LA BAUTA DEL ZENDALE

                                  CAPÍTULO VII

 

«Lo esperado no sucede, es lo inesperado lo que acontece».

Eurípides de Salamina

 

El  reloj de la Puerta del Sol marca las doce de la noche, el final de un día y el principio de la noche del siguiente. Los noctámbulos ultiman los planes de una noche, que los han de llevar al amanecer. Hace calor para ser una noche de principios de junio, el ambiente está cargado, el olor de la basura de dos semanas sin recoger, por culpa de la huelga de los servicios de limpieza, mezclado con los gases de los vehículos, lo hace irrespirable. La gente sale de los cines y de los teatros de Gran Vía, tapándose la nariz mientras tratan de perderse, apurando el paso, unos en los aparcamientos subterráneos y otros entre las callejuelas del barrio de Chueca, donde la tolerancia es su santo y seña para recorrer sus estrechas calles, seguramente se dirigirán a la plaza de Chueca, o a la plaza Vázquez  de Mella, donde habrá algún espectáculo. Aunque Chueca en sí misma es todo un espectáculo de luz y de color en las noches de Madrid.

El comisario jefe Antón Freixa camina con paso firme y decidido, los surcos de la preocupación conforman las líneas de su rostro cansado. A su lado, una joven trata de seguirlo en silencio, es algo más alta que el comisario, delgada, con el pelo corto y de rostro ovalado, con ojos pequeños ocultos tras una gafas de pasta blanca, que realzan su tez morena, de piernas largas y cuerpo corto, vestida con unos pantalones vaqueros que marcan la forma de sus anchos y prietos muslos, seguramente conseguidos a base de horas de gimnasio, una camisa oscura bajo una cazadora de cuero marrón oculta sus anchos hombros y los pequeños, pero redondos, pechos que se remarcan bajo la camisa. Era la inspectora Serrano, su ayudante más fiel y una de las encargadas del último caso que esa misma mañana había caído sobre la mesa del comisario, sin que él lo quisiese.

Veinte minutos más tarde, los dos caminan, uno dos pasos por delante de la otra, con cierta pesadez por los pasillos del área de Prosectorado del Instituto Anatómico Forense. Conocen muy bien el lugar, por desgracia, lo visitan más a menudo de lo que ellos desearían. Llegados ante la puerta de su destino, esta se abre automáticamente.

Antón suspira profundamente antes de cruzar la puerta, la inspectora sube la cremallera de su cazadora por encima de sus pequeños y redondeados pechos. Los dos dan un par de pasos hacia el interior de la amplia sala, apenas iluminada por un par de lámparas sobre la mesa de acero que hace de escritorio, situada a su izquierda, ante la que está sentada en un taburete la figura encorvada de un hombre enfundado en su bata blanca, con sus gafas de pasta en la punta de la nariz.

—Buenas noches, doctor.

Las puertas se cierran tras las palabras del comisario.

Antón Freixa es consciente de que lo que acaba de decir  no es más que un simple formalismo de cortesía. El doctor Caniellas gira el taburete donde se encuentra sentado al oír la voz, que le es de sobra conocida. Los estaba esperando. Los mira fijamente, mientras piensa que esta noche tiene poco de buena.

Hace frío en la amplia sala de cuarenta metros cuadrados, pulcramente ordenada y limpia, en la penumbra de esta, en una de las mesas de acero que hay en el centro, se pueden identificar las líneas de un cuerpo cubierto con una gran tela blanca que cuelga por los laterales.

—Buenas noches, comisario.

—Podían ser mejores, doctor.

—Los he mandado llamar con urgencia, porque quiero mostrarles lo que he encontrado en el cuerpo de la señora Letizia Soto. Espero que me disculpes, Antón, por la hora tan intempestiva y por haber interrumpido alguno de tus actos sociales, pero, dada la relevancia de este caso, lo creí necesario.

—Déjate de caralladas, doctor. No creo que estemos ninguno de los dos para actos sociales en estos momentos. El único acto que he tenido hoy ha sido con el director, y no ha tenido nada de social. Más bien, todo lo contrario.

—Te creo. Yo también he tenido hace un par de horas, uno de esos actos sociales con nuestro querido director.

—Por lo visto, esta noche va camino de convertirse en una de esas noches inolvidables de nuestra vida.

—No creo que solo sea esta noche. Seguro que vamos a tener unas cuantas noches y días inolvidables por este caso.

—¿Qué es lo que tienes para nosotros?

—Comisario, por nuestra parte hemos terminado de examinar el cuerpo…

—¿Sabemos cómo murió?

El doctor Caniellas mira al comisario, reprochándole con su mirada su impaciencia. Antón se percata al instante de lo que significa esa mirada, entorna los ojos y suspira, preparándose para armarse de la poca paciencia de la que todavía es dueño en estos momentos.

Conoce muy bien a Caniellas, y el doctor también lo conoce muy bien a él. El comisario es conocedor de la meticulosidad y pulcritud del doctor, en cada uno de los detalles, cuando se dispone a exponer uno de los casos en los que ha intervenido.

Nada ni nadie lo apartarán de su objetivo.

—Estamos a la espera —continúa Caniellas, mientras camina hacia la mesa donde se encuentra el cuerpo cubierto— de los resultados de Histopatología, para dar por concluida la autopsia, aunque estoy convencido de que no arrojarán nada relevante sobre cómo ha muerto realmente esta mujer. Pues creo que lo tenemos claro tras examinar el cuerpo; y, por lo que sabemos y nos imaginamos después de ver algunas de las imágenes que tan amablemente nos han facilitado sus asesinos, ha tenido que ser una muerte horrorosa… ¿Sabemos si los de la científica han podido visionar el resto de las imágenes?

—Están en ello. No han podido avanzar mucho más allá de lo que ya hemos visto.

—Bueno, entonces yo estoy dispuesto a mostrarles el resultado de algunas de esas imágenes. Incluso, me atrevería a decir, de las que aún no hemos visto. Por eso te he mandado llamar.

El silencio recorre la fría sala, como un fantasma, haciendo con su sigiloso movimiento que la joven inspectora se estremezca.

El doctor Caniellas está levantando lentamente, con los tentáculos de sus pálidas manos enguantadas, la tela blanca, la retira del inerte cuerpo desnudo, dejándola caer suavemente sobre el pubis de la muerta. Reconocen el cuerpo que se encuentra tumbado boca arriba, sobre la pulcra y fría mesa de acero inoxidable, por desgracia ya lo habían visto por primera vez no hace ni diez horas sobre la cama de la habitación de un hotel, pero no de esta manera; si la primera vez les había impresionado, por todo lo que la rodeaba, esta segunda vez la rabia se encoge en su interior retorciéndoles el estómago.

El comisario, en el silencio de su mente, se hace preguntas sin respuesta de estupefacción que no sabe dónde encajan. Piezas de un misterioso puzle.

«¡¿Le han tatuado los misteriosos números que esta mañana han descubierto al jugar la partida de ajedrez?!».

«¿Qué significa todo esto? ¿Se trata de algún ritual? ¿Cómo lo han podido hacer sin que nadie se enterase?».

Se pregunta a sí mismo Antón Freixa.

—Todo esto que tenéis ante vuestros ojos, que esta mañana no he visto, ha aparecido al lavar el cuerpo                —comienza diciendo Caniellas—. La serie de números que vemos aquí, y que nos habían mostrado con la partida de ajedrez, empieza a tener un significado. ¿No crees?

El silencio se congela, las sonrisas son simples sombras en la oscuridad y las palabras mariposas fiambres de una inexplicable realidad.

—Hay cuarenta y cuatro series de números —continúa el doctor—, las mismas que sanguijuelas colocaron los misteriosos asesinos sobre el tronco de la víctima. Lo sé porque las conté, lo mismo que tú, Antón. Lo que quiere decir, con toda probabilidad, que la partida de ajedrez que hemos empezado a jugar esta mañana consta de cuarenta y cuatro movimientos antes del jaque mate definitivo.

—Está insinuando, doctor, que…

—Inspectora, no insinúo. Solo estoy realizando conjeturas, que pueden ser ciertas o no, que nos pueden ayudar a dar con la punta del ovillo de este extraño caso. Hay demasiados acertijos, demasiados puntos negros, que resolver si queremos hallar a los culpables… Es posible, y sigo con las conjeturas, que los movimientos de esa partida de ajedrez sean los mismos que los de alguna partida que anteriormente se haya jugado en algún campeonato de ajedrez, y que haya significado algo para la víctima, o para su esposo, Nicolás Beltrán… Esto último lo digo porque él juega al ajedrez.

—Y esto lo sabes…

—Como bien sabes, Antón, yo también juego al ajedrez. Y Nicolás Beltrán juega al ajedrez bastante bien, por cierto, puedo dar fe de ello, porque yo he jugado alguna que otra vez contra él. Es más, Nicolás Beltrán ha jugado o juega campeonatos de ajedrez, le gusta, y es un estudioso de este juego…

—Es una locura, ¿de cuántas partidas estamos hablando?, de cientos de miles… —dice una confusa inspectora.

—Habrá que decirles a los informáticos que investiguen a ver qué pueden averiguar. ¿Crees que esto es obra del marido? —le pregunta Antón.

—No lo creo, estoy seguro al noventa y nueve por ciento.

—¿Por qué?

—Primero, porque lo conozco y su carácter no encaja para nada con una acción de este tipo en otra persona y menos en su mujer…

—Las apariencias engañan…

—Y segundo —continúa el doctor—, porque estoy convencido de que esto es obra de alguien que tiene conocimientos precisos de medicina muy amplios. Puede que incluso ejerza de cirujano o haya ejercido. No lo digo por esto, ni por lo que hemos visto en la grabación…

—Puede que haya cambiado…

—No lo creo, con toda seguridad.

—¿De qué lo conoces?

—Es íntimo amigo de un buen amigo. Es más, mi esposa y la esposa de ese amigo son primas… Sí, ya sé, quieres saber quién es ese amigo.

El comisario Antón Freixa entorna sus rochetas cejas, mientras un amago de sonrisa se dibuja en su rostro.

—Puede que tú lo conozcas. Es abogado. No suele llevar este tipo de casos. Es el abogado Luis de la Mata, de Mata &  Asociados, su despacho lleva los asuntos de Nicolás Beltrán, desde siempre. Se conocen desde los tiempos de la universidad. ¿Es un problema?

—Por mi parte no hay problema alguno. Pero no estaría tan seguro por parte de la fiscalía. Hablaré con su señoría a ver qué opina ella. Será mejor que de momento no digas que lo conoces. Si no te preguntan, claro.

—Descuida. No creo que venga por aquí a preguntármelo.

—Él nunca lo preguntará en persona, lo hará algún pluma floja de los muchos que tiene por amiguetes.

—Don Pío Baroja decía: «Solo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez».

—Debía de conocer a algún miembro de la fiscalía.

—Antón, no nos equivoquemos, creo que esa partida de ajedrez que nos hemos visto forzados a jugar no es lo más importante, solo es una cortina de humo, una distracción. Y si estos números como pensamos encierran un mensaje, no creo que nos indiquen quién es el asesino, si acaso, como mucho, el motivo…

—¿Tienes alguna teoría sobre ellos? ¿Sabes su significado?

—Si me preguntas por los números, te diré que no tengo ni idea de lo que pueden significar, fechas, secuencias de tiempo, crucigramas numéricos, vete a saber lo que quieren decir con ellos esos siniestros personajes. Posiblemente, la interpretación de estos números se encuentre en las imágenes que hemos visto, y en las que no hemos visto… Ahora que lo pienso, puede que esto sea una especie de mensaje dirigido para él.

—¿Crees que él puede saber de qué partida se trata?

—Es más que posible.

—Es imperativo que hablemos con él. ¿Todavía no tenemos noticias de si se le ha localizado? Serrano.

—No, todavía no, señor.

—Recordáis que esta mañana dije que la habían embalsamado. Pues bien, creo que eso lo hicieron por una razón; para que la putrefacción del cadáver no oliese cuando empezase su descomposición después de noventa y dos horas, en la fase colicuativa. Seguramente, no esperaban que se encontrase el cadáver tan pronto. Lo curioso del caso es que hayan utilizado la técnica que empleaban los persas en la antigüedad, usando cera líquida sobre la que han aplicado  un tinte del color de la piel para darle una apariencia de realismo, que nos ha despistado en los primeros momentos de ver el cuerpo. Nunca había visto nada semejante, conozco la técnica de haberla leído en los libros.

»La realidad es que con dicha técnica no solo han ocultado este mapa de números que estáis viendo. ¿Veis esta línea bajo el vientre, donde termina la última fila de números?, es una cicatriz, muy reciente, producida por un láser. Lo que significa que a esta mujer le han practicado una operación recientemente, tan reciente como que se la han practicado hace poco más de veinticuatro horas, esto es, la noche de su muerte. La razón de dicha intervención, por decirlo de alguna manera, porque no creo que fuese voluntaria, ha sido  para extraerle su aparato reproductor, el útero, los ovarios, los óvulos, todo. Os puedo asegurar que quien ha llevado a cabo esta operación, por así decirlo, tiene amplísimos conocimientos de medicina y de cirugía. Lo que abre el abanico de las conjeturas.

Antón entrecierra los ojos, mientras un gesto de desconcierto se forma en su rostro, murmurando palabras ininteligibles, para dentro.

La inspectora Serrano lanza un leve gemido afónico por el terror, llevándose las manos al vientre.

—¿Es la causa de la muerte? —pregunta el comisario.

—No. Puedo asegurarte que, mientras le estaban realizando las dos intervenciones quirúrgicas, por decirlo de manera suave…, no pongan esa cara, esta no ha sido la única, también le han vaciado la cuenca de los ojos…

—¡Dios santo!, la han torturado —dice la inspectora—. Me estremezco solo de pensarlo.

—Os puedo asegurar que las dos intervenciones han sido realizadas con la extremada precisión y destreza del mejor cirujano.

»Aun con todo esto, no fueron la causa real de su muerte, ayudaron, pero no se debió a eso su fallecimiento, que debió de ser lento y doloroso…

»Murió, realmente, desangrada, aunque en el lugar de los hechos no hayamos encontrado ni una gota de su sangre, como tampoco la había en el interior de su cuerpo.

—¿Eso es posible?

—Lo es… En medicina todo es viable.

—¿Cómo?

—Un cuerpo humano de su peso y complexión suele tener entre cuatro y seis litros de sangre, en el de esta mujer apenas había medio litro. Lo que nos lleva a pensar que se la han extraído, lo digo por la punción que hemos encontrado en la arteria carótida, como podéis observar en este pequeño moretón del cuello… Al menos, la sangre que le hayan dejado las sanguijuelas que colocaron sobre su cuerpo, que sería más o menos el cincuenta por ciento, dado el número que colocaron. Como sabéis las sanguijuelas se alimentan de sangre succionándola, su saliva contiene anestésicos, antibióticos y anticoagulantes, con lo que se consigue mitigar el dolor que puedas sentir a la vez que sirve de vasodilatador. Lo que seguramente les sirvió para extraerle el resto de sangre.

»Posiblemente, todo esto que os estoy contando lo veamos con todo lujo de detalles, lo que confirmará mi teoría, en esa macabra película que han grabado los asesinos bastardos de este macabro ritual.

—¿Hay algo más que tengas que contarnos?

—¿Te parece poco?

—Doctor, ¿alguien más es conocedor de todos estos detalles que nos has mostrado?

—Mi ayudante, vosotros dos y yo. ¿Por qué?

—¿Puedes retrasar el informe por unos días?

—Poder como poder, puedo. Pero ya sabes que la fiscalía insistirá en que…

—Me gustaría darle algo más de tiempo a Pellicer para que encuentre algo que complemente o apoye tus conclusiones.

—Me parece bien, pero la autopsia dice lo que dice…

—No lo pongo en duda. Pero no quiero que la fiscalía, basándose en tus conclusiones, saque una teoría equivocada. Tengo la sensación de que para Cortázar el culpable es el esposo.

—Lo entiendo… Las conclusiones definitivas podríamos retrasarlas. Pero las preliminares, dada la relevancia del caso, no creo que pueda demorarlas más allá de cuarenta y ocho horas…

»Tú ya sabes cómo va esto, los de arriba no van a dejar de tocar las narices hora sí, hora no.

—Cuando las tengas, haz el favor de entregármelas a mí personalmente. Ni a la juez, ni al fiscal, ni al director. Diles que me las has entregado a mí. De momento cuantos menos conozcan los detalles, mejor.

—Puedes contar conmigo para lo que necesites, Antón. Sabes como yo que este caso es complicado, y toda ayuda…

—Lo sé, Caniellas… Serrano, vámonos a la oficina, tenemos mucho que hacer esta noche. Gracias, doctor, mantenme informado de los resultados de Histopatología.

El comisario jefe Antón Freixa y la inspector Serrano se dirigen a la puerta de salida cuando escuchan la voz del doctor Caniellas a su espalda.

—Ah, me olvidaba otra cosa importante que hemos encontrado.

—¿El qué, doctor?, ¿otro enigma?

—Sí, otro enigma. Si seguimos así este va a ser el caso de los jeroglíficos. Como os dije, le han sacado los ojos, pues bien, en la cavidad de su ojo derecho ha aparecido esta nota perfectamente enrollada con un extraño mensaje.

Caniellas se acerca a su mesa y de una de las bandejas coge una bolsita de plástico transparente. En su interior se encuentra una pequeña tira de papel en la que hay impresa la frase:

«EL JUEZ HA DICTADO SU VEREDICTO».

Debajo de la leyenda se halla un pequeño y raro dibujo, que consiste en un triángulo y, en su interior, un ojo. Parecido a uno de los símbolos o jeroglíficos que empleaban los egipcios en su escritura, en la antigüedad.

—¿Se te ocurre algún motivo que nos indique lo que significa? —pregunta Antón.

Solo obtiene el aleteo del silencio recorriendo la sala y la mirada perdida de asombro del doctor. Lleva casi tres décadas ejerciendo la profesión de forense y esta es la primera vez que siente el frío correr bajo su piel.

«Otro enigma más para resolver», piensa en silencio el comisario dando media vuelta cabizbajo, dirigiéndose hacia la salida.

El comisario jefe Antón Freixa, abatido y pensativo, sale de la sala de autopsias, precedido por la palidez de la inspectora Serrano. En su mente se está procesando el galimatías algorítmico de la información que posee de este caso, que cada vez se torna más enrevesado, para el que no encuentra una explicación lógica. Aunque cualquier asesinato carece de una lógica que lo justifique.

El fantasma de la noche ahora los envuelve bajo su capa, mientras sus mentes esperan que pase una estrella fugaz que les traiga algo de suerte en las próximas horas.

—Todo este caso me parece demasiado intrincado, ¿no cree, comisario? —se lamenta la inspectora Serrano.

—Yo ya no sé qué creer, Serrano.

—Espero que los de la científica tengan suerte y den con algo que nos indique la dirección que hemos de tomar.

—Inspectora Serrano, ¿sabe lo que significa esa palabra, suerte?…, «casualidad a que se fía  la resolución de algo». Y, en nuestro trabajo, Serrano, no creemos en las casualidades. Le recuerdo que la suerte es la manera como realizamos nuestro trabajo. Así que, al final, en la suerte todo es muy relativo.

 

CONTINUARA.

 

Pippo Bunorrotri.

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