LA BAUTA DEL ZENDALE

 

                   CAPÍTULO I

«Es bastante sencillo ver la vida carente de valores.

De hecho, la gente con algo de sensibilidad no tiene dificultad en verla así».

Un cielo plomizo avanza lentamente al otro lado de las pesadas y tupidas cortinas tras las que se oculta la grisácea luz de este día de mediados de octubre del 2013, causan inquietud sobre los tonos cálidos de las paredes tapizadas en anchas rayas verticales de color mostaza y crema de la habitación del hotel JW Marriot, en el 160 de Central Park Sur de Nueva York. Más bien, parecen unos aparentes cortinones pesados de un color vino, granate oscuro, ataviados con una pesada tela aterciopelada. Tienen toda la apariencia del gran telón principal del escenario de un viejo teatro de Broadway, más que de unas simples cortinas de diseño de la habitación de un hotel con aspiraciones minimalistas, tras las cuales se oculta por completo la pared que alberga las amplias ventanas de la habitación 507. Seguramente, fueron pensadas para que ayuden a mantener la luz del día y de la noche, a que permanezca oculta tras ellas, dando una sensación de misteriosa tranquilidad pausada.

Esos tupidos y pesados cortinones aterciopelados de color granate están siendo desplazados lentamente a ambos lados de la ventana justo en el momento en que las agujas del reloj se acercan a la tercera hora del amanecer, dejando, con este incauto y pausado movimiento, que el suave color gris con que había nacido este día, de pétrea luminosidad, fuese apareciendo tras ellos, inundando con su plomiza iluminación la amplia y nada minimalista habitación. De pie, ante la ventana, sinuoso se dibuja el perfil de una mujer, de estatura más bien baja, de uno sesenta y ocho centímetros de altura, con una amplia camisola blanca sin mangas, desabrochada, que se abre levemente hasta el centro de su vientre, prendida de dos finos cordones colocados con desorden sobre sus hombros estrechos, en la parte baja de su vientre se localiza la pequeña forma de casquete esférico que es su ombligo, flaqueado en un plano superior por los cónicos pechos bien formados con sus oscuros y turgentes pezones, dibujados tras la semitransparente camisola que deja entrever de vez en cuando las sugerentes líneas de su cuerpo desnudo. Lo adorna una bien cuidada larga melena rubia medio ondulada que se posa tierna y suavemente sobre sus hombros desnudos y sus pronunciados pechos. Su rostro está algo descompuesto, parece no haber dormido bien, sus ojos entreabiertos intentan acomodarse a la luz que se abalanza, como un enamorado deseoso, sobre ella. Se acaba de levantar de la amplia cama que se encuentra a su espalda.

Son las diez de la mañana de este trece de octubre, en la ciudad de los contrastes, Nueva York, pirámide multicultural.

Al parecer, va camino de ser un día gris y opaco, seguramente, como muchos de los días que se dan a lo largo de todo el año en esa ciudad de grandes contrastes, del caos organizado, que no es otra que la Gran Manzana. Un día gris plomizo, que hace que sientas sobre tus espaldas como si llevases un saco de cien kilos de piedras. De esos días, de esta mundana ciudad, en que nuestro ánimo lo llevamos tras nosotros, engarzado a gruesas cadenas con grilletes sujetos a nuestros tobillos, que vamos arrastrando con pesada lentitud cuando caminamos por el frío y humeante asfalto allá donde te desplaces, queriendo con ello que las agujas de tu reloj vayan más deprisa para que finalice lo antes posible a fin de que llegue cuanto antes la noche para poder tumbarse sobre la cama. Pero, para ella, hoy no va a poder ser ese aclimatado día que ha imaginado, pues tiene una reunión que no figuraba programada en su agenda cuando decidió emprender este viaje.

A última hora de la tarde, sesenta minutos antes de subirse al avión, Jordi, su compañero, amigo y confidente, la había llamado y, al no poder hablar con ella, le envió un mensaje, citándola a las siete de la tarde, de este trece de octubre, en su apartamento neoyorquino.

Ella había llegado a la ciudad de los rascacielos apenas hacía diez horas, a las doce de la noche, hora local exactamente. Planeó antes de salir de Madrid, como solía hacer siempre antes de disponerse a iniciar un largo viaje de más de un par de semanas, dedicar las primeras veinticuatro horas para ella sola. Para reponerse del pesado viaje y del cambio horario, se levantaría a media mañana, bajaría al gimnasio del hotel, se daría un baño refrescante en el spa, un masaje, iría a la peluquería y a media tarde, después de un ligero tentempié en la cafetería, saldría de compras perdiéndose por las calles de la ciudad. Luego cenaría en el restaurante del hotel y antes de las diez llamaría a su amigo Jordi para hacerle saber que ya había llegado y concertar cómo quedaban para el día siguiente. Pero los planes cambiaron al bajarse del avión. Al conectar su móvil, se encontró con su mensaje.

Le extrañó la urgencia de su amigo Jordi por que se viesen pocas horas después de que ella aterrizara en la ciudad, esa urgencia por verse apenas le había dejado dormir. Él estaba al corriente de su llegada en la madrugada, hacía meses que habían planeado el viaje de ella a Nueva York, y el día anterior hablaron de la hora de salida y de llegada. Jordi sabía muy bien lo que a ella le gustaba cada vez que se desplazaba de su ciudad de origen, Madrid, a otra ciudad y el trayecto duraba horas, aunque ya hubiese estado en ella, como era el caso. Siempre que llegaba a la ciudad de destino le gustaba dedicar las primeras horas de su estancia a disfrutar ella sola de la ciudad.

Patricia y Jorge Javier se conocían muy bien, alguien incluso diría que demasiado bien, desde hacía muchos años, exactamente desde el primer año de universidad en la Facultad de Medicina de la Complutense.

Los dos habían elegido la misma rama de la medicina: la forense. Ella dentro de la medicina forense se inclinó por la antropología, aunque, después del primer año de ejercer como antropóloga en el Anatómico Forense de Madrid, decidió dejarlo para estudiar psicología forense. A eso se dedicaba profesionalmente en su día a día, asesorando a los diversos departamentos de la Policía que lo solicitaban. Era la catedrática de Psicología Forense en la Universidad Complutense de Madrid, además de dar conferencias, cursos, y escribir artículos sobre el tema. Él, Jorge Javier, sin embargo, se había inclinado por la patología y la entomología. Al terminar la facultad, Jordi tomó la decisión, en contra de la opinión de toda su familia, de trasladarse a Estados Unidos, para especializarse como patólogo y entomólogo forense. Lo hizo en la Pace University de Nueva York, donde después de años de trabajo y estudio terminó siendo el director jefe del Laboratorio Forense de la Policía, en la ciudad de Nueva York.

En la universidad habían llegado a congeniar muy bien, prácticamente desde el primer día de clase. Siempre estaban juntos, por lo general donde se encontraba uno, el otro andaba cerca. Los compañeros de facultad o de la pandilla creían que eran novios, aún hoy hay quien lo sigue pensando. Pero la verdad de su relación solo ellos la conocían y solo a ellos les pertenecía. Después de un tiempo de compartir clase, noches de insomnio y charlas en las tascas del viejo Madrid, de lo cotidiano y lo no tan cotidiano, de estar juntos con una copa de más y algún que otro inocente arrumaco sobre un sofá, los dos se descubrieron sus secretos, inconfesables para los demás. En aquellos años se cubrían sus espaldas de los dimes y diretes de una ciudad donde lo diferente solo era un esnobismo de burgueses venidos a menos con afán de un falso protagonismo.

Un par de años después de dejar la universidad decidieron de mutuo acuerdo que cada uno debía seguir su camino. Pero también decidieron seguir manteniendo su amistad, que cada vez, si cabe, ha ido más allá de una simple amistad de «hola, ¿cómo estás?, ¿qué tal el trabajo?».

Si se supiese la realidad de sus gustos, los marcarían como se marca a las ovejas, algo que sus familias, de cierta posición acomodada, no están dispuestas a aceptar: su atracción por los hombres, de él, y por las mujeres, de ella. Pues los dos son cómplices reales y guardianes de sus secretos. Una o dos veces al año se reúnen para pasar unas cuatro semanas unidos como una pareja amartelada, durante las cuales se confiesan los dimes y diretes de su mundo cotidiano, sus penas y no penas, de amores y no amores.

Desde hace unos años han retomado el juego que habían pensado y comenzado a practicar en sus años universitarios.

No era otro que el de tratar de resolver los casos reales de asesinatos que se publicaban en los medios de comunicación antes que las autoridades, y de aquellos que aún no se habían resuelto a lo largo de los años. Solo que ahora no lo hacían con casos reales, esos ya los tenían en su vida diaria, ahora se trataba de casos que ellos se imaginaban. Mejor dicho, que imaginaba otra persona, que no tenía nada que ver con su entorno de trabajo ni que ellos conocían. Eran desconocidos a través de una página web que habían creado para ello sin que se les identificase, en la que les pedían que crearan un crimen, un caso de asesinato que imaginariamente quisieran cometer, a modo de juego. Cada vez eran más complejos, la imaginación de algunas personas no dejaba de sorprenderles en el tema de la muerte, del extraño sentimiento que perciben cuando son ellos los que deciden sobre una vida, aunque solo se trate de un juego imaginario, en un lugar de una ciudad cualquiera. Lo ponían por escrito, guardándolo hasta que fuese resuelto o se rindieran porque las pistas que les facilitaban no les llevaban a ninguna parte, a una conclusión definitiva.

Durante el tiempo que permanecían distanciados, cada uno en una ciudad de distinto continente, separados en el espacio por las onduladas líneas de las olas de un océano, y en el tiempo por las agujas de sus relojes, se iban enviando mensajes diarios, pesquisas, pruebas, suposiciones, preguntas, respuestas…, así como todos los enigmas que surgieran, para poder resolver el crimen. E, incluso, si lo creían oportuno, podían acudir a terceras personas para dar con la solución del caso, con una condición que no se podía saltar bajo ningún pretexto: que esas personas no se podían conocer entre ellas, ni ellos podían conocer la identidad del otro ni la de los que les ayudasen, por supuesto, mucho menos al que había ideado el caso, que era un auténtico desconocido para todos. Cuando uno de ellos creía tenerlo resuelto, enviaba la solución a la persona que había propuesto el supuesto asesinato imaginario. Si acertaban, ellos se reunían durante una par de semanas en la ciudad en que se habían cometido supuestamente los hechos para exponer su solución en el marco real de ese posible asesinato imaginario, lo cual suponía toda una aventura, a la vez que un reto.

Ella, Patricia, en la soledad de su silencio interior, se imaginó, al recordarlo por la llamada de su compañero y amigo, que seguramente querría ultimar los detalles de su próximo juego-aventura, uno más, que ya llevaban planificando en la distancia desde hacía un par de meses más o menos, mientras posiblemente les daban una alegría a sus gastados cuerpos sobre su amplia cama de 2×2 de agua, lo cual en estos momentos no le apetecía de manera especial, pues desde hacía casi un año había encontrado a la persona que hacía que sus arrugas no fuesen tales…

Ahora echaba de menos las suaves caricias de las cálidas manos de Carmen, el aroma de su cuerpo y el delicado roce de su piel con la suya de hacía apenas veinticuatro horas.

«A estas horas estará saliendo del hospital», pensó ella mirando con ojos soñolientos a través del ventanal.

Este recuerdo y el leve manto de la espesa neblina que empieza a desvanecerse entre los tejados de la ciudad hacen que se deprima cada minuto que transcurre mirando a través del ventanal, aún más de lo que estaba cuando se despertó. Por ello decide en el espasmo de un segundo bajar al spa del hotel para tomarse un baño y darse un masaje; de esa forma, posiblemente, relajará la tensión de la noche y del viaje.

Sale del hotel a media mañana, ya que la idea de quedarse en la habitación hasta la hora pactada con Jordi le desespera. En la puerta del hotel JW Marriot, decide hacer una visita al Museo Metropolitano de Arte (Metropolitan Museum of Art), más conocido como «MET». Camina por la 59th hasta la esquina de esta y gira hacia la derecha bordeando el Central Park. Camina lentamente encogida en el interior de su largo abrigo forrado de piel de cordero, notando como el calor que desprende su cuerpo bajo la ropa sale bordeando su cuello, calentándole los lóbulos de las orejas, que sobresalen de su gorro de falsa piel de zorro con su fino pelo. Camina hasta llegar a la E81th, donde se encuentra el MET, adentrándose decidida en su interior. En el mostrador de recepción del museo le entrega veinte dólares al recepcionista y este le ofrece una chapa circular, que le da derecho a pasear por el interior del museo.

Deambula sin un rumbo predefinido, como una turista más, durante unas escasas tres largas horas, mirándolo todo sin prestar demasiada atención a lo que ve; varias de las obras ya las conoce y otras no le sugieren nada especial, simplemente las mira esperando que en otro momento le traigan algún recuerdo. El paseo por las salas destinadas a Roma del MET le abre algo el apetito, así que decide comer un bocadillo caliente y una ensalada acompañados por las alborotadas burbujas de una Coca-Cola, que revolotean en el cónico interior de una copa Vesubio de cristal sobre un posavasos de cartón serigrafiado, que el camarero ha depositado sobre la mesa de uno de los varios establecimientos del museo.

Al salir del MET, gira hacia la derecha bajando hasta E79th, cruzándola justo a la entrada de uno de los paseos que va hacia Central Park. Camina cabizbaja, encogida en el interior de su abrigo, por la senda de grava y tierra, despacio disfrutando del paseo. Pasa por delante del castillo Belvedere girando hacia la derecha para tomar la salida a la calle W81th, donde se encuentra el museo de Historia Natural. Frente al museo, en el cruce de la calle W81th con Columbus Avenue en el número 436, Patricia se detiene. Observa aquel edificio de 1900 de ladrillo visto y piedra en su parte inferior, como las que enmarcan las amplias ventanas de madera, todas ellas de la misma dimensión y perfectamente esculpidas. Desde el primer día que lo vio le gustaba aquel edificio, lo contempla embelesada durante cinco largos minutos parada ante él imaginándose una historia. Dirige su mirada hasta las ventanas de la planta undécima, que es la vivienda de su colega y amigo. Un amplio loft completamente abierto, que tanto le gusta a Jordi, decorado con gusto. «Para estar encerrado ya tengo la morgue», como solía decir.

Cuando Patricia sale del ascensor y gira hacia su izquierda, se encuentra de frente con la vieja y amplia puerta de madera ligeramente decorada, que se había traído de España. Introduce en la cerradura la llave que porta en su mano enguantada y abre la puerta del amplio piso. Parada ante la entrada, desde el quicio de la puerta abierta de par en par, descubre una vez más el amplio espacio que se dispone ante sus ojos, que luce limpio, silencioso y pulcramente ordenado, como la primera vez que lo visitó. Como ella bien sabe, no puede ser de otra manera conociendo como conoce a Jorge Javier. Ha utilizado la llave que Jordi le dio la última vez que había estado en Nueva York, hacía ya un año, más o menos, con la disculpa de si un día él se retrasaba por culpa del trabajo. El trabajo lo tiene cerca de su casa, una manzana más allá, en la W82nd st en el edificio del Departamento de la Policía de New York.

Se adelanta un par de pasos hacia el interior, cerrando la puerta tras de sí. Se quita los guantes con parsimonia monacal, introduciéndolos en los bolsillos de su abrigo, mientras mira con detenimiento todo lo que sus ojos le muestran como si fuese la primera vez que lo viese, tratando de descubrir qué es lo nuevo que en él hay. Se despoja de su largo abrigo de piel, de su falso gorro de pelo de zorro y de su amplio bolso, depositándolo sobre el perchero que se encontraba en el del armario que hay en el vestíbulo de entrada. Sabe lo minucioso que es Jordi, cada cosa tiene que estar en su sitio, se deshace de los botines que lleva calzados, le duele la planta de los pies de la caminata. Los deja al pie del perchero y cierra, deslizándola despacio, la puerta-espejo. Caminando descalza por la estancia, va sintiendo el calor de la alfombra bajo sus pies desnudos, a la vez que el leve cosquilleo de su pelaje.

Viéndose allí de pie en el centro del vestíbulo sobre la alfombra de la India, del Nepal, de pelo corto, al instante la reconoce ya que estaba presente cuando su amigo la compró en el mercado callejero Bazar Tripolia de Jaipur, en el último viaje que hicieron juntos.

Mientras espera a que llegue Jordi, decide prepararse una taza de té, dirigiéndose hacia la cocina, que se encuentra a la izquierda pasando el vestíbulo, abierta al amplio salón. Espera a que el agua de la tetera eléctrica de cerámica japonesa se caliente, mientras se distrae abriendo la nevera para fisgonear lo que en ella hay. Una sonrisa se dibuja en sus labios ante los recuerdos que le vienen a su mente, de tiempos pasados, en situaciones parecidas. «Hay cosas que nunca cambiarán con el paso del tiempo», piensa, escudriñando con su mirada el interior de lo que allí se le está mostrando.

Duda durante unos segundos intentando decidir qué llevarse a la boca para entretener la espera, que presupone que será larga. Lo contrario sería una sorpresa. Cuando su cerebro reproduce el sonido hiriente del repetitivo silbido alargado del vapor al salir por el pequeño orificio de la tetera indicándole con ello que el agua ya está lista, cierra la puerta, apaga el fuego vertiendo un chorro de agua hirviendo en el recipiente de cristal que había preparado con un par de cucharadas de té negro indio en el filtro infusor. Deja que se vaya preparando mientras extrae una ovalada tacilla con su correspondiente plato de la vitrina azulada de la cocina.

Con la taza en la mano se dirige hacia el sillón que se encuentra ante el ventanal que da a Columbus Avenue, y se sienta en él. Quería distraer su mente para no tener que pensar en la razón o razones que la habían llevado hasta donde se encuentra, en lo que su amigo Jordi le tendrá que decir. Un instante antes de que sus piernas la lleven a donde su cerebro ha ordenado, coge el mando del equipo de música y aprieta la tecla del «play», dejando que las notas musicales corretean por la amplia estancia. La voz de Freddie Mercury interpretando Bohemian Rhapsody acuna sus pensamientos, dejando que su mirada vague libremente, perdiéndose entre los rincones del amplio espacio de la estancia, desde el sillón donde había asentado sus reales posaderas cansadas.

Desde la lontananza del lugar donde se encuentra, su mirada busca con el iris de sus ojos el reflejo tridimensional de los objetos novedosos que se han instalado últimamente en el abierto espacio, desde la última vez que estuvo en él. Con toda probabilidad, estos habían llegado hasta allí para quedarse definitivamente.

En el muro de pizarra negra que hace de separación del espacio entre la zona de noche con el resto de la estancia que hace de salón-cocina, descubre dos nuevos cuadros de gran formato, con un estilo muy geométrico, lleno de colorido, que atraen su atención. Patricia levanta su cuerpo del cómodo sillón con un repentino impulso sobre sus pies, dirigiendo sus pasos hacia los cuadros que acaba de descubrir. Se trata de un par de obras de un artista argentino, Mario Fernicola. En su margen izquierda se halla una pequeña plaquita donde está escrito el nombre del cuadro, el año y su autor. Los títulos allí reflejados la hacen sonreír abiertamente, pues esas palabras que dan nombre a esos cuadros le recordaban a algún momento de su historia, la de ella con su propietario y viejo amigo, Jorge Javier, Jordi, cariñosamente para ella: Miradas de Tranquilidad y Conexión.

Vuelve sobre sus pasos con una amplia sonrisa dibujada en todo su rosto, se queda de pie delante del ventanal observando su reflejo, le saca la punta de la lengua a modo de burla mientras se vuelve sonriéndole al reflejo para sentarse en el sillón.

­­—Vaya cara tienes hoy, Patricia —se dice.

Sentada en el sillón, otea a través de la ventana la azotea ajardinada del edificio de enfrente, un piso por debajo de donde ella se encuentra. Divisa la silueta de una señora madura que riega sus plantas con su manguera mientras un par de niños juguetean con su pequeño perro de raza beagle. En un rincón algo más apartado de la mujer y los dos niños, dos mujeres jóvenes recostadas en unas tumbonas se hacen carantoñas de enamoradas. Esa imagen le trae a su memoria el recuerdo de hacía un par de semanas, lo cual la entristece, apareciendo un mohín en su rostro. Ese recuerdo de ella y de su joven amiga Carmen, las dos juntas, que rozaban sus dedos mientras tomaban el sol en el ático de Madrid.

Enfrascada en esos pensamientos inesperados de un pasado reciente, revoloteando en el interior de su mente, con la voz de Freddie Mercury de compañía, se quedó adormecida apoyando su cabeza sobre el respaldo del sillón. Después de un rato, que le parecen solamente cinco minutos, entreabre lentamente los ojos y ve cómo un manto oscuro está comenzando a cubrir la ciudad. Mira el reloj de su muñeca, que marca casi las ocho de la tarde, lo cual hace que se estire en su asiento en un acto reflejo de extrañeza, a la vez que se hace preguntas a sí misma con una voz inaudible, simples murmullos para el cuello de la camisa. Sin esperar respuesta alguna.

—¿Qué habrá pasado? Jordi siempre suele ser puntual…, seguramente, algún percance en el trabajo. Pero ¿por qué no me ha llamado?

Se dispone a coger su teléfono móvil, que llevaba colgado con una cadena sobre su cuello, cuando a sus tímpanos llega el suave tamborileo del sonsonete de unas llaves introduciéndose en la hendidura de la cerradura. Pasan unos breves segundos antes de que la puerta se entornara del todo, que a Patricia le parecieron eternos. De pronto, entre las sombras del quicio de la puerta aparece la silueta de una persona, iluminada por la tenue luz del vestíbulo de entrada, con un abrigo Overcoat Polo Coat de un color azul oscuro sobre sus hombros, cubriendo su espigado cuerpo un sombrero Trekking negro descansa cabalmente acoplado sobre su cabeza, se apoya sobre un bastón que llevaba en su mano derecha. La espectral figura le perturba.

Al cerrar la puerta tras de sí, sus miradas se cruzan produciéndose un imprevisto sobresalto en ellos.

Ella, sentada en el sillón de la ventana, y él, de pie en la entrada. No eran más que dos extraños sorprendidos, por lo menos para ella, él no puede decir lo mismo.

—¡Mierda! —susurra en voz baja.

Reprochándose en silencio para sí mismo lo inoportuno del momento. Aunque sabía que hoy la iba a ver.

«Debería haberme avisado el conserje de que había alguien…, tendría que haber llegado más tarde. Pero no esperaba encontrarla a ella, allí sola, a esta hora. Creía que ya estaría Jorge Javier».

Él se queda, durante unos segundos, parado en la entrada, inmóvil, mirándola sorprendido no por quién era, ya que conocía todo de ella, o casi todo, sino más bien de que estuviese allí sola. Son segundos de confusión, vacilación, esos segundos que a veces surgen en la vida, como la barrera de un paso a nivel que empieza a bajar cuando te dispones a cruzar y te surge la duda de seguir o retroceder un paso atrás para ver pasar el tren, y tratas de identificar los rostros que se perfilan tras las ventanillas como si fueses a identificar alguno de ellos.

Sorpresa, indecisión.

La barrera de la indecisión se interpone entre ellos durante unos instantes. Él duda unos segundos sin saber qué hacer. Segundos en los que en su conciencia su otro yo le decía:

«Pero si ya estás dentro, no vas a salir corriendo…, tendrás que fastidiarte y hacer de cicerone tú mismo. No te queda otra, amigo mío, de esta suerte son las cosas. Justamente por todo eso que sabes, tienes que hacer de tripas corazón, y preséntate educadamente».

Patricia, sentada en el sillón con su cabeza girada hacia la entrada, no repuesta aún del sobresalto, perpleja y en alerta, de ver a esa extraña persona de pie en el vestíbulo obstruyendo con su cuerpo la salida, observa cómo ese desconocido comienza a caminar hacia ella en silencio.

Camina con alguna dificultad, en su cara se refleja el perfil de una mueca de un cierto disgusto al descubrir la figura de Patricia sentada en el sillón de la ventana. Su sillón, el rincón donde él intenta detener el tiempo.

Mientras él se encamina con cansina parsimonia hacia donde ella se encuentra, observa sin disimulo alguno su figura, ahí sentada, que presupone se siente incómoda ante su inesperada presencia, intuyendo esa incomodidad en sus ojos. En una fracción de segundo se percata de que ha metido el cuezo, que acaba de interrumpir de súbito en su intimidad, lo cual sabe que le fastidia, ya que la conoce bastante bien. Aunque apenas había cruzado unas palabras con ella, por teléfono, sin que ella supiese que se trataba de él.

—¿Quién es usted?

—Brando…, Brando Cameron.

—¿Qué hace aquí? ¿Qué quiere?

—Vivo aquí.

—¡¿Cómo…?! ¡¿Que… vive aquí?! —exclama ella poniéndose de repente en pie como si el resorte del muelle del sillón se soltase lanzándola hacia arriba, haciendo que la pequeña mesa baja, sobre la que reposa ordenado el juego de té, salga despedida por el aire, consiguiendo que dé un par de piruetas helicoidales antes de estrellarse contra el suelo, rompiéndose en el acto en una docena de pedazos a sus pies descalzos y esparciendo el poco líquido que en ella habitaba.

—Que vivo aquí…, bueno, realmente…

—Debe de tratarse de un error, una confusión, señor…

—Brando Cameron.

—Eso, señor Cameron.

—¿Confusión, dice, señorita Carbonell? No, no lo creo.

Ella, al oír pronunciar su nombre, siente una fuerte opresión en su pecho, notando como si el aire no le llegase a sus pulmones. Sin saber muy bien qué hacer, ni qué decir, dirige su mirada inquieta, distraída y medio perdida, hacia donde había dejado su abrigo y su bolso. Al ver sus botines, se da cuenta de que va descalza.

Comienza a balbucear palabras, sin saber muy bien lo que quiere decir.

—Perooo… ¿esta no es la vivienda de Jorge Javier Suárez?

El silencio de la sonrisa que se dibuja en el rostro de Brando revolotea como una mariposa sobre el cristal de la ventana.

—Hace un año esta era su vivienda…, él mismo me ha dado una llave. Todas estas cosas son suyas, de Jorge Javier. Yo las conozco. Yo, ya había estado aquí…, creo…, perdón, entonces, me habré equivocado. Ahora mismo me voy      —dice ella poniéndose en movimiento sin esperar las respuestas a las preguntas que acaba de soltar.

—No, no, por favor —contesta Brando levantando los brazos—. Tranquila, señorita Carbonell. No se asuste, no se ha equivocado usted. Por supuesto que esta es realmente la vivienda del señor Jorge Javier Suárez.

—No sabía que Jorge viviese con alguien. ¿Cómo sabe mi nombre?

—Bueno… Si usted me da, o mejor dicho, me deja unos minutos de su preciado tiempo, yo le explico.

Brando se desprende sin premura de su abrigo, dejándolo doblado sobre el respaldo de una de las sillas Le Corbusier, que se encuentra a su lado, frente a la chimenea de hierro fundido. Se despoja del sombrero Trekking negro que lleva alojado sobre su cabeza, colocándolo cuidadosamente sobre el abrigo.

Patricia mira con cierta intriga, dibujada en su rostro, como la figura de aquel hombre alto, con lentos movimientos de sus piernas y la ayuda de su bastón con empuñadura de nácar blanco, se va aproximando con parsimonia hacia ella, que está agachada, recogiendo los trozos de la taza que se había caído al levantarse. Va vestido totalmente de negro, pantalones Dokers y suéter de cuello alto, con un fular largo de cuadros grises y blancos que cuelga de su cuello. Los rasgos de su figura representan los de una persona de mediana edad, cuarenta y ocho o cincuenta y pocos años a lo sumo, aunque por su rostro no podría adivinar su verdadera edad. Tiene un rostro atemporal, como si el tiempo no hubiese pasado por él, sin arrugas en su piel que así lo indiquen.

No tiene cabello, su cabeza está completamente afeitada, brilla en la penumbra del salón; sus ojos ni pequeños ni demasiado grandes, más bien, algo sesgados, ligeramente achinados, se sienten protegidos por dos delgadas líneas de pelo sobre sus párpados que marcan sus cejas, así como una leve mata grisácea bien cuidada cubre su maxilar superior e inferior, bordeando su boca, que le da un cierto aire de distinción. Un porte de misterio.

Cuando él llega a la altura de ella, a dos escasos pasos, se detiene, mirándose fijamente en las pupilas de sus ojos. En su iris se refleja el asombro de sus rostros. Durante un par de segundos, en que el dibujante espolvorea con su pincel las sombras del tiempo, se retienen sus miradas. Ella admira, con descarado interés, aquellos hermosos y profundos ojos negros azabache, mientras él la está desnudando con su mirada. Patricia se percata de que aquel rostro le recordaba a alguien…, ¿pero a quién?…, aquella profunda mirada… ya la había visto antes.

Trata de que su mente le recuerde a quién pertenece en realidad, dónde la había visto anteriormente, o, al menos, cuándo había visto esa mirada por última vez. Piensa rápidamente. Está segura de que aquella mirada no se correspondía al rostro que tenía ante sí. Trata de encontrar en un rincón de su memoria a quién pertenece realmente.

Desviando sus miradas, él rompe el silencio.

—Siéntese, siéntese, por favor, señorita Carbonell —dice él apoyando su espalda en el borde de la ventana.

—¿Nos conocemos?

—Es posible…

—Pues no recuerdo haberle visto. Y normalmente suelo quedarme con las caras que veo por primera vez.

—No lo recuerda porque no lo puede recordar…

—¡¿Eso por qué?!

—Porque nunca ha surgido la oportunidad de que nos hayan presentado personalmente. Aunque yo sí la he visto a usted e incluso hemos hablado por teléfono.

—¿Dónde?, ¿cuándo?

—Hace tiempo. En otro lugar.

—Discúlpeme, señor Cameron. Le pareceré tonta, pero no lo recuerdo. No tengo ni la más mínima idea de cuándo ha sucedido.

—No se preocupe. Ya se acordará en cualquier momento, señorita Carbonell.

—Sí que me preocupa, ya que estoy en casa de mi amigo Jorge Javier ante un desconocido…, hablando con él, al que no recuerdo haber visto en mi vida, del que no sé nada y que parece que él sabe todo sobre mí.

—Mi nombre sí que lo sabe, se lo he dicho hace un momento. ¿Recuerda, señorita Carbonell?

—Insisto, refrésqueme la memoria. ¿Cuándo?

—Doctora Patricia Carbonell, es inútil que insista usted. Dejémoslo estar, ya se acordará.

—Perdóneme, pero debo insistir. Por lo que veo, usted me conoce bastante bien y yo no sé nada de usted.

—Señorita Carbonell, qué le parece si we satarted again.

—Usted mismo.

—Me llamo Brando Cameron y desde hace años…, media vida más bien, resido en esta ciudad de alegres locos.

—Encantada, señor Cameron…, pero tengo un problema, su nombre no me dice nada. No sé quién es, ni si realmente es quien dice ser.

—Señorita Carbonell, no se preocupe. No voy hacer nada raro, seguramente en breves instantes llegará nuestro amigo común, el señor Jorge Javier Suárez, él le podrá confirmar si soy quien digo ser e incluso le pondrá preguntar lo que quiera de mi persona. Ya que a mí me resulta muy embarazoso hablar de mí mismo. ¿Estamos de acuerdo, señorita Carbonell?

—Si, como dice, es amigo de Jorge Javier, que es también el mío desde hace treinta años al menos, preferiría que me llamase Patricia…, si no tiene inconveniente.

—Bien…, Patricia, pues entonces tú llámame Brando.

—Perfecto, de acuerdo. Lo de señor y señorita es demasiado pomposo. Demasiado prosaico.

—Así nos será más fácil, más cercano…, sin tanta parafernalia cortesana por medio. ¿No te parece?

—Si tú lo dices…, pero a veces esa cortesana parafernalia te hace ser discreta a la vez que educada. Una forma de marcar las distancias precisas a las que hay que ajustarse.

—Lo lamento, me temo que soy un pésimo e inútil anfitrión, a helpless dancer.

Brando acomoda su espalda apoyándola en el marco de la ventana, y ataja con un movimiento brusco de su mano derecha hacia la empuñadura del bastón las protestas que Patricia empieza a pronunciar. Ella se calla sin apartar la mirada de Brando.

Mientras le observa, piensa que aquel hombre que tiene frente a ella se expresa en un inglés que pretende inútilmente que suene como si fuese un personaje de Manhattan de una película de De Niro.

Oh, no, my god, you´re a delicions hosts.

Brando se siente incómodo ante la presencia de ella, es una de esas veces que no sabe cómo comenzar la conversación. Patricia, a la que acaba de conocer personalmente, le pone algo nervioso, inquieto, quizás se deba a que conoce todo o casi todo de ella, ya que el amigo de ambos, Jorge Javier, le ha hablado de ella, contándole quién era y alguno de sus secretos. Teme decir algo que acarre problemas a su amigo,  y no quiere hacerlo.

Cameron siempre ha considerado el silencio como un arma eficaz para evitar molestias. Sobre todo cuando evitas con el silencio las cosas que no quieres recordar o incluso las palabras que te traen recuerdos de un pasado, como es el caso. Por ello en este momento prefiere callar para no tener que recordar. Mientras piensa en las palabras que quiere o tiene que decir, su mente le recuerda el pensamiento budista, que había leído hacía tiempo en la entrada de un templo Saholin que reza: «Cuando hables procura que tus palabras sean mejores que el silencio. Tu silencio».

Así que decide comenzar por hacer preguntas banales, cotidianas y sin demasiado interés.

—Así que te ha invitado nuestro amigo, Jorge Javier.

—No y sí exactamente.

—¿Cómo es eso?

—Este viaje ya estaba programado desde hace tiempo. Lo que no tenía programado era estar sentada esta tarde aquí, esperando.

—¿Cuándo has llegado?

—Esta mañana de madrugada. Cuando llegué al aeropuerto JFK, un mensaje de Jorge Javier me estaba esperando, citándome a las siete de la tarde aquí, en su casa.

—Pues, por lo visto, se retrasa, o tú te has adelantado.

—Más bien las dos cosas.

—Resides en España, ¿no?

—Sí, en Madrid. Solo estoy de paso.

—¿De vacaciones?

—No exactamente…, digamos que… motivos personales y profesionales, a la vez que algo de turismo.

—Eso está bien. Un viaje, lo que se dice very thrifty. ¿Eres amiga amiga de Jorge Javier o simplemente una colega?

—¿A qué viene esa pregunta? ¿Acaso no lo sabes?

—Sí, por supuesto, pero me gustaría conocer tu opinión acerca de cómo calificas vuestra relación.

—Yo creo que amiga amiga de verdad…, aunque hay veces que no sé lo que soy para Jorge Javier, si amiga amiga o una simple amiga de pasar el tiempo…

—¿Tú qué crees que eres, entonces?

—Esto tendrás que preguntárselo a Jorge Javier. ¿Y tú qué eres, amigo, colega o compañero de juergas?

—Depende del significado que quieras darles a esas palabras. Unas veces amigo, otras, colega, depende del día. Lo que no somos es compañeros de juergas, lo fuimos en un tiempo pasado, pero ahora ya no tenemos el cuerpo ni la edad para batallas desenfrenadas, si acaso alguna escaramuza en una tarde de primavera.

—No tengo por qué darles algún significado distinto, solo el original que todos entendemos con esas palabras.

—Compañero de juergas, como he dicho, lo fuimos en otro tiempo lejano. Colegas de trabajo, no… Aunque de vez en cuando he colaborado dando mi humilde punto de vista, en alguno de sus trabajos. Soy psiquiatra…, loquero en una ciudad de locos.

—Por lo que me estás diciendo, deduzco que os conocéis desde hace tiempo. ¿Desde cuándo? ¿Os conocisteis en España o aquí en Nueva York?

—No creo que tenga importancia el lugar donde nos encontramos por primera vez, ni cómo nos conocimos. La realidad es más simple: nos conocemos desde hace mucho tiempo, desde…, en Nueva York —contesta Brando ocultando la verdad—. Somos dos pobres hombres deambulando en el bosque de una sociedad apática, apresurada y engreída.

—Entonces amigo.

—Depende de lo que tú entiendas por amigo

—Lo que todos entendemos por amigo amigo. ¿Qué entiendes tú por amistad?

—¿Me preguntas lo que yo entiendo por amistad?

—Sí, qué significa para ti la palabra amistad.

—La amistad, una realidad terrenal más noble.

—¡Vaya, hombre! Para ti la amistad es una metáfora.

—La vida es toda ella una metáfora.

—Simple filosofía callejera…

—Tú crees que solo se trata de filosofía, la cual se puede encontrar o comprar en un puesto de mercadillo.

—Más o menos.

—Estás equivocada.

—Puede ser…, pero no creo que vaya demasiado desencaminada mi afirmación.

—La historia nos ha dejado escritas bellas páginas, en forma de leyendas o anécdotas, sobre este tema, que seguramente conocerás.

—Metáforas, leyendas o anécdotas es lo mismo.

Una leve sonrisa se dibuja en los labios escondidos bajo el pelo corto que Brando lleva con porte sobre sus maxilares superior e inferior. Comienza a explicar:

—Aristóteles nos ha dejado una definición exacta de la «amistad». Dice que «es un alma en dos cuerpos».

—No recuerdo ningún pasaje de Aristóteles que hablase de la amistad en esos términos.

—Una de las primeras historias o leyendas es la de Aquiles y Patroclo:

«Según nos cuenta Homero al comienzo de la Ilíada, Aquiles, herido en su honor por haber tenido que entregar a su esclava Briseida al jefe de la expedición griega, Agamenón, se retira a sus naves y ya no desea combatir más. En ese momento es cuando su madre Tetis se acerca a Zeus, padre de dioses y hombres, para implorar que la balanza de la guerra se incline de parte de los troyanos, para que de esa forma comprendan los aqueos el ultraje que han infligido a su hijo. Zeus se aviene a cumplir los deseos de Tetis. Los troyanos salen de sus murallas al darse cuenta de que entre sus combatientes falta Aquiles, estos llegan ante sus naves varadas en la playa estando a punto de prender fuego a todas ellas. Se forma una embajada de los jefes griegos ante Aquiles para que reconsidere su postura y regrese a las filas del bando griego. Pero ni las súplicas encarecidas de estos, ni las promesas de oro y otros bienes, ni el restablecimiento de Briseida hacen efecto en Aquiles. No obstante, permite a su amigo Patroclo que acuda al campo de batalla con sus propias armas. Estando en el campo de batalla, Patroclo muere a manos de Héctor, quien lo confunde con el propio Aquiles. Sera la visión de su amigo Patroclo yerto la que provoque su regreso a la guerra con el único deseo de vengarlo matando a quien lo asesinó, Héctor. Con su incorporación al bando griego no pretende ganar la guerra, ni tan siquiera ser reconocido como un gran héroe, como era su intención inicial, sino simplemente vengar al amigo muerto…».

—Recuerdo que en el Antiguo Testamento se nos narra una preciosa historia de amistad entre David y Jonathan, el hijo del rey Saúl, que dice…

—Gracias, no hace falta que me la cuentes. La conozco.

—Esa es la clase de amistad que me une a Jorge Javier.

—¡Vaya!, entonces ese… digamos sentimiento es algo más que una simple amistad de viejos colegas.

—Eso lo dejo a tu libre interpretación.

Patricia esboza una sonrisa nerviosa, y empieza así a sobreponerse de la impresión que le causó la presencia de este misterioso personaje, que dice llamarse Brando Cameron, al cruzar el umbral de la vivienda.

Mientras Brando está con el relato de su metáfora, por unos segundos su memoria le traslada a un pasaje del pasado. El recuerdo del lugar donde había visto aquella mirada anteriormente, y a quién pertenecía.

Pero, al mismo tiempo que esos recuerdos iban llegando, son rechazados por su conciencia ya que la persona a quien se la había visto por primera vez hace años que había fallecido a consecuencia de un desgraciado y lamentable incidente. Precisamente aquí, en esta misma ciudad, a raíz del monstruoso atentado de las Torres Gemelas, según la lista que publicó The New York Times, como lo que le había comentado el propio Jordi…, como se llamaba…, Casef…, Anthony Casefonty.

Mientras observa aquel misterioso personaje que tiene frente a ella, su mente de psiquiatra forense le estaba facilitando un perfil.

Un hombre como él, que parece educado, culto, inteligente, observador, minucioso, seguro que era profesor de universidad.

Con esa naturaleza adecuada en el tiempo que tiene un hombre inteligente, mundano, con aire de despistado, que controla lo que le rodea fingiendo que no lo hace con ese punto de exquisita educación como para no salirse de los parámetros sociales, pero dando la impresión de que siempre anda con el paso cambiado. Que te induce a tener que prestarle atención, tentándote con el sereno sonido de su voz, y que en un repentino impulso, te excita a tener que ir tras él. Su oscura mirada esconde un fuerte remordimiento, de amargura, desconfianza, rencor, de dolor, haciéndole sufrir por ello…, algo de su pasado, o de su presente, le hace sufrir el doble que a los demás. Quizás algo de su infancia.

—No pareces neoyorquino. ¿De dónde eres? —pregunta ella desligándose de los recuerdos de esa mirada y del psicoanálisis.

—No, ¿por qué?, ¿tanto se nota?

—Un poco. Tu entonación no es muy neoyorquina que digamos. Aunque tampoco soy una experta fonética.

—¿De dónde crees que soy?

—No sé decirte. Estados Unidos es muy grande y yo solo conozco esta ciudad y poco más: Los Ángeles, Miami y Washington. Pero estadounidense sí que eres, aunque no sabría decirte de qué estado. ¿De dónde eres realmente?

—Te equivocas, pues no soy estadounidense.

—¡Ah, no! Entonces, ¿qué eres inglés?, ¿irlandés, tal vez?

—No, tampoco. No soy ni un estirado inglés, ni un desarraigado irlandés… Soy australiano.

—Jamás me lo hubiese imaginado. No tienes pinta de…

—¿Cómo somos los australianos?

—Pues…, como te diría…

—¿Conoces a muchos?

—No, qué va. Eres el primero que conozco. Aunque tengo entendido que los australianos son de tez castaña u oscura, sin llegar a ser negros, y de cabello rizado.

—Pues ya ves —dice Brandon colocando los dedos de su mano izquierda sobre su cabeza y deslizándola por ella, libre de cualquier señal capilar. Un tic del pasado.

—Evidentemente, por eso, en concreto, es seguro que no —contesta Patricia con una amplia sonrisa.

—En cuanto a lo del tono de mi tez…, será porque mis antepasados provenían del continente europeo.

—Será por eso. ¿Llevas mucho tiempo en América?

—Sí, casi media vida. Vine a estudiar a esta ciudad y, como puedes ver, en ella me he quedado. Me atrapó su desordenado encanto.

—Entonces ya eres más americano que australiano.

—No, no. No lo creo…, no del todo, al menos eso espero. Más bien, neoyorquino, un neoyorquino convencido y orgulloso de serlo, más que un americano auténtico. Aborrezco, en parte, a los americanos por su egoísmo, su moralina banal y perversa, su vida llena de complejos, su afán de justicieros. Son cansinos, poco tolerantes, demasiado egocéntricos para mi gusto. Aunque admiro al americano que lucha por avanzar sin mirar hacia atrás, pero teniendo presente su pasado. Lo que no deja de ser una virtud.

—Y lo es. Ya que suele ser ese espejo en el que vuelves a mirarte cuando el reflejo del presente está empañado.

—Para mí, el pasado solo es eso, pasado, y carece de interés, ya que se ha ido dejándonos el presente y la ilusión del futuro, que es bastante más interesante.

—¿A qué te dedicas?, ¿profesor de Universidad, quizás?

—Tengo una consulta privada de psiquiatría en Upper East Side. Lo que para vosotros, los del viejo continente, llamáis coloquialmente shrink… Soy, un loquero de celebrities.

—Creo que los europeos no pensamos eso de los…

—¡Ah, no! Yo creo que sí.

—Lo que ocurre es que nosotros no acudimos a vosotros con tanta asiduidad como ocurre en este país. Utilizamos otras terapias, no somos demasiado amigos de contar nuestras intimidades a extraños.

—No soy de la misma opinión…

Brandon frena sus cuerdas vocales siseando la última palabra pronunciada, silenciando el resto de sus palabras al escuchar el característico sonido de la puerta al abrirse. En su vestíbulo aparece la figura alargada del legítimo propietario del loft, Jorge Javier Suárez, J. J., o Jordi, en la intimidad de Patricia y Brando. Se le ve un tanto encorvado, seguramente debido al cansancio del día que está finalizando. Su rostro se ilumina con una amplia sonrisa al descubrir su mirada el cuadro que está enmarcando el ventanal de su amplio loft, sus dos mejores amigos, Patricia y Brando. Por fin juntos.

 —¡Vaya!, ¡por fin! Don importante se digna aparecer por la puerta…, ya iba siendo hora de que tu máscara nos honrara con su presencia —dice Patricia con cierta ironía.

La voz con sordina que escucha Jorge Javier le indica un cierto grado de disgusto en el ánimo de su amiga Paty. Lo que le agrada, lanzándole una leve sonrisa como respuesta, mientras comienza a dar los primeros pasos hacia el armario-vestidor que se halla tras un gran cristal negro de 2×2 en el que están impresos los bordes del «Word Trance Center con las Torres Gemelas», sobre el que hay xerografiada a sus pies una frase con letra gótica:

We are displays memory, are the quimerico museum’s fickle ways, which pile of broken mirrors («Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos»).

Desliza suavemente el cristal para despojarse de sus prendas, sin dejar de mirar el ventanal que encuadra las figuras recortadas de sus amigos, añadiendo un puñado de silencio a sus movimientos. Quería disfrutar del juego que formaban sus cuerpos con leves movimientos, tratando de cargar en el disco de su memoria, cansada, cada uno de los rasgos de ese momento.

Hacía casi un año, el tiempo más prolongado en verse, que no quedaba con Patricia. Con su cabeza ladeada hacia donde ellos se encuentran, puede admirar el lóbulo desnudo de su oreja derecha, que entra y sale a través de su melena rubia con cada movimiento. Las cejas, depiladas, cuya línea inclinada bien puede dibujar una fila alineada de puntos suspensivos; los ojos, grandes, verdes oscuros, que parecen dos olivas, con sus infinitas pupilas dilatadas por el cansancio mirándole; sus labios, hinchados, cuya comisura marca la línea de su maxilar inferior, supone que de tanto beso perdido. Sus pómulos suaves invitan ser acariciados suavemente con la yema de sus dedos; la barbilla, al límite de un rostro sin límites definidos. Todo ello envuelto en una piel de color caramelo, de sedoso tacto…

Jorge Javier se endereza después de terminar y calzarse sus mocasines, con estudiada parsimonia; mientras empieza a caminar diciendo:

—Buenas noches, queridas. Por lo visto, ya os habéis presentado. ¿Qué tal?

—¿Eso es todo lo que se te ocurre decir, mariconazo?

—Paty, veo que sigues como siempre. No has cambiado, una gruñona cascarrabias. Déjame que te abrace.

—Con ese abrazo tuyo de tierno osito de peluche.

Los dos se funden en un abrazo besándose en la boca sin pasión, pero con sincera amistad, mientras Brando los contempla de soslayo sin decir nada.

—¿Qué tal la vieja ciudad de Europa?

—Sigue siendo más vieja y más culta.

—Es lo que tiene la vejez. Que con el tiempo te vuelves más culto y más sabio. Tú, sin embargo, estás más joven y más guapa. Se nota que la vida te trata bien o que el amor te ha hecho rejuvenecer.

—Pues tú estás más viejo. Así que ya sabes, enamórate.

—No tengo tiempo.

—¿Y ganas?

—Dejo que el océano del tiempo me las traiga a la arena de mi playa en una de sus espumosas olas.

—Nueva York te ha hecho todo un romántico.

—Nueva York me da todo, menos romanticismo.

—Será porque no lo buscas.

Se separan con una amplia sonrisa dibujada en sus perfilados rostros mientras ella se acomoda en el sofá y Jorge Javier saluda a Brando con un beso en su mejilla.

—Por lo visto, ya os habéis puesto cómodos.

—No gracias a tu amable hospitalidad.

—De eso se trataba. ¿No crees?

—¡Ah!, ¿pero además ha sido premeditado?…

—Yo no diría eso. Pero sí que lo llegué a pensar.

—Seguro, conociéndote como te conocemos, que has estado esperando el momento oportuno, tomándote uno de tus escoceses en el Excélsior.

—Al parecer, todo esto te divierte —objeta Brando en un tono acusador.

—Yo no diría tanto.

—Brando, ante nosotros la modestia personificada.

—No es eso, tengo que reconocer que mi trabajo a veces, últimamente más de las que quisiera, me provoca una pérdida de la realidad del tiempo.

—Disculpas triviales de un oriundo en la ciudad donde el tiempo no tiene una realidad definida, ya que esa realidad es el tiempo mismo —dice Brando.

—Sí, exacto. Buena definición. Cada segundo de ese tiempo es una inesperada realidad.

—En lo inesperado es donde más se aprende. Hace que te mantengas despierto y alerta en el poliedro del espacio. Por eso esta ciudad vive cada segundo como si fuese toda una vida, convirtiéndote en un inmortal en su tiempo.

—Vaya, esto me lo dice el que es dueño de su realidad y de su tiempo, ¿no?

—Pues sí, el mismo.

—El último templario, custodio del Santo Grial.

—Yo solo custodio la realidad de mi tiempo. Algo que tú nunca has sabido hacer ya que solo te has interesado por la realidad de la muerte, en la que andas metido día y noche.

—De la muerte no… Solo la realidad de los muertos.

Patricia asiste sorprendida, en silencio, a la gran complicidad que hay entre los dos hombres. Lo que le indica que entre ellos hay algo más que una simple amistad de años. Lo que engendra cierta perplejidad, que aparca en un rincón de su conciencia diciendo:

—Vaya, vaya. Dos oriundos filósofos en Nueva York.

Dear friend, in New York, all are natives.

—Patricia, because deveins know that this is the city where only the self is the owner herself.

—Todo esto me parece muy bien, señores. ¿Pero vamos a pasarnos toda la noche a ver quién es el más ingenioso? Porque yo tengo hambre, sabéis…

Estoy con un simple sándwich de jamón prefabricado y un puñetero vaso de Coca-Cola, así que, si vamos a seguir más tiempo, voy a terminar por comeros a vosotros por los pies.

—No creo que te gustase.

—Aliviaría mi apetito.

—No conocía ese pronunciado fetichismo por los pies. ¿Desde cuándo?

—De vez en cuando hay que probar cosas nuevas.

—La parafilia es una de ellas.

—La parafilia en general está entre mis fijaciones eróticas. Tengo varias. ¿Verdad, Jorge Javier?

—¿Quieres ir algún sitio en especial?

—Me da igual, con tal que nos den de cenar.

—Hoy sus deseos son órdenes, madame.

—Mientras cenamos me tenéis que contar cómo os habéis conocido vosotros dos y qué es lo que hacéis juntos.

Ella se pone en pie pasando entre los dos hombres mientras estos miran como ella contonea sus caderas con una gracia premeditada. Una sonrisa se dibuja en el rostro de ellos mientras se miran de soslayo.

—¿Tienes preferencia por algo en especial? —le pregunta Jorge Javier.

—No. Sorpréndeme.

—Entonces, al Isabella’s. Podemos ir caminando esta…

—¿Qué tienen?

—Tienen buena carne, excelentes postres y algo que a ti te gusta, una carta de vinos muy buena, digna de ser catada.

—Excelente. A qué esperamos.

Los tres salen del edificio pertrechados en sus abrigos y sus manos guarecidas del frío neoyorquino bajo unos guantes de cuero negro. Patricia se coloca en medio de los dos hombres, colgándose de sus brazos, diciéndoles:

—Os recuerdo que tendréis que llevarme al hotel.

—¿Te espera alguien? —pregunta su nuevo amigo.

—Sí, la cama.

—Si la cama hablara, qué nos diría.

—La del hotel no lo sé, no he tenido tiempo de preguntarle. La mía, es muda. Y a la cama de Jorge Javier tendríamos que mandarle callar, pues empezaría y no pararía de hablar…, porque tiene tanto que contar.

—Es que mi cama es muy educada. Siempre responde a lo que se le pregunta.

—Pero nunca cuenta la verdad —comenta Brando.

—¿Y qué es la verdad? —pregunta Patricia.

—La propiedad que tiene un ente o una persona de mantenerse siempre en la misma respuesta, sin mutación alguna.

—Entonces tu cama nunca se mantiene igual. Siempre ha estado mutando…, o quizás el que mude seas tú, querido Jorge Javier.

Los tres ríen abiertamente, ante la doble intención de la ocurrente respuesta de la doctora Patricia Carbonell entrando en Isabella’s.

CONTINUARA.

 

Pippo Bunorrotri.

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