RECUERDOS DE FONSECA III

»En un momento de la conversación le dije, ya que mi esposa estaba al corriente de las verdaderas intenciones de la visita, que deseaba escribir un libro biográfico sobre la vida de su hijo Pascual. Algo que a mi esposa, por el gesto de su cara, no le hacía gracia, pero no dijo nada entonces ni más tarde. Pues no bien había terminado de comentarle a Beatriz mis intenciones, sentí como la mirada de mi esposa Leticia se clavaba como una daga punzante en mi costado. Su mirada era como una daga de hielo congelado, a la vez que se ponía en pie diciendo:
–Si no te importa, Nicolás, me llevo a Ben al parque de ahí enfrente a que corra detrás de las palomas y a que le dé el aire. Así, tú y Beatriz podéis hablar más tranquilos.
»Yo no respondí, no dije nada ya que solo trataba de comprender la reacción de Letizia. Me convencí a mí mismo de que entendía lo que mi esposa podía estar sintiendo… Hace poco, repasando mi vida, he comprendido lo estúpido que había sido en aquel momento… Sin embargo, a Beatriz la noticia le alegró el rostro, los ojos se le iluminaron y una sonrisa se dibujó en su boca. Se puso en pie y dijo:
–Me parece una excelente idea, ¿no crees querida Letizia? Y deseo poder ayudarte a que lo lleves a término. Creo que, de alguna manera, los tres, se lo debemos a Pascual. Tengo algunas cartas, fotografías y documentos que te enseñaré con mucho placer. Lo tengo todo en la habitación que le he preparado a Pascual para que, si un día decide tener a bien regresar, tenga su espacio, como cuando era un joven… Letizia, querida, si me das cinco minutos, te acompañaré a ti y a Benjamín, tengo que hacer unas compras. Así, el pequeño Nicolás podrá tranquilamente estudiar las cosas de Pascual.
»Se puso a caminar invitándome a que la acompañase hasta la que era, para Beatriz, la habitación de su hijo Pascual. Al abrir la puerta de la estancia, me quedé aturdido, sorprendido, ante la acumulación de objetos y la cantidad de material que se encerraba entre aquellas cuatro paredes. Nunca me habría imaginado que esa mujer pudiese guardar todos los recuerdos y las cosas de Pascual.
»Beatriz lo tenía todo dispuesto, limpio, perfectamente ordenado por fechas y épocas. Me pareció, al ver lo que se desplegaba ante mi vista. que aquella habitación estaba demasiado ordenada para el gusto de la persona para quien había sido reservada. Sorprendido ante lo que tenía a la vista, sin saber qué decir, le di las gracias a Beatriz por permitirme ver el santuario que le había preparado a su hijo Pascual. Pero la realidad era bien distinta, en aquellos momentos me sentí nervioso, temeroso, abrumado, y apabullado al mismo tiempo, por tener que invadir los secretos de mi amigo, que de alguna forma me habían sido vetados por él durante tanto tiempo. Estaba contemplando desde el quicio de la puerta de la habitación cuando escuché la voz de mi esposa detrás de mí decir:
–Nosotros nos vamos. Que te diviertas. Ya me contarás.
»Dos minutos más tarde escuché como se cerraba la puerta principal a mis espaldas. La señora Fonseca, Letizia y el pequeño Benjamín salieron a la calle y yo me quede allí solo…
»Recuerdo que lo primero que hice fue dirigirme a la ventana-balcón de la habitación, me sentía como agobiado, me faltaba el aire, abrí la puerta-ventana para que pudiese penetrar el aire fresco de la calle, salí al balcón y miré la gente que pasaba por la calle sin demasiada prisa era un día algo cálido y soleado para el mes en el que nos encontrábamos. Vi a Ben andando como un pato de la mano de su madre con su mono relleno de pañales, gritando con su vocecita a la vez que señalaba con su manita a las palomas que salían volando a su paso, lo cual me recordó por un instante a Pascual y a mí mismo cuando éramos unos mocosos como él… Hice una especie de ruido gutural intentando llamar la atención de mi esposa, cuando Letizia se volvió y levantó la vista, la saludé con la mano. Ella me dedico una sonrisa forzada devolviéndome el gesto con la mano, luego se alejó siguiendo los patosos pasos de su hijo Ben.
»Me acomodé en un pequeño sillón que había al lado de la mesa. Fue algo terrible el verme sentado en aquella habitación, en mi cabeza se apilaron cantidad de recuerdos en breves segundos que no era capaz de controlar, eran como una manada de caballos salvajes en estampida, que no sabía cómo dominar, ni tampoco tuve noción de cuánto tiempo sería capaz soportarlo… El trofeo al mejor jugador de baloncesto del año 1973, que le habían otorgado a Pascual, estaba en un estante con una foto del equipo en blanco y negro. La cogí del estante donde se encontraba y me senté un rato a contemplarla, mis ojos se humedecieron al observar las figuras menudas de aquellos jóvenes en pantalón corto ajustado y camiseta de tirantes, la equitación del equipo infantil de baloncesto del colegio. Jorge (J.J o Pío Pío), Carlos (el Místico), José Luis (el Patas), Pascual (Pafo), José (Pepón), Luis (el Conde), Lorenzo (el Tirillas), Diego (el Bombi), Delfín (el Rata) y yo mismo, Nicolás (el PipPo). Qué tiempos aquellos, señor…
»En los estantes que había encima y debajo de donde se encontraba el trofeo estaban los libros que él y yo habíamos leído de niños, semiescondidos tras unas fotografías de Pascual con amigos, o de él solo; había algunas, la gran mayoría, en las que aparecía una figura delgada y alargada con el pelo corto sobre el que sobresalían unas orejas que me parecían desproporcionadas en relación el resto del rostro, que apenas recordaba como mío…
»Detrás de donde me encontraba sentado estaba la cama, con la misma colcha de cuadros blancos y amarillos en la que tantas veces me había recostado y, otras tantas, me había cubierto con ella. Sin duda alguna, lo que tenía ante mí era la prueba tangible de que aquello no era más que los restos de un mundo muerto. De unos tiempos del pasado cuyos leves rastros solo los podía hallar en los recuerdos del museo de mi memoria. Y yo acababa de entrar en el museo de mi propio pasado. Lo que encontré en ese museo casi me aplasta.
»Al abrir una de las portezuelas del armario que soportaba las estanterías de los libros, me encontré, apilados debidamente, con la partida de nacimiento de Pascual, sus notas escolares de la primera a la última, las insignias del Frente de Juventudes al que había pertenecido Pascual hasta los catorce años, un diploma, con su nombre del colegio San José de los maristas, en el que habíamos estudiado. También había dos cajas de las antiguas de Cola-Cao, repletas de fotografías de todos los tamaños; un álbum de cuando Pascual era un bebé; un álbum de fotos de Pascual y su hermana; un álbum de la familia, en el que aparecía Pascual con dos años sonriendo en los brazos de su padre, Pascual y su hermana Penélope abrazando a su madre en una especie de columpio que había en el jardín trasero de su antigua casa, Pascual rodeado de sus primos con sus abuelos. Las fotografías que no había visto cuando entré en aquella casa, y que esperaba ver, se encontraban todas allí dormitando, quizás esperando a que su legítimo dueño las trajese de nuevo a la luz…
»En una de las cajas de Cola-Cao, con las fotos sueltas, me encontré con docenas de fotos, que para nada recordaba que existiesen tan siquiera, en las que aparecíamos Pascual y yo juntos; nadando, jugando al fútbol, al baloncesto, al pimpón, montando en bicicleta, haciendo muecas en el jardín; mi padre con nosotros dos montados en su espalda; con el pelo corto, con los pantalones cortos y los calcetines hasta la rodilla, vestidos de nazarenos, con pelo por los hombros y barba que nos habíamos dejado cuando dejamos el colegio y nos fuimos a la universidad, con pantalones largos y acampanados, y los coches de mi padre detrás de nosotros; un Seat 1500 negro; un Citroën Tiburón, que aún lo tiene en su garaje; un Seat 600 de color crema, en el que más de una vez nos fuimos de aventura, y en el que yo por primera vez le di un beso a una chica que me gustaba, en el que por primera vez mis manos se aventuraron por debajo de un suéter y de una falda a rozar la suave y fresca piel con olor a jazmín de una mujer. Una sonrisa me sorprendió ante el recuerdo de aquella muchacha. Fotos de la clase, fotos del equipo, fotos de una excursión, fotos de carreras, fotos esquiando, de partidos, tirando de una cuerda en una competición de la fiesta del colegio, montados a caballo en la dehesa de mi abuelo. Infinidad de fotos que los testigos mudos de un pasado…
»En la otra de las cajas de Cola-Cao me encontré con un montón de fotos en las que aparecía Pascual después de que nos hubiésemos separado para irnos a la Facultad, me encontré con la imagen de un Pascual como yo no lo había visto nunca: Pascual, de pie, en el patio central de la Facultad de Medicina de la Universidad de Santiago de Compostela, del brazo de Carmen; Pascual, en la cubierta de un barco petrolero de Repsol; Pascual, en París, delante de la Torre Enffiel; Pascual, en Nueva York, en la Quinta Avenida, en el Puente de Brooklyn, abrazado a Carmen, en High Line, con J.J.. Por último, en el fondo de la caja me encontré con casi medio centenar de fotos en las que aparecía yo solo o, con mi primera esposa y mis hijos en Nueva York, que no tenía ni idea de se me hubiesen realizado… Que ni tan siquiera sabía que existiesen, ni mucho menos que Pascual hubiese estado en el momento en que estaban ocurriendo los hechos que mostraban aquellas fotografías. Una era del día de mi graduación, otra de la jura de bandera, un par de ellas entrando en el edificio de mi oficina en Londres, un par de fotos del día de mi primera boda en Nueva York, una en la que aparecía yo recogiendo un premio de arquitectura que nos habían otorgado en la Universidad de Oporto en el año 1995. Entre todas aquellas fotos encontré una sola foto de Pascual y Letizia, el día de su boda a la salida de los juzgados de Valencia; es más, creo que solo debe existir esa fotografía de ellos dos juntos, que yo conservo sin que Letizia lo haya sabido jamás, en la que Pascual presenta un aspecto severo, serio y más viejo de lo que yo recordaba, y ella, Letizia, luce joven, guapísima, con una leve sonrisa dibujada sobre sus labios, con una mirada que denota una expresión distraída o embelesada por el acontecimiento, como si no pudiera concentrarse en lo que estaba sucediendo. Ante lo que acababan de descubrir la mirada de mis ojos, recuerdo que… un suspiro hondo salió de mis pulmones, dejando que unas lágrimas brotasen de mis ojos, de repente, sin ser consciente hasta el último instante de mi sollozo inconsolable, con mi cara estremeciéndose entre mis manos…
»Al abrir la puertecilla a la derecha de donde se hallaban las cajas con fotografías, se encontraba una caja de madera, de las de vino, que estaba llena de cartas. Por lo menos unas cien, que databan desde cuando Pascual tenía la edad de ocho años, más o menos, con la escritura torpe de un niño de esa edad, manchones de lápiz y borraduras. Había cartas de la época en la que estuvo en la universidad, cartas de cuando estuvo embarcado, cartas de Francia, cartas de Argentina, cartas de Nueva York. La gran mayoría de las cartas, por no decir que prácticamente todas ellas, estaban dirigidas a su hermana Penélope, y muchas eran bastante largas. De inmediato tuve la certeza de que eran misivas valiosas, no me quedaba ni un ápice de duda de que aquellas cartas serían o eran lo más valioso que me podía encontrar en aquella habitación. Cuando las leí, tiempo después, comprobé que mi primera impresión sobre ellas había sido la acertada, aquellas misivas escritas eran un diamante en bruto. Pero aquel primer día en que las sostuve entre mis manos no tuve el coraje suficiente para leerlas con detenimiento, solo las ojeé por encima, sin ver lo que se escondía entre las alargadas sombras de las letras escritas…
»Después de casi un par de horas, que me parecieron una eternidad, de haberme adentrado en el mundo encerrado de aquella habitación-museo, que había dispuesto la madre de Pascual, Beatriz…, enclaustrado por mi propia voluntad entre aquellas cuatro paredes descoloridas, escuché como se abría la puerta principal de la casa. La señora Beatriz, Letizia y el pequeño Benjamín, habían regresado a ella. Coloqué todo lo que había descubierto en el sitio donde me lo había encontrado, a excepción de la fotografía de Letizia con Pascual, que oculté en el bolsillo de mi chaqueta. A los quince minutos salí del cuarto cerrando tras de mí su puerta, y me reuní con ellas en el salón. Le pregunté a la señora Beatriz Fonseca si podía utilizar el material que había visto en la habitación de al lado, donde acababa de pasar dos intimas horas, ella me contestó que no tenía ningún inconveniente en que yo lo utilizase como creyese conveniente. Pero no quería, que bajo ningún concepto, que los originales salieran de la casa mientras ella estuviese viva…

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