EL SOBERBIO

Cabalga el soberbio sobre el mar

mostrando su petulancia

con la espada de jactancia

que blande al viento

 desde la torre de su castillo,

el orgullo.

Pero un día, la vida,

ese juez, que juzga y no perdona

en su puesto lo coloca

como una estatua de mármol

para que el tiempo lo contemplé

por lo que no ha sido.

El soberbio es fachada

de cristal ahumado

que lustra con su engreimiento

escondiendo el miedo

de su recato…

Debajo de su orgullo

una aldea de pi-tufos

se arremolina alrededor de un fuego

que derrite el hielo de su altivez

atemperando el frío de la intransigencia.

La voces encendidas de los pi-tufos,

le dicen espera,

mas él las voces desprecia,

y sigue queriendo dominar

el tiempo de la vida.

Sus manos tendidas

le invitan a que las coja, generosas,

para caminar en la complicidad de la noche,

él no necesita cómplices

para someter a la negra noche.

Cuando un día el mundo le mira

con ojos que no ven,

porque la mirada se ha ido

en la primavera de otro orgullo,

el miedo es su sombra…

Cuando los días relucientes

que iluminaban su altanería

se han gastado en el tiempo

y las manos tendidas

son puños cerrados,

sus miedos y sus dudas

se instalan en el campo nevado

de los recuerdos de los días

en que su presencia imponía

y ahora pasa desapercibida…

El soberbio cree

que a la vida somete

sin percatarse

de que la vanidad

a la vida no le interesa,

porque con su viento

apaga sus gritos

y en la villana vejez

le muestra sin empacho

lo débil que ha sido.

 

Pippo Bunorrotri

 

 

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