorprendió realmente la seriedad y la seguridad con que me lo dijo. Me dio una serie de explicaciones, familiares y también personales, por las que se sentía inquieto y deseoso de abandonar la universidad. Que me convencieron. Hablé con mi padre, que era el propietario de una naviera por aquel entonces, a través de él, conseguimos hablar con el presidente de la Zona Portuaria de Vigo, y él le consiguió trabajo en un barco. Mi padre le organizó todo muy bien, le ahorró a Fonseca todo el papeleo que precisaba para embarcarse, unas semanas más tarde se fue, sin despedirse tan siquiera, supe de su marcha por mi padre. Me molestó el hecho de que no se hubiese despedido de mí, sin embargo, me alegraba de haber podido hacer algo por él. Supe de Fonseca durante los primeros seis meses de su marcha, a través de postales de un sitio y otro. En ellas me preguntaba por cosas cotidianas, y por cómo me iba la vida por la facultad, como si fuese un día cualquiera…
»Pero luego, más tarde, todos esos buenos sentimientos que yo tenía hacia él me estallaron en la cara, mi héroe de repente se convirtió en un héroe con pies de barro que se rompió en mil pedazos, un día, al caérseme de las manos… –Como nos ha pasado a todos los que de alguna manera lo conocimos más íntimamente–.
»Al año y medio, más o menos, de terminar en la Facultad de Medicina, me casé y nos fuimos de viaje de novios a Nueva York. Un día de los que permanecimos en esa ciudad, andando de la mano de mi esposa por la Quinta Avenida, nos encontramos de frente con Pascual Fonseca, allí mismo, en plena calle de la Quinta Avenida. Fue una auténtica sorpresa. Yo estaba encantado de verlo, y muy sorprendido, la verdad, a la vez que contento de encontrarlo allí después de tanto tiempo, habían pasado casi tres años al menos; le presenté a mi esposa, y lo invitamos a que nos acompañase a comer, con la intención de que hablásemos para ponernos al día de cómo le había ido, pero él se disculpó con que llegaba tarde a no sé qué reunión, apenas me dirigió la palabra, noté que se sentía incómodo con nuestra inesperada presencia. Era como si se hubiera olvidado de mí. Lo encontré en aquel momento tenso, muy rígido, hasta grosero diría. Tuve casi que obligarle a coger mi dirección y mi número de teléfono, es más, se lo metí yo mismo en el bolsillo de su chaqueta. Prometió que me llamaría antes de que nos marchásemos, para pasar un día los dos juntos. Pero, por supuesto nunca lo hizo.
»Me dolió mucho, te lo puedo asegurar. En los días que estuvimos en Nueva York no dejé de darle vueltas ni de preguntarme por su actitud, incluso, en el viaje de regreso mi cabreo me hizo pensar que era un hijo de perra. ¿Quién se creía que era? Ni siquiera me dijo qué hacía, eludió mis preguntas. Adiós a los tiempos de la universidad, pensé. Adiós a la amistad. Me dejó un sabor amargo en la boca.
La casa de piedra en la que vive, muros de sesenta centímetros de grosor, fue construida durante la Revolución –cuenta en un párrafo de La Costurera–; a un lado hay un pequeño viñedo, al otro un prado donde pastan las ovejas, junto con los cerdos; detrás hay un bosque con patos silvestres, urracas, grajos, jabalíes, y, delante, al otro lado de la carretera, están los barrancos que llevan a la pequeña aldea de sesenta habitantes. En estos mismos barrancos, ocultas por una maraña de arbustos entrelazándose entre las zarzamoras y los árboles frondosos, están las ruinas de una capilla que en otro tiempo lejano debió de pertenecer a los caballeros templarios. Retama, tomillo, castaños, robles achaparrados, tierra roja, arcilla blanca, el mistral…

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