SECRETOS DEL PRETERITO VIII

Siempre me he preguntado por los motivos por los que vosotros dos os distanciasteis de la manera en que lo hicisteis… Erais como hermanos, siempre estabais o ibais juntos a todos los sitios. Cuando le preguntaba a Pascual por el motivo de ese distanciamiento, siempre me contestaba con evasivas o alguna disculpa de las que él daba. Lo cierto es que, desde que os marchasteis a la universidad, cambiasteis en el primer año de esta, aquel verano ya no fue como habían sido los anteriores… Es que os distanciasteis de tal manera que era como si no os conocieseis de nada. No queríais saber el uno del otro… Ya sé que, según tú, tampoco lo sabes, porque ya, lo hemos hablado de ello, y, seguramente, si lo sabes no se lo dirías a esta vieja amargada… Aunque creo que tenia que ver con aquella muchacha…, cómo se llamaba… Carmen. Eso Carmencita, la de los Suárez Peña.

»Te voy a confesar una cosa: el día que Letizia me llamó para preguntarme por ti, Nicolás, para que le facilitase tu dirección, pues quería ponerse en contacto contigo porque Pascual le habida dejado unos papeles o documentos para ti, Nicolás, que era necesario entregártelos, me sorprendí mucho al escuchar a su esposa que Pascual había dejado unos papeles para su amigo Nicolás Beltrán, ya que a mí no me constaba que vosotros habíais vuelto a veros, como así era, y más si cabe, cuando más tarde me enteré, y no por ella o por ti, de que te había dejado todos esos escritos para que tú los publicases en su nombre… La verdad es que eras la última persona a la que yo esperaba que Pascual le dejase algo después de veinte años sin haberos visto ni hablado… Tiene gracia. Mira cómo ha terminado todo… Fíjate bien que, después, de que Letizia me llamase para comunicarme que te había localizado y que te habías puesto en contacto con ella, llegué a pensar por un instante si todo ello no sería una “broma” de las de mi Pascual, “una de sus oscuras gracietas”. Como si quisiera vengarse de ti por algo, ya que él es de esos que no perdona a quien cree que le ha gastado una jugarreta, no le importaba el tiempo que necesitase para hacerlo, el caso era que tenía que hacerlo… Siempre ha habido alguien de quien tenía que vengarse. ¿No es así? Pues en su complicada mente solo tenia cabida lo negro o lo blanco…

¡Queee! –digo sorprendido–. Beatriz, todo eso no es más que un hatajo de tonterías. ¿Cómo puedes pensar eso de tu hijo?… Pascual no era de esos.

Sé cuánto lo querías, cómo os queríais los dos, cuánto lo admirabas y cuánto te admiraba él a ti. A mi no me engañabais… Pero te confesaré algo que no sabes, querido. Él no valía ni la mitad de lo que tú vales. Tú eres frío, tranquilo, paciente y reflexivo. Él sin embargo, era desconfiado, callado, retraído, irritable, estaba muerto por dentro, y estoy totalmente convencida de que nunca quiso realmente a nadie, ni a él mismo tan siquiera por una sola vez, nunca en su vida. Cuando erais pequeños y os veía desde la ventana, a ti y a tu madre, al otro lado del jardín cómo corrías hacia ella para echarte en sus brazos agarrándote a su cuello, cómo dejabas que te besara, allí mismo, delante de mis narices, veía todo lo que yo no tenía con mi hijo. Él no dejaba que ni tan siquiera lo tocara. A partir de los seis u ocho años se retraía cada vez que me acercaba a él. ¿Cómo te crees que se puede sentir una mujer cuando su propio hijo siente un incomprensible desprecio hacia ella? Por aquel entonces…, era tan condenadamente joven entonces… Tenía apenas veintipocos años cuando él vino al mundo. Te puedes imaginar lo que siente una madre joven al ser rechazada así por su hijo…

Te puedo asegurar, Beatriz, que Pascual te quería y te apreciaba mucho, más de lo que tú crees. Eso te lo aseguro, porque lo sé de buena tinta.

No te estoy diciendo que fuera una mala persona. Simplemente mi hijo no era más que un ser aislado, solitario, un niño como si no tuviera unos padres. Nada de lo que yo o su padre le decíamos le afectaba lo más mínimo. Siempre se negaba a aprender algo de nosotros. Su padre lo intentó una y otra vez, pero nunca pudo comunicarse con él. Solo cuando su padre enfermó… mi pobre Alberto, que diría… Pascual se acercó a su padre, pero creo que más por obligación que por el cariño que podía sentir hacia él. Uno no puede ordenar a un niño que te quiera solo porque sea tu hijo. Si bien es cierto que no se puede castigar a alguien por una falta de cariño.

Beatriz, te equivocas si crees que no sentía cariño por ti… por su padre…

Beatriz, sonrió levemente ante mi comentario, mientras en sus ojos hacían su aparición unas lágrimas rebeldes que se resisten a salir.

Por supuesto que teníamos a la pequeña Pe, mi pobre y torturada niña Penélope. Los dos sabemos de sobra que él era bueno con ella, demasiado bueno incluso, pero eso no la benefició en nada…; en eso el tiempo me ha dado la razón. Con el tiempo he llegado a pensar, incluso, que él lo que hizo con su hermana no fue más que un auténtico lavado de cerebro. La hizo tan dependiente de él que ella empezó a consultar todo a su hermano antes de acudir a nosotros. Solo él era quien la entendía, él era quien le podía aconsejar, él era el que podía resolver sus problemas. Su padre y yo no éramos más que unos simples extras en la película de sus vidas. No existíamos para ellos nada más que para que les pusiésemos la comida en la mesa. Penélope confiaba tanto en su hermano que al final le entregó su alma. No estoy diciendo que él supiera lo que hacía, pero lo que sí tengo claro es que yo ahora tengo que vivir con los resultados de sus consejos. La nena tiene treinta y tres años, y camina como alma en pena por el mundo desde que su hermano ha decidido irse. La pobre está tan confundida, diría que hasta esta tan aterrada… que tengo miedo de que un día cualquiera haga una locura, como la que hizo su hermano. Me llama por teléfono todas las semanas, para martirizarme con sus palabras mientras me reprocha lo que le he hecho a ella…, a su hermano, que no merezco ser madre, y otra serie de cosas que no merece la pena repetir… Treinta veces… Ay Dios mío… No te puedes ni imaginar, ni por lo más remoto, el dolor que suponen esas llamadas para mí… Creemos que conocemos a nuestros hijos, pero la realidad es que no los conocemos.

Cogí sus manos entre las mías, sin decir nada, las acaricié con suavidad a la vez que deposité un beso sobre ellas. Ella lanzó un suspiro que le salió de lo más profundo de su alma. Y continuó hablando:

–Te voy a decir algo que tú no sabes. Ni te lo imaginas. Penélope quería muchísimo a su hermano, él era como un dios para ella, y estaba locamente enamorada de ti, como Pascual, bebía cada una de tus palabras, de tus gestos. Sí, se lo que me digo, no me mires así. ¿Quieres saber la verdadera razón por la que Pascual nunca llegase a publicar sus trabajos?

»Soy totalmente consciente de que mi hijo Pascual es un hombre complicado, extraño con sus relaciones. Tú lo sabes bien…, creo que la razón de que no publicase sus libros no ha sido nada más que Penélope, su hermana…

»Sí, como te lo digo, Penélope ha sido la razón, ya que ella quería que los publicase contigo. No porque yo lo piense…, no señor, sino porque él mismo me lo confeso, unos pocos días antes de que desapareciese. Sabías que Penélope se fue a estudiar a Madrid, para estar cerca de ti, y además se hizo amiga de tu novia Carmencita, tampoco sabes que abandonó la universidad cuando tú decidiste marcharte a América, durante un año.

Me sorprendí ante tal afirmación tan rotunda… Beatriz hizo un gesto con su mano para la dejase continuar hablando.

–Tú ya sabías que Pascual por aquel entonces escribía poesía porque había empezado a hacerlo cuando estabais en el colegio San José, tú eras su inspiración, al único que en aquellos años le dejaba leer alguna de ellas, ¿verdad? ¿Te creías que no estaba enterada?

»Pero de lo que seguramente no éstas enterado es que, desde que Pascual se fue a la universidad, una vez al mes le ha estado mandando una libreta escrita llena de poemas, escritos, confesiones a su hermana Penélope. Incluso cuando le dio la locura de abandonar la universidad para recorrer el mundo. Que, dicho sea de paso, a ella la serenaban y conseguían que fuese una persona más sensible durante unos días, menos arisca de lo habitual. La última de dichas libretas la recibió un mes después de su desaparición, con una carta larga de despedida, en la que le comunicaba que iba a emprender un largo viaje, con lo que ya no le podría mandar más libretas escritas llenas de palabras, y que él la seguiría guiando en su caminar…

»Esto lo sé porque esas libretas y cartas siempre han estado llegando a casa, y yo se las hacía llegar a Penélope donde ella me indicaba, ya que ella, como sabes, siempre ha estado interna en colegios cuando era niña y después ha estado estudiando primero en Madrid y después en el extranjero. Gracias a mi hermano, que se empeñó en ello… Muchas de ellas ni se las enviaba, se quedaban en casa hasta que Pe, volvía a casa, entonces se encerraba en su cuarto a leerlos… Penélope, mi pobrecita e ingenua nena, se pasaba horas y horas recluida descodificándolos, actuando de un modo como si su vida dependiera de ello, tratando cada frase de esos escritos como mensajes secretos, profecías escritas únicamente para ella…

»A partir de ese mismo día, Penélope empezó a ir en una cuesta abajo sin retorno, y al final he terminado por perderla definitivamente, también a ella. Ese día fue cuando comprendí que probablemente no volvería a ver en vida, a Pascual. Pero yo no pierdo la esperanza de que un día antes de irme de este mundo lo vea aparecer en mi puerta, por lo que le tengo la habitación dispuesta para ello y, si no ocurre así, sus cosas personales seguirán esperando a que él llegue para recordarle su pasado.

–Cómo, cómo…,que le ha escrito…¿Cuándo?…Penélope, dónde se encuentra…

Beatriz puso los dedos de su mano sobre mis labios para que no continuase hablando.

–Cuando leas esos cuadernillos, a lo mejor tú que lo conocías tan bien, puedes hallar en ellos el porqué de lo que hizo. Te advierto que esos escritos, que ahora tienes en esas cajas, que no son todos ya que hay varios que los tiene Penélope, son casi imposibles de entender…, cómo te lo diría…

»Son tremendamente apasionados, llenos de remordimientos, de perdones sin perdón. Como seguramente te imaginarás, ya que conoces algunos de sus escritos, están llenos de vehementes regañinas e incitaciones, pero son de tal oscuridad que una piensa que están escritos en clave.

»Aunque yo siempre he tenido la sospecha de que dichos escritos no iban dirigidos a su hermana, sino más bien a otra persona. Pensarás que es una tontería de madre, pero siempre he creído, leyendo esos cuadernos escritos, que Pascual estaba perdidamente enamorado de una misteriosa persona. Hubo un momento en que llegué a pensar, cuando me comunico que se iba a casar, que esa persona era su esposa, pero, con el tiempo y cuando la conocí, me di cuenta de que no era la persona a la que se refería en ellos. A lo mejor tú, Nicolás, sabes quién es, y a quién van dirigidos esos escritos. Lo que sí tengo claro, después de haberlos leído, es que esa persona no es Penélope…

»Creo que él le enviaba esos escritos y poemas a su hermana como si quien realmente fuese a recibirlos y leerlos fuese esa misteriosa persona por la que languidecía de alguna manera, y que Penélope sabía de quien se trataba… No sé por qué nunca le pregunté a ella por ello… Quizás por miedo.

Beatriz guardó silencio, entrecerrado los ojos y reclinando la barbilla sobre su pecho.

Yo no podía articular palabra, mi mente estaba atrapada tratando de asimilar lo que ella me acababa de decir. Nos miramos durante unos breves minutos, que ella rompió para continuar hablando:

–Como tú ya sabes, Penélope, desde los trece años, ha estado internada en colegios de mojas, una decisión que tomé aconsejada por mi hermano, su tío, el cual se convirtió en su tutor. Yo no estaba en condiciones de educarla, ya que nos afectó mucho a todos la muerte de Alberto, su padre. Ese imprevisto acontecimiento, desgraciado, nos perturbó la vida y a ella la desquició encerrándose en sí misma y viendo cosas raras por casa. Esa fue una de las razones por las que me deshice de la casa donde habían nacido mis hijos. 

–No quiero insinuar con lo que estoy diciendo que su hermano fuera el responsable de lo que le ocurría a Penélope. Pero, con razón o sin ella, él siempre se culpó a sí mismo de lo que le pasaba a su hermana. Pascual nuca supo encajar la situación de su hermana y que fuese educada por su tío… Yo creo que en ese momento Pascual se hizo el juramento de que él nunca daría a conocer al mundo lo que sentía, con sus escritos. Y Pascual cuando algo se le mete en la cabeza, no lo cambia por nada ni por nadie, aunque esté equivocado… Creo que fue una especie de penitencia, la cual ha mantenido durante el resto de su vida… La mantiene de aquella manera obstinada, diría hasta brutal, tan característica de él, hasta el final… Has tenido que aparecer tú para hacer lo que él no quiso hacer.

»Aunque, en lo más profundo de mi ser, pienso que, y estoy plenamente convencida, que decidió dejarte a ti sus escritos, creyendo que tú no los ibas a dar a conocer, que no los publicarías, te los dejó para que fueses el guardián de ellos, de alguna manera, de sus sentimientos, de sus secretos… ¿Sabes qué?… Que yo me alegro de que hayas decidido no seguir su deseo. De que hayas desobedecido su obstinación.

–Yo solo lo he hecho porque creo que lo que en ellos hay es muy bueno, y el mundo debe conocer lo que en ellos se encierra. Y, para que todos conociesen el gran valor de mi amigo, es la forma que mejor he hallado haciéndole un homenaje por dejarme ser su amigo y poder compartir y disfrutar de su amistad.

Beatriz cogió mi mano arrimándola contra las suyas, mientras unas lágrimas corrían por sus mejillas. Con su mano derecha se secó esas lágrimas rebeldes y dijo:

–Unos dos meses después de uno de los incidentes de Penélope con las mojas de la residencia, la expulsaron… No recuerdo el motivo… Recibí una carta de Pascual informándome de que había dejado la universidad. No me pedía consejo, no te vayas a creer, cómo iba a pedir él, Pascual Fonseca, consejo alguno. En ella solo me comunicaba lo que ya había hecho. “Querida madre”, empezaba diciendo, ya sabes cómo era Pascual con la retórica grandilocuente a la que nos tenía acostumbrados para decir las cosas importantes, todo muy noble e imponente, “dejo la universidad para librarte de la carga económica de mantenerme, una cosa y otra”, etcétera, etcétera.

Extrajo un pitillo de Winston del paquete que tenía sobre la mesa, poniéndoselo entre sus labios, lo encendió dando una larga calada, expulsó el humo y continuó hablando. Mientras, yo esperaba a que continuase contándome lo que le había sucedido a Pascual para tener que abandonar la facultad.

–Cuando recibí aquella puñetera carta, y la hube leído, no salí de mi asombro desde el primer momento en que me iba dando cuenta del sentido que tenían aquellas palabras, me puse furiosa, enrabietada. Un muchacho como él arrojando sus estudios por la ventana, su vida por el retrete, tirando después de la cadena para que se fuese por el desagüe, sin ningún motivo real aparente para tomar esa decisión, solo una excusa peregrina de las de Pascual, ya que económicamente su padre nos había dejado bien. Teníamos lo suficiente para vivir los tres sin excesivos problemas. Era todo un acto de endiablado sabotaje, yo me encontraba atada y no podía hacer nada al respecto. Hablé con tus padres para que me ayudasen a tratar de convencerlo de que no dejase la universidad…; a tu padre siempre le había tenido respeto, solía hacerle caso. Pero fue demasiado tarde ya, pues él ya había abandonado de la universidad, según pudo averiguar tu padre cuando se desplazó a Santiago para tratar de hablar con Pascual.

»Si quieres, él te lo puede confirmar. A través del padre de un compañero suyo de la universidad, consiguió los papeles que necesitaba para poder embarcarse en un barco mercante con destino a Argentina…, creo. Tu padre habló con el padre de ese compañero, que parece sé que tenía una naviera, para ver si había alguna posibilidad de que regresara. Pero fue toda una pérdida de tiempo, él se negó, y además ya estaba en la mar cuando habló con él. No sé lo que tu padre y él hablaron, ni tan siquiera la certeza de si llegó a hablar realmente. Lo único cierto que sé es que no lo volví a ver hasta cinco años después.

»Cuando la carta me llegó, él ya estaba en algún lugar, y eso fue todo en su primera desaparición o huida. Creo que mi hijo siempre ha estado huyendo de algo o de alguien.

–¿Pascual no volvió a escribirles más, desde entonces?

–Sí, claro que sí. Ya te lo he dicho. Más o menos, cada mes llegaba una carta o una postal para Penélope, claro. Pues a mí nunca me envió una carta para decirme cómo estaba o dónde estaba, las tres o cuatro cartas que me envió eran para comunicarme alguna noticia que me levantaba dolor de cabeza. Pero nunca traían remite, solo un matasellos que nos indicaba dónde había estado: Buenos Aires, Ámsterdam, Londres, París, el sur de Francia. Dios sabe dónde andaba ese muchacho. Siempre procuró asegurarse de que no tuviésemos manera alguna de ponernos en contacto con él. Incluso después de que lo viésemos, después de esos cuatro o cinco años, estuvo con nosotras un par de meses más o menos, y un día de buenas a primeras dijo que se marchaba, otra vez sin decir a dónde se iba. Siguió mandándole cartas a su hermana con la misma regularidad, pero siempre sin remite. No volví a saber de él hasta que un día me llegó una carta dirigida a mí anunciándome que se casaba, así sin más, sin otra explicación o aclaración de su conducta. Encontré este comportamiento de mi hijo desconcertante, cobarde, ruin e incluso despreciable, hacia mí, su madre, su hermana y hacia su familia.

–¿Ha guardado todas esas cartas y cuadernillos?

–Sí, pero no me preguntes por qué he guardado todas sus cartas, Porque no tengo una respuesta para ello. Más de una vez, sobre todo después de esta última desaparición suya, dejando a su mujer embarazada de su hijo, sangre de su sangre…, sin tan siguiera conocer a su hijo…, cómo ha podido hacer una cosa así…, me he lamentado de no haberlas quemado.

 »Seguramente, eso es lo que debería haber hecho…, quemarlas en la hoguera de San Juan, todas, para no dejar ni rastro de su orgullosa existencia.

»Pero… soy su madre, y una madre siempre es… una melancólica ilusionada que espera de sus hijos que un día vengan a acurrucarse en su regazo, como cuando vinieron a este mundo.

»Es más, hoy estoy totalmente convencido de que este destino nuestro…, de que las primeras palabras impresas de ese destino se empezaron a escribir el mismo día que en el jardín de mi casa, Pascual y yo nos hicimos hermanos de sangre haciéndonos un corte en la palma de nuestras manos y uniéndolas ensangrentadas.

 

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