SUSURROS DEL PRETERITO VII

Su mirada descubre la figura de un hombre, de baja estatura, de unos setenta y tantos años, apoyado sobre el balaustre recubierta de mármol travertino, al lado de la estatua del Anger portando la cruz. Aquella figura solitaria, le recuerda una misma escena del pasado, en este mismo lugar, pensativa, cabizbaja, abstraído en sus pensamientos, contempla el leve movimiento de las aguas del río, producido por una docena de patos que chapotean instintivamente sobre las turbias aguas del Tíber. De improviso, sin razón aparente para ello, los patos despliegan sus alas alzando el vuelo para amenizar cincuenta metros más adelante.

La persona de camisola negra y pantalones holgados se encamina hasta el viejo que esta recostado sobre el balaustre de piedra. Su memoria por unos instantes le juegan una mala pasada, cree haber reconocido aquel hombre, pero, según se va acercando se percata de que no es él, haciendo que sus pasos se ralenticen, cuando está prácticamente a su altura, el hombre se yergue girando la cabeza.

–Buona tarte. Eran quod es, eris quod sun. (yo era lo que tú eres, tú eres lo que soy) –dice emprendiendo su marcha por el puente.

Él se detiene y contempla en silencio, por un instante, como se aleja en su lento caminar.

Él se queda de pie ante el balaustre mirando el horizonte del Tíber, contrariado, pues aquella figura le recordaba a su maestro. Su mentor, su protector, el guardián de sus sombras, que hace dos días que ha fallecido a la edad de noventa y nueve años. Casi un siglo lleno venturas y desventuras, ejerciendo el poder en la oscuridad de las sombras, que mantuvo hasta el último suspiro, y él en estos momentos se encontraba allí, en el Ponte Sant’Angelo para cumplir una de sus últimos deseos.

Saca de su bolso una pequeña y sencilla caja de madera de nogal, que en su tapa superior tiene gravado el escudo cardenalicio del cardenal, realizado por sus propias manos. Una expresión de perturbado cansancio se refleja en su rostro al contemplar la caja de madera. La abre, vertiendo su contenido al Tíber, diciendo:

“Domine, quan multi sunt qui tribulant me.

Eripe me, Domine, ab homine malo.

Domine, clamo ab te: Cito sucurre mihi.

Celebabo te, Domine, ex tote còrde mèo.”

Al terminar, deja caer la caja de madera al Tíber, siguiéndola con su mirada; esta, al encontrarse con la manta de agua se sumerge bajo ella durante unos segundos, para volver a salir a la superficie y alejarse bamboleándose sobre las aguas del Tíber. Él la sigue con la mirada hasta que solo es un punto sobre el manto de agua.

Dos horas más tarde, el hombre de la camisola negra y pantalones holgados, se apea de un taxi delante de la entrada principal de la estación Termini de Roma. Ya no lleva la maleta consigo, solo el bolso cuelga de su hombro cuando avanza por el vestíbulo de la terminal de la estación. Se detiene en el centro del vestíbulo, girándose con discreción, echa una mirada en derredor, como buscando algo o a alguien. Da unos pasos hacia la derecha, repitiendo la operación, después de un par de minutos, se dirige con decisión al mostrador de información, preguntándole a la persona que esta tras él:

–Lo slogan è dove.

–Allá fine del terminale, nil corridoio proprio di fronte il Café Bonaparte incontri fino alla sesta porta dock.

Al entrar en la consigna, un alarga fila de armarios dispuestas en tres hiladas separadas por dos pasillos recorren la larga estancia. Transita el pasillo de la izquierda, mirando a un lado y a otro los números y las letras que hay impresas en sus puertas hasta dar con la que buscaba. Saca la llave del pequeño bolsillo exterior del bolso, y la introduce en la portezuela. Al abrirla, su mirada se topa con una mochila de cuero marrón y un sobre de color pardo encima de ella con un sello que reconoció de inmediato, apartándolo hacia un lado, abre la mochila mirando en su interior durante un breve instante, saca las cosas que lleva en su bolso, distribuyéndolas por los compartimentos de la mochila, cuando ha terminado se cuelga la mochila a la espalda, introduciendo el bolso en el interior de la taquilla. Antes de cerrarla, coge el sobre, palpándolo con cautela, rompe el sello tirando de su lengüeta, extrayendo el folio de su interior en el que hay escrito una secuencia de números y letras:

“19 5951 83955 5951

EL QUE FLUYE ALREDEDOR

1131 317923319 – Δ (9621)=18

CUANDO LA LUNA MIENTE”

Sabe que es un mensaje de sus hermanos los príncipes de las sombras, seguramente para convocarle a una reunión extraordinaria. Su cerebro va descifrando su significado mientras la mira en silencio sin inmutarse, después del primer vistazo, cierra los parpados para visualizar lo que realmente quiere decir el mensaje y que su mente le muestra:

“Si eres quien eres. El que fluye alrededor. Sala capitular –a las diez, cuando la luna miente, los dieciocho.”

Hace cuatro años que la logia no le convoca a las reuniones, lo que no le preocupaba, pues en todo momento estaba informado de lo que en ellas se trataba. Pero esta era distinta, sabe que debe asistir, pues se va a dilucidar el futuro que se presenta tormentoso, pero excitante a la vez.

Abre los parpados lentamente, mirando el folio. Después de unos breves minutos de mirar el contenido de la nota, memorizándola, la introduce de nuevo en el sobre, depositándolo en el interior del bolso vacío que acababa de depositar en el interior de la taquilla metálica, cerrándola. Abandonando la consigna, se dirige con determinación al café que había visto al entrar en la sala de consignas, y se sienta en una de las mesas que hay en el vestíbulo bajo una pérgola de tela, frente a él.

–Una bottiglia di acqua, un caffe con latte, una pizza diavola e un’insalata. Per favore –le dice al camarero que se ha acercado a su mesa.

Aún le quedan noventa minutos de larga espera, que empleara para apaciguar su inquieto estómago y a repasar en la nube de su mente, los planes que había empezado a poner en marcha; los acontecimientos de estos tres últimos días, la inesperada muerte del cardenal, le había cogido en pleno fragor de la batalla teniendo que regresar de España sin saber cómo se habían desarrollado los eventos. Otra vez el caprichoso destino ha querido unir dos episodios importantes de su vida, que de alguna manera habían nacido en el mismo valle para seguir un mismo camino, pero el tiempo y el destino habían querido que un día ese camino se convirtiese en dos sendas distintas, que él ha tenido que recorrer yendo de una a la otra, transitando por ellas, sin que ninguna de ellas se enterase de que lo hacía. Ahora, los dos, el tiempo y el destino, de nuevo se han aliado para convertir esas dos sendas en el camino que fue y que debería haber sido desde el día de su nacimiento. El tiempo, como las aguas de un río, ha desgastado el cuerpo de su mentor y ha marcado el límite, el final de su tortura, el destino solo escogió la fecha en la que esos dos acontecimientos coincidieran. Ahora ya podía comenzar a recorrer el sendero de su propio bosque, sin preocuparse de su maestro, ni de la invisible sombra del fantasma de su mejor amigo Fonseca, el primero, por las tormentas de cien años de vida, el segundo, porque él así lo había querido. Estaba cansado de una relación en la que solo existía el presente, el futuro era una incógnita, y del pasado no se acordaba como había transcurrido, era como si no hubiese existido, aunque algo en su interior le decía que si lo había vivido, su memoria solo guarda el recuerdo de un nombre, Pascual Fonseca, con el rostro de otro al que nunca nombra, pues su nombre se ha borrado de su memoria con el paso del tiempo, pero no su rostro.

Hace tiempo que todo lo que rodeaba a ese nombre se había convertido en un verdadero incordio, pues la adsorbía las horas del gran reloj del tiempo. Ha llegado la hora de pasarle el testigo a ese rostro sin nombre…, su familia, sus amigos de la infancia que no dejan de recordarle, para que ellos experimentasen el sufrimiento y padezcan los desmanes de un…

Él lo sabe muy bien pues durante largos periodos de sus cincuenta y cinco años de vida, había estado siguiendo a Fonseca como si fuese su propia sombra, su otra vida, su otro yo. Estaba cansado de encubrir sus desmanes, sus locuras; en su memoria no queda resto alguno de lo que había ocurrido, no tiene recuerdos, consciente o inconscientemente, pero, que por alguna extraña razón, sabía que habían existido, sin poder definirlos.

Hizo un gesto con la cabeza apartando de su mente el nombre sin rostro de Pascual, solo es una bauta en su memoria. Mientras se dice a si mismo que aprovechará las horas nocturnas, en su santuario de la Toscana, en el Val di Merse, como siempre solía hacer en la oscuridad de la noche, para mantener un batalla consigo mismo en silencio y soledad. En esos momentos es cuando se adentra en el lado oscuro de su historia.

Ahora solo quiere ser el mismo, un simple licenciado de Filosofía, al que le gusta observar el mundo. Las posibilidades de que alguien le relacionase con Fonseca o le preguntase por él son inexistentes. Porque él no existe para el mundo donde Fonseca se movía. Algo que nunca le ha preocupado, y que ahora no va a ser menos. Fonseca siempre le había mantenido oculto, al otro lado del muro. Algo de lo que le está agradecido.

Después de media hora de removerse inquieto en el duro asiento del tren, el pasajero del vagón número once, de mirada penetrante, con tez pálida en la que se comienzan a marcar los largos surcos del cansancio, vestido de negro, encuentra una postura cómoda que hace que sus inquietos pesares se apacigüen regresando lentamente a las celdas de su monasterio. El repetitivo y constante traqueteo del tren le trae a la mente los mentolados recuerdos del lugar hacia donde se dirige, una de las nueve provincias que conforman la Toscana, diez contando la orgullosa ciudad metropolitana de Florencia.

Entrecierra los parpados sin oponer resistencia, quedándose adormecido sobre la algodonada nube de los recuerdos del pasado de aquella primera vez que se había perdido entre las colinas meridionales del Chianti, Val d’Elsa y Val di Merse, Val dell’Arbia y Val d’Orcia. Sobre todo, le había impresionado Val di Merse, que había convertido en su refugio privado hacía ya más de veinte años, y la capital de la provincia, Siena, su primera parada obligada, donde esperaba pasar el resto de la semana, algo que solía hacer un par de veces al año, perdiéndose entre la laberínticas calles de una ciudad que le resulta muy familiar y extraña a la vez, como en el ochenta y cinco, que piso por primera vez el empedrado de sus callejuelas huyendo de sus fantasmas.

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