SUSURROS DEL PASADO IV

»Las relaciones entre Pascual y su madre se volvieron tensas, lo contrario que con su padre. Ella se aferraba a él en busca de apoyo, actuando como si el dolor de la familia le perteneciera solo a ella. Pascual Fonseca tenía que ser el fuerte en aquella casa; no solo tenía que ocuparse de sí mismo, sino que también hubo de asumir la responsabilidad de su hermana pequeña, que solamente tenía once años en aquel entonces. Pero esto trajo otra serie de problemas, porque Penélope era una niña inestable, de la que oficialmente se hicieron cargo, después de la muerte del señor Fonseca, una tía abuela soltera algo mayor que su madre y su tío cura. En cuanto al padre de Pascual, el señor Alfredo Fonseca, los recuerdos que mantengo de él en mi memoria son escasos y poco puedo decir con certeza al respecto.
»El señor Alfredo Fonseca, era como un mensaje cifrado para mí, un hombre silencioso, de abstraída condescendencia, al que nunca llegué a conocer bien. Mientras mi padre solía estar en casa después de su trabajo, especialmente los fines de semana, a excepción de sus salidas al casino o de sus fines de semana de caza, al padre de Pascual raras veces lo veíamos en ella. Era un juez de cierto prestigio, que, en su época de recién salido de la facultad de Derecho, había tenido ciertas ambiciones políticas, pero estas habían acabado, todas ellas, en una serie de decepciones. Generalmente trabajaba hasta tarde, llegaba a casa a las nueve o diez de la noche, a menudo pasaba el sábado y parte del domingo en su despacho. Dudo mucho que supiera entender a su hijo, porque parecía un hombre al que le gustaban poco los niños, alguien que había perdido todo recuerdo que tuviese de haber sido niño alguna vez. Don Alfredo Fonseca era tan absolutamente adulto que se encontraba tan inmerso plenamente en asuntos serios como para preocuparse por los asuntos de su casa. Para eso tenía a la señora Beatriz, su esposa. Por lo que me imagino que le resultaba difícil no considerar a los niños criaturas de otro mundo.
»No había cumplido los cincuenta años cuando murió. Durante los últimos cuatro meses de su vida, después de que los médicos perdieran la esperanza de salvarlo permanecía encerado en su casa, por la mañana tumbado en la cama de su habitación, y por las tardes sentado en su despacho, mirando por la ventana a la gente que pasaba por la plaza de San Isidoro y la vieja muralla sobre la que sobresalía la torre de la basílica de San Isidoro, leyendo algún que otro libro, o la prensa local que Pafo le había comprado; tomándose sus analgésicos, adormilándose. Aunque yo solo puedo especular sobre lo que sucedió, deduzco que las cosas cambiaron entre ellos. Por lo menos, lo sé, tengo la certeza de cuánto se esforzó Pascual en conseguirlo, faltando a menudo a clase para estar con él, tratando por todos los medios de hacerse indispensable, custodiándolo con resuelta y abnegada dedicación. Era algo terrible, arduo para Pascual Fonseca, quizá demasiado para él, aunque parecía llevarlo bien, reuniendo el coraje que solo es posible en los muy jóvenes. A veces me pregunto si logró superarlo alguna vez.
»Recuerdo con cierta emoción el final de los días de Alfredo Fonseca. Al final de su periplo, completamente al final, cuando ya nadie esperaba que el padre viviera más de unos pocos días, Pascual y yo nos fuimos a dar un paseo en el coche de su padre, que cogimos sin permiso, al salir de clase, una tarde de viernes. Era abril, al cabo de unos minutos empezó a nevar ligeramente. Condujimos sin rumbo, adentrándonos en la comarca de la Maragatería, cruzando, el Páramo y los pueblos de la ribera del Órbigo; San Miguel, San Martín, Veguellina de Órbigo. Era un camino de tierra rojiza que ascendía lentamente hacia las montañas de León, donde los rosales silvestres, las encinas, las matas de flores moradas y amarillas se empeñan en pegarse al suelo. Llegamos a Astorga, ciudad que conocíamos muy bien ya que algún que otro sábado habíamos estado en sus salas de fiestas, nacida del campamento romano de la “Legión X Gemina” a finales del siglo I a. C. Recorrimos la ciudad prestando poca atención a lo que nos rodeaba. Solo hablábamos, recordando nuestras peripecias y lo que haríamos el curso siguiente. Cuando estábamos allí, en Astorga, paseando por una de las calles que bordea la vieja muralla, nos encontramos de frente con un camposanto; la puerta estaba abierta y sin ninguna razón especial que nos obligara, decidimos entrar, empezamos a caminar entre las tumbas. Especulamos sobre cómo habrían sido aquellas vidas que indicaban las inscripciones sobre las lapidas, nos quedábamos unos minutos callados anta alguna de ellas, volvíamos a dar unos pasos más hablado de la muerte y de la vida, filosofando. Mientras estábamos caminando por el cementerio, nevaba intensamente y el camposanto se estaba poniendo blanco. En algún punto de aquel necrópolis había una tumba recién excavada, Pascual y yo nos detuvimos al borde y miramos hacia abajo. Recuerdo lo silencioso que estaba todo, solo roto por el leve siseo de la nieve al caer, tenía la sensación de lo lejos de nosotros que parecían estar el mundo. Durante diez minutos ninguno de los dos abrió la boca, al cabo de ese tiempo, que me pareció eterno, Pascual dijo que le gustaría ver cómo se estaba en el fondo. Me sorprendió, pero tampoco puse impedimento para que no hiciese lo que estaba pensando, le di la mano y lo sostuve con fuerza mientras él descendía a la fosa. Cuando sus pies tocaron la tierra me miró con la cabeza levantada y una media sonrisa, se encogió sobre sus rodillas para luego dejarse caer de espaldas en su interior entrelazando sus manos sobre su pecho, fingiendo estar muerto… Ese recuerdo está aún completamente vivo para mí, y creo que siempre me acompañará; mirar a Pascual Fonseca mientras él miraba al cielo, con sus ojos entrecerrados, parpadeando porque la nieve le caía en la cara… Algo surrealista, extraño, estaba pasando entonces en aquella tumba abierta bajo la nieve…Pascual estaba solo allí abajo, solo con sus pensamientos, con sus sentimientos, viviendo aquellos momentos en soledad, y aunque yo estaba presente, el suceso estaba sellado para mí, como cuando se encerraba en su caja de cartón, como si en realidad no estuviese allí de pie, bajo la nieve que. Mirándolo allí abajo tumbado, comprendí que aquella era la manera que tenía Pascual de imaginarse la muerte de su padre. Era pura casualidad o el destino; la tumba abierta estaba allí como esperándolo, y Pascual había sentido que lo llamaba…
»Permanecí allí esperando a que Pascual decidiera salir de donde se encontraba, tratando de imaginarme lo que estaba pensando, cerré los ojos intentando ver lo que Pafo veía, lo que sentía, y solo vi oscuridad. Entonces levanté la cabeza hacia el oscuro cielo invernal y todo era un caos de nieve que caía rápidamente sobre mí…
»Cuando echamos a andar hacia el coche, la luz del día comenzaba a ocultarse. Salimos del cementerio apresuradamente sin decirnos ni una palabra. Había varios centímetros de nieve en el suelo y continuaba nevando, cada vez más intensamente, como si no tuviese el cielo la intención de dejar de hacerlo en algún momento. Llegamos al coche, nos metimos dentro, y contra todas nuestras expectativas e intenciones, no pudimos arrancarlo. Las ruedas traseras estaban atoradas en una zanja nevada y nada de lo que hacíamos daba resultado, las ruedas seguían girando inútilmente con aquel quejumbroso ruido del motor. Pasó media hora y tuvimos que renunciar, decidiendo de mala gana abandonar el coche.
»Hicimos autostop bajo la tormenta de nieve y pasaron dos horas más hasta que finalmente llegamos a casa completamente empapados de los pies a la cabeza. Solo entonces nos enteramos de que el padre de Pascual había fallecido durante la tarde. Pascual no pudo despedirse de él, lo que de alguna manera le ha marcado el resto de su existencia…
La sonrisa que se dibuja en mis labios ante el recuerdo de este pasaje de mi vida, se desvanece en su nacimiento convirtiéndose en un mohín, mientras una incómoda pesadumbre trepa sobre mis hombros. Todos esos momentos hace tanto tiempo que sucedieron que solo me queda el simple recuerdo, en una tarde nostálgica o en un día como el de hoy.
Por aquel entonces, yo no era plenamente consciente de lo que nos sucedía, las cosas, los acontecimientos sucedían sin más, y nunca hubo nada específico que yo pudiera señalar. Si acaso algún que otro reproche. Siempre he pensado, aunque nunca lo haya reconocido, de que un fuego inextinguible mantenía vivo a Pascual dentro de mí. Si la palabra envidia es demasiado fuerte para lo que estoy tratando de expresar, entonces lo llamaría sospecha, quizás un sentimiento secreto de que Pascual era de algún modo mejor que yo. En mi esfuerzo por recordar las cosas tal y como fueron realmente, veo ahora, con el paso inexorable del tiempo, que también tenía reservas respecto a Pascual Fonseca, que una parte de mí siempre se resistió a él. Creo que nunca me sentí totalmente cómodo en su presencia. Cuando era joven no tenía la seguridad necesaria para enfrentarme a esta realidad que sentía, me escondía detrás de una máscara, quería ser otra persona. Quería esconderme para aprender a ser otro. Pero, cuando he cumplido los cincuenta, me he dado cuenta de que esa mascara era yo mismo…
”Las historias solo les suceden a quienes son capaces de contarlas”.
Alguien dijo esta frase alguna vez, no recuerdo quién. De la misma manera, pienso que, quizás, las experiencias solo se les presentan a quienes son capaces de tenerlas. Pero esta es una cuestión difícil y contradictoria al mismo tiempo. Hoy no puedo estar seguro de nada…