AQUEL PRIMER AMOR

Aquel primer amor

que llego repentino

en aquel verano

en que la pubertad

se deslizaba entre susurros,

sonrisas entrecortadas

y miradas de soslayo.

Su rostro floreció

a la sombra de la muralla romana

en los jardines del Cid,

entre rosas y amapolas,

la dulzura de su andar

mi corazón conquisto.

Cuando ella me miro,

desde la corta distancia del infinito,

con sus ojos verde-oliva

la máscara blanca de niño

a sus pies se rompió,

mis piernas eran piedras

y mi vida, en aquel instante

un blanco folio.

Cuando ella me sonrió

con su mirada inquieta

me volví lerdo

balbuceando palabras inconcretas

de una mente errante

en el laberinto de sentimientos

encontrados.

Cuando ella se acerco

el rojo de mi sangre

mi rostro pinto,

volviéndose todo

burbujeante mediodía,

y en el ángelus de mi adolescencia

el silencio era muda sinfonía

y mi mirada escribía

versos sin rima.

El primer beso

fue casto…, tan casto

que fue un hasta mañana

el segundo, fue una semana

después del hasta mañana,

que fue el primero

que le robe

en el portal de su casa,

fue un beso brujo

pues el hechizo

nuestros corazones.

De él guardo su recuerdo

en el altar de la memoria,

en el silencio de las palabras

en el arrumaco del sentir.

Te mire a los ojos

en un fugaz instante

queriendo buscar en ellos

el perdón del denuedo

de la frescura de la adolescencia,

tú los cerraste en el soplo del segundo

intuyendo mi procacidad

esperando impaciente

el primer beso del recuerdo,

y mis labios timoratos

se posaron en los tuyos,

y los dos sentimos

el ardor de la pasión,

y el instante fue eterno

en el tiempo del reloj.

Salí a la calle exultante

beodo de emoción

portando el sabor de tú dulce boca

mientras tú me mirabas desde la puerta

encendida como una estrella

sonriente como la luna de carnaval

como caminaba hacia atrás

sin dejar de mirarte.

Cuando nuestros cuerpos se encontraron

en la penumbra del atardecer

en aquel cuartucho desvencijado

de la buhardilla de los abuelos,

con un ventanuco enfocado

al claustro de la Carmelitas,

al que la luna se asomo

con su sonrisa turbada

mientras mis dedos temerosos

buceaban bajo tu blusa

y tu falda corta

recorriendo el mar costero

de tú piel sedosa.

Aquel atardecer

donde la ropa estorbaba

y la luna bañaba

nuestros cuerpos sudorosos

mientras descubrimos

los suspiros del recuerdo,

los gemidos de la pasión,

las promesas del olvido…

Aquel primer amor

se ahogo en el océano

de nuestra vida de locos

unidas por el momento

del tiempo

que fue el primer amor,

y que perdura en la memoria

como el retrato perfecto

del instante del tiempo

del momento apolíneo, donde

la pubertad perdió su inocencia

y la adolescencia gano su rebeldía

con el grito del amor.

 

Pippo Buborrotri

 

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