SUSURROS DEL PRETÉRITO II

CONTINUACIÓN

Al salir a la calle, inesperadamente, se abalanzan sobre mi todos los ruidos que por ella transitan, sin que la distancia desde donde parten pueda amortiguarlos: el repetitivo ladrido de unos perros, los gritos de unos niños, correteando tras una pelota en el patio del colegio, los agudos y constantes lloros de un bebe, los gritos de una madre estresada por una mala noche o porque cree tener un día muy largo, los desgarros de una guitarra, el silbato de un municipal, el zumbido de un martillo picador, el claxon de un coche, el ronco zumbido de los motores de los automóviles deslizándose por el desgastado asfalto…

»A Letizia le gustaban estos ruidos matinales. Decía que, eran las notas sinfónicas de la vida, el “do, re, mi, fa, sol” de personas con ganas de disfrutar de la vida. Solía abrir las ventanas del comedor para escucharlos mientras desayunaba sentada en la mesa camilla de la galería, mientras los niños refunfuñan ante su tazón de desayuno, y yo repasaba mi agenda del día, mientras la contemplaba de soslayo. Entonces en sus ojos azul-verdoso se podía ver el débil rasgo de una sonrisa. Una sonrisa que para ella no significaba nada, pero que para mí si tenía un significado; me daba ánimos para enfrentarme a los recovecos que escondía las esquinas del día. Algo que para mí, muchas veces en el pasado, me parecía imposible… Esos desayunos en la galería, escuchando la sinfonía de los ruidos de la vida, ya se han terminado. Se van con ella, y nunca serán los mismos.

Son las siete de la tarde, todo ha terminado, ya se ha certificado el adiós definitivo, ya las palabras de pesar, de consuelo, de darte ánimos, han cesado; ya los apretones de manos, los abrazos y las lágrimas se han ido. Por fin solo en esta casa fría y vacía, solo tú memoria y los recuerdos. Ahora comenzara el “vía crucis”, del por qué, de los reproches, y del que hacer.

Han sido unos días, con todas sus horas, de auténtica locura, en las que no he encontrado el tiempo necesario para pensar con meridiana claridad, que me arroje algo de luz sobre el, por qué, de lo ocurrido, solo tengo sobre la mesa un montón de falsedades, de algunos, de verdades sesgadas, de otros. De mentiras disfrazadas con el Zendale de la verdad.

Aquí estoy ahora en la oscura inmensidad silenciosa de esta casa, llena de buenos recuerdos, ya que los malos no tienen importancia, los he arrancado como a las malas hierbas del jardín dejándolas en montoncitos para recordarme que han existido. Estoy dispuesto, pero no sé si preparado, para enfrentarme a esos recuerdos. Tratare de ordenarlos cronológicamente, para ver si entre las alargadas sombras de las ramas de sus árboles, puedo encontrar algún sentido a toda esta inesperada locura en la que me he veo envuelto.

–Este puede que sea un buen momento para empezar. No crees –le digo a Rufus, que se ha quedado en casa esperando mi regreso.

–Pero…, ¿por dónde empezar?

El silencio, el profundo silencio. Se ha apoderado de cada rincón, de cada esquina de la casa, flotando en la soledad del ambiente. Fuera de estos muros, tengo la impresión, de que la vida, esa sinfonía ruidosa, se hubiese paralizado con el diapasón del reloj de arena del tiempo, ese que marca los suspiros de la indiferencia del dolor.

De cuando en vez, al tambor de mis oídos llega el bullanguero bullicio de la calle, acompañado del desacompasado runrún, de las bicicletas y autobuses. Me encuentro de pie en el centro del patio interior de entrada, parado, sin decidirme hacia dónde dirigirme, contemplando como Rufus, mi fiel perro pastor de brie, sentado sobre sus patas traseras, me mira fijamente, ladeando su cabeza con sus orejas medio levantadas. En esa mirada hayo preguntas para las que no tengo una respuesta, sincera o falsa, él parece entenderlo, con resignación se pone en pie, acercándose a lamerme la mano, acarició su cabeza con suavidad agradeciendo su gesto sincero. Nos disponemos los dos a pasar una larga noche de insomnio.

Subo la escalera, dirigiéndome con pasos cansinos y algo dubitativos, hacia el ático, Rufus me sigue con la cabeza gacha, limitándome en su andar. El ático es nuestro rincón preferido de la casa, por encima de los demás rincones, donde solemos acurrucar a nuestra soledad. Era el refugio particular de Letizia y mío, donde escondernos de nuestro mundanal día a día, de la híper-actividad de los niños y del ruido de sables de nuestros quehaceres. En mi mano llevo una botella de Cardu que he cogido del mueble bar con la sana intención de que a tempere el dolor.

Quiero olvidarme cuanto antes de este día, para comenzar uno nuevo en el que no haya vestigios de este.

Durante la celebración, esta tarde, del definitivo adiós de Letizia, con su cuerpo inerte presente, postrado en el interior de su última morada, bajo el manto de los mudos recuerdos de unos momentos que ya no se volverán a repetir, le hice una promesa, antes de que su inerte cuerpo abandonase el atril en el centro de la capilla, donde se encontraba, para emprender el viaje del no regreso. Promesa que pienso cumplir…, pero antes tengo otra batalla que ganar.

He decidido encerrarme toda la noche en el ático. Para entablar le batalla a mis miedos y a mi soledad, de una vez por todas. Hay una parte de mí, que dice que no lo haga, que lo deje correr, que el tiempo todo lo cicatriza, pero hay otra parte más fuerte, que me empuja a ello, que cuanto antes me enfrente a ellos, antes lograre seguir tranquilo mi camino, para poder cumplir con la promesa que he hecho esta tarde a la mujer que no hace mucho ame y a la que, a pesar de todo, sigo amando.

 Después de siete largos meses, me adentro en el ático, por primera vez desde que había llegado a casa. Todo sigue en su sitio, como la última vez que estuve aquí. Incluso el caballete con el inacabado retrato de Ben y Pau, que había empezado a pintar hacia casi un año. Instintivamente dejo caer mi pesado cuerpo en el cómodo sillón orejero, situado en mi rincón preferido, desde donde se puede divisar el campanario Gótico de la Torre del Miguelete. Sin pensar, y sin apenas darme tiempo a acomodarme, busco las fuerzas que me faltan en la botella que sujeta mi mano, coloco la botella sobre mis labios dándole un trago del líquido que encierra la botella, dejando que el alcohol queme mi garganta, mientras sus vapores inundan mis pituitarias despertando mis adormecidos sentidos. Rufus me mira con mirada extraña, preguntándome con ella:

–¿Qué estás haciendo?

Me encojo de hombros desviando la mirada, mientras me levanto y me dirijo a la esquina derecha de la entrada al ático. Cojo una de mis pipas que esta sobre el Bureau Capucin de estilo “Luis XIV” que está a la entrada, y me dispongo a prepararla mecánicamente, sin desviar la mirada del retrato que se encuentra colgado en la pared, al que nada más entrar mis ojos se fueron directamente. Como siempre he hecho cuando me adentro en esta luminosa sala.

Es un retrato realizado con lápiz de carboncillo, que yo conocía muy bien, ya que yo mismo lo había realizado. Allí estaba en su inmensa quietud el rostro de una mujer, tan conocido para mí, como desconocido a la vez. Sigo cada uno de los trazos con mi mirada como si se tratase del lápiz que en su día los trazo, hacía ya algunos años, más concretamente, cuando nos mudamos a esta casa, una tarde de sábado, en esta misma estancia, disfrutando de la puesta de sol, mientras el viento de levante trataba de calmarse correteando entre las callejuelas de esta vieja ciudad.

Al mirarlo ahora, empiezo a ver en los trazos de su rostro, rasgos de algo que antes no había observado, que no recuerdo haberlos visto en ella cuando lo estaba dibujando, ni tan siquiera después de todos estos años de mirarlo con cierto embelesamiento…, al advertirlos ahora me digo mi mismo, tratando de justificarlos:

“A lo mejor es la borrachera de halagos, de palabras dichas y escuchadas, a lo largo del día, sumado al trago reciente de whisky que acabo de ingerir, que está empezando a hacer sus efectos. O puede que estén empezando a brotar el corolario de sus oscuros secretos, que recientemente me han contado”.  

11 Comments
  • Joaquín
    Posted at 22:00h, 18 enero

    ¿Qué decir? Sublime, extraordinario, majestuoso…
    Adivino el retrato a carboncillo, el rincón favorito en el ático, la indecisión en el patio interior de la entrada, a Rufus, el pastor de brie; oigo los ruidos matinales; me reconozco en el trago al Cardu.
    Da para una representación teatral o de cine de las escenas que has descrito, cargadas de imágenes y sentimiento.
    Lo tomo como un relato, sin entrar en lo personal; pero ¡qué relato!
    Mereces mi más sincera felicitación.

    • pippobunorrotri
      Posted at 22:59h, 18 enero

      GRACIAS POR TUS PALABRAS. Y ESTAS EN LO CIERTO, NO ES UN RELATO COMO TAL, ES EL PRIMER CAPITULO DE LA SEGUNDA PARTE DE MI NOVELA, LA PRIMERA PARTE SE PUBLICARA EN BREVE, EN EL MES DE FEBRERO. GRACIAS DE NUEVO POR TUS PALABRAS

      • Joaquín
        Posted at 09:59h, 19 enero

        Felicitaciones de nuevo por la publicación próxima. Y gracias a ti por tu prosa tan fácil de leer y tan llena de contenido.

    • josephine
      Posted at 02:37h, 19 enero

      Es bonito el relato, pero triste al mismo tiempo porque la pérdida una persona .para uno recuperarse se tarda mucho tiempo

  • Lis
    Posted at 01:16h, 19 enero

    La disfrute de principio a fin, quede con ganas de más. Me encanta leerlo… Saludos Sr. Pippo.

    • pippobunorrotri
      Posted at 07:52h, 19 enero

      Gracias habrá mas

  • Ana María Otero
    Posted at 11:57h, 19 enero

    Sublime. Gracias por compartirlo, Pippo

  • carlos
    Posted at 17:12h, 19 enero

    Está muy bien descrito Pippo dan ganas de seguir leyendo. Un abrazo.

  • KOBO73
    Posted at 18:50h, 19 enero

    Magistral siempre, Pippo

  • Slictik
    Posted at 11:48h, 18 febrero

    Descubro con alegría que estos textos forman parte de una novela, ya te sugerí en otro comentario que el relato largo, la novela, iban mucho a tu forma de narrar. Ese bucear en el pasado a través del recuerdo me hace pensar en Proust y su A la busca del tiempo perdido. Recobrar un pasado perdido, detalle a detalle, sentimiento a sentimiento, es completar de alguna forma nuestro yo. Alguien dijo que la personalidad de un ser humano es un noventa y ocho por ciento de memoria y el resto habría que buscarlo entre un buen número de factores. En efecto somos lo que hemos vivido y quien no lo recuerda está podando hasta las raíces su árbol de personalidad. Por muy doloroso que resulte, el recuerdo es imprescindible, despojarnos del recuerdo es renunciar a lo que somos. En mi novela Los pequeños humillados intento reflejar la lucha de un abuelo diagnosticado de Alzheimer por recobrar sus recuerdos de infancia y adolescencia. Quien haya tratado alguna vez a una persona con Alzheimer o demencia senil o amnesia sabe muy bien lo doloroso que resulta contemplar lo que resta de una personalidad que ha sido despojada del recuerdo, es otra persona, apenas un niño con solo un puñado de recuerdos recientes. Por desgracia el recuerdo suele tender a rememorar más los recuerdos malos que los buenos, es como si el dolor hiciera un surco más profundo que la felicidad en el disco de vinilo de nuestra memoria. A pesar de ello rememorar lo que ha sido nuestra vida es un ejercicio imprescindible para la buena salud de nuestra personalidad. En los libros de Castaneda se habla de la recapitulación, una técnica del guerrero para recobrar los rastros de energía que ha ido dejando por el camino, en las duras batallas de la vida. No podemos dejar tras nosotros regueros de sangre -hablando metafóricamente- de la hemorragia constante que es vivir, acabas desangrado y sin vitalidad. Recuperar nuestra propia sangre es recuperar nuestra personalidad, podada a cada paso. No podemos transformarnos en vampiros y chupar sangres ajenas, la vitalidad conseguida vampirizando a los demás, por mucho que nos sugestionemos con la eternidad del vampiro, no deja de ser una vida oscura, nocturna y cruel. Se sufre menos cuando cuando eres espectador de otras vidas, a no ser que tu sensibilidad y empatía, debido a la vinculación afectiva, sea tan intensa como la que sientes por tu propio cuerpo, por tu propia alma. El recuerdo de la propia vida es doloroso, es inevitable, pero es necesario y revitalizador. Se podría decir que escribir sobre ello no solo es un excelente material para la ficción, también es una terapia profunda, una catarsis. Un saludo.

    • pippobunorrotri
      Posted at 18:28h, 18 febrero

      Muchas gracias amigo por tus sabias palabras ya que estoy de acuerdo contigo en que llega un momento en la vida en que necesitas volver a los recuerdo del pasado para reformarte a ti mismo que es lo que has hecho y quien eres realmente no a los demás sino principalmente a ti mismo

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