SUSURROS DEL PASADO

“A veces nos pasamos la vida sin dar importancia a los hechos que nos acontecen en un instante. Y, de pronto, en uno de esos sucesos que acontecen, toda nuestra vida se cierne en un instante. En ese momento en que tu vida se vuelve del revés, para transformar el presente, el pasado y el futuro en un simple instante en el que no sabes qué hacer.”
 
 
Mi mente no deja de dar vueltas y vueltas, como si se tratase de la noria de una feria, sin dejar de pensar en lo que le ha podido ocurrir a mi esposa Letizia. Estoy a punto de caer abatido ante mi enemigo interior, mi mente.
«No puede ser cierto. Realmente, qué es lo que sé…
Que está muerta
Siento como si el peso de una persona de doscientos kilos me estuviese oprimiendo el tórax, intentando comprimir el oxigeno de mis pulmones, me cuesta respirar, cada inspiración de aire es como un puñetazo. Mientras aturdido me digo a mi mismo:
¡“Que está muerta.”!
«Y esto lo sé porque alguien, a quien no conozco, me lo ha dicho…, puede que ese alguien esté equivocado, o puede que no… No sé de qué ha muerto, ni cómo ha podido ocurrir… Ayer no me comentó que estuviese enferma ni nada por el estilo… Habrá tenido un accidente… Los niños ahora tendrían que venirse conmigo. ¡Oh Dios! ¿Qué voy a hacer con ellos?, ¿con dos niños, uno de doce años y otro de cinco?, yo, un tipo de cincuenta y cinco, con dos criaturas tan pequeñas… ¡Joder, Lety!, cómo te has ido así…, sin más, en silencio. Tú eras la que te encargabas de ellos, de cuidarlos, educarlos, mimarlos, dirigirlos, tú eras su guía, yo solo he estado ahí, de segundo…, solo estaba para hacer cumplir sus caprichos, sacarlos de paseo…; si hasta cuando se volvían molestos yo me encerraba en el ático con mis cosas. Tú eras la que los reñías, te enfadabas con ellos, los castigabas, los perdonabas…»
Si lo que una parte de la conciencia me indica que es cierto, y la otra lo niega, entonces se van abrir las puertas del infierno, y mi mundo no está a salvo, se vendrá abajo como un castillo de naipes. Hay ciertos sensores de la percepción que me muestran lo que va a ocurrir, trazos de una realidad inesperada.
Con un brusco movimiento de cabeza logro arrancarme los pensamientos de la sinrazón, sacándome de encima la pesada losa de la incertidumbre, recuperando la respiración.
Recuerdo, observando como en el horizonte las primeras luces de este día empiezan a irrumpir en los viejos campos castellanos, cuando apareciste en mi vida por primera vez, casi de la nada. Apareciste, en el instante preciso en que mi corazón ya estaba listo para volver a sentir, aunque el tuyo aún seguía sangrando, me permitiste ser tu médico cirujano para parar la hemorragia de tus heridas, sanarlo, mostrarte que siempre hay algo más, que no podíamos, dejar de vivir por algo que había sucedido y que no volvería a ser. Te ofrecí entonces, pero no he llegado a cumplirlo, un mundo nuevo y distinto, lleno de posibilidades que aún no conocías, que a mí me apetecía y deseaba descubrir contigo a mi lado, caminando lentamente y aprendiendo los dos juntos lo que a lo largo de la senda de ese camino nos iba mostrando, para llegar a donde tuviésemos que llegar. Pero, al parecer, ahora tú has decidido en un instante desaparecer para siempre, como cuando nos conocimos, quiero suponer que ha sucedido por una de esas desafortunadas casualidades de la vida.
Sentado en la parte posterior del coche con la cabeza languideciendo sobre el reposacabezas, mi mente va y viene, viene y va, en el vaivén del tobogán en que se encuentran mis recuerdos desordenados, no queriéndome recrear en alguno en concreto. Sin prestar en demasía atención al paisaje que está pasando ante mis ojos, lo veo, pero no lo miro. Pues en la retina de mis ojos solo está la última instantánea captada de mi mujer el lunes en Madrid.
En un instante de esos en que miro con desgana a través de la ventanilla, me percato de que estamos entrando en Madrid.
–God damn it. Shit… Qué corto se me ha hecho este viaje –murmuro en voz baja.
–¿Decía algo? –pregunta el inspector Reyes.
–No, no, nada. Cosas mías.
Estamos circulando a la altura de El Escorial. Saco el móvil de la solapa del bolso, coloco mi huella índice sobre la minúscula ventana de “mensajes” y comienzo a teclear:
“Entrando en Madrid. Treinta minutos”.
Marco el número de Luis, y le envió el mensaje, colocando el móvil en el interior del bolso de cualquier manera.
El subinspector Fernández, que es el que va al volante, se introduce en el aparcamiento subterráneo de la Dirección General aparcándolo en el primer sitio que ve libre.
Salgo del coche, me visto el abrigo mecánicamente, dejo caer mi sombrero sobre mi cabeza de manera instintiva sin preocuparme de cómo ha quedado. Me cuelgo el bolso del hombro izquierdo, mientras hecho una mirada rápida hacia el interior del coche por si se me olvida algo en el asiento. Nos dirigimos hacia donde se encuentran los ascensores, el inspector Reyes dos pasos por delante y el subinspector dos pasos por detrás, entramos en el ascensor, que nos lleva al amplio vestíbulo de la entrada del edificio, deposito las cosas que llevo en los bolsillos en una bandeja, y el bolso en la cinta, al pasar por el escáner. Veo a Luis, mi abogado, en el centro del vestíbulo charlando con otras dos personas, él también se ha percatado de mi presencia y se dirige a mi encuentro mientras se despide de sus acompañantes. Nos fundimos en un abrazo sentido no exento de emoción por mi parte. Lo necesito.
–Lo siento, lo siento…, Nicolás. Lo siento de verdad. De corazón –dice Luis mientras nos abrazamos.
Lo miro mientras nos separamos, dándole las gracias con un gesto en mi rostro, afirmándole que lo sé y que le creo, a la vez que un estremecimiento nervioso recorre mi cuerpo al separame, este vahído hace que me sujete de su brazo derecho instintivamente, mientras se presenta a los inspectores que me acompañan, que habían permanecido impertérritos a nuestro lado.
–Si nos disculpan un instante, vamos a comunicar que ya hemos llegado y preguntar a dónde tienen que dirigirse. Esperen por aquí si son tan amables –dice Reyes.
–No se preocupe, que aquí estaremos –contesta Luis.
El inspector se distancia de nuestro lado mientras su compañero, el subinspector Fernández, da unos pasos hacia atrás, permaneciendo cerca de nosotros sin dejar de observarnos de reojo. Giro la cabeza hacia Luis y le lanzo una cascada de preguntas sin darle tiempo a que me responda.
–¿Has podido informarte?, ¿está muerta?, ¿cómo ha sucedido?, ¿ha sido un accidenté?, ¿fue un paro cardiaco?, ¿un desmayo? Que sepa, no estaba enferma, si no, me lo hubiese dicho. ¿Qué es lo que le ha pasado?, ¿te has podido enterar de algo?…
Le lanzo toda la batería de preguntas, de sopetón, que me vienen a la cabeza sin pensar ni un segundo las preguntas, con ansiedad, nervioso porque me confirme que todo es una simple equivocación.
–¿No te han dicho nada?…
–No, nadie me ha dicho nada en concreto…
–¡¿Cómo que no sabes nada?!
–Tampoco se puede decir que nada, nada.
–Entonces…, ¿qué?
–La verdad es que la persona con la que he hablado… tampoco es que supiesen mucho de lo ocurrido. Solo sabía que una mujer había aparecido muerta en la habitación del hotel Miguel Ángel, y que, por desgracia se trataba de Letizia.

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