SUSURROS DEL PASADO V

»Después de su interesado interrogatorio, con un chorreo de preguntas banales, cotidianas, más por cortesía que por un interés propio, me pidió permiso para contarme conscientemente, y de una forma fugaz pero precisa, la historia de su vida con Pascual hasta su inesperada desaparición, de su lado y sin haber llegado a conocer tan siguiera a su hijo Benjamín, antes de decirme el verdadero motivo de aquella entrevista.
»Pascual y ella se habían conocido a los dos meses de su regreso de Nueva York, hacía ya dos años y pico. Al cabo de un mes de haberse conocido, se fueron a vivir juntos y ocho meses después se casaron. En los juzgados de Valencia, por lo civil, ya que Pascual no estaba dispuesto a pasar por la iglesia, le producía una irritación desmesurada todo lo que se relacionaba con ella. Nunca había sabido muy bien el porqué, me confesó ella.
»Yo al contrario creía saber el porqué de su irritación, pero tampoco le confesé los motivos de su aversión».
»No era un hombre fácil para convivir con él, dijo, pero ella lo quería, no sabía decirme si con locura, pero lo quería, sin más. Nunca había habido nada extraño en su comportamiento, que ella notase, que sugiriera que él no la quisiera. La verdad es que era un hombre cuyos sentimientos se encontraban en su lado oscuro. Habían sido felices juntos; habían esperado con ilusión el nacimiento de Benjamín, o al menos eso pensaba ella. No había más tensión entre ellos que la que se pueda dar en otros matrimonios recientes. Un día de abril le dijo que se iba a pasar la tarde con su madre. Su madre estaba en Puzol, un pueblecito al lado de Valencia, donde se pasaba los meses de invierno, huyendo del crudo frío invernal de León, en una casita marinera que hacía unos años había heredado de una tía lejana, al lado de la playa. Desde ese día no volvió a verlo ni a saber nada de Pascual Fonseca.
»Yo sabía que Pascual tenía familia en Valencia, pues su abuelo el padre de su madre había nacido en Valencia, aunque por motivos de trabajo se había trasladado a León. Creo recordar que era un militar ferroviario. Pero, era desconocido para mí que mantuviese relación con sus familiares de esa región.
»Permanecí sentado en el sillón en silencio escuchando atentamente lo que Letizia estaba diciendo, no quería interrumpirla. Deseaba empaparme de todo lo que tenía que contarme acerca de la vida de mi amigo Pascual.
»Por la noche, después de las diez, continuó diciendo ella, viendo que no llegaba Pascual, y sin haber tenido noticias suyas desde que se había ido antes de comer, Letizia decidió llamar a su suegra, entonces se enteró de que Pascual no la había visitado esa tarde y que hacía días que no sabía nada de él. Nunca en el tiempo que llevaban viviendo juntos había ocurrido algo semejante, más bien lo contrario, cuando no trabajaba no salía apenas de casa, se pasaba el tiempo en la habitación que hacía las veces de despacho-sala de lectura, escribiendo o leyendo. Cuando salía, por lo habitual, solía volver siempre a su hora. Salvo una vez al mes, en que se reunía con unos conocidos, según le decía Pascual, ya que ella no los conocía, para cenar y tomarse unas copas o lo que se terciase, ese día no solía regresar a casa hasta bien entrada la madrugada…, así que Letizia decidió esperar a que él llegase y le diese explicaciones de su extraño comportamiento, por lo que no quiso alarmar a la familia. No quería ser una de esas esposas a las cuales les entra el pánico cada vez que su marido no se presenta a la hora a que la tiene acostumbrada, además había comprendido, viviendo a su lado, que Pascual necesitaba más libertad que la mayoría de los hombres que conocía o que había conocido. Incluso había decidido no preguntarle nada cuando regresara. Por la mañana, cuando se despertó, se encontró un escueto mensaje en su teléfono, era de Pascual, en el que decía: Estoy bien. Estaré un par de días fuera. Pero pasaron dos semanas, por lo que decidió acudir a la Guardia Civil. Como había esperado tanto tiempo, dos semanas, a notificarlo, parece ser que no se mostraron, digamos, excesivamente preocupados por su problema. “A menos que haya pruebas de que se ha cometido un delito, es poco lo que podemos hacer. Hay algunos maridos que se hartan del matrimonio, por lo que deciden abandonar a sus esposas todos los días, y la mayoría de ellos, cuando esto sucede, no desean que los encuentren”, le dijeron.
«Al parecer, La Guardia Civil hizo unas cuantas pesquisas rutinarias, no encontró nada. La propia Guardia Civil le sugirió que contratara a un detective privado para que tratase de dar con su paradero.
»Con la ayuda de la madre de Pascual, que se ofreció a pagar los gastos, contrató los servicios de un tal Pepe Pons, un detective, que le había recomendado una funcionaria de la policía, amiga suya. Pepe Pons trabajó tenazmente en el caso durante cinco u ocho semanas indagando el paradero de Pascual. Pero, al cabo de ese tiempo, un día se presento en casa diciéndole “ya que no quiero sacarle más dinero”, renunciando a continuar con el encargo de seguir buscando a su marido. Le dijo a Letizia que lo más probable era que el señor Pascual Fonseca ya no siguiera en el país, aunque que no podía asegurarle al cien por cien si estaba vivo o muerto. Pons, parece ser, no era un tipo para nada charlatán. Letizia lo encontró comprensivo, un hombre verdaderamente deseoso de ayudar. Cuando fue a verla aquel último día para informarle de su decisión, ella se dio cuenta de que era imposible discutir para disuadirlo de su opinión. “No se puede hacer nada cuando alguien ha decidido desaparecer”, le había dicho el detective. Aunque ella no estaba del todo de acuerdo con aquella aseveración de Pepe Pons, pues creía conocer a su marido…
»Mientras ella seguía hablando del detective…, mi conciencia me indicaba que aquella no era la manera de actuar de mi antiguo amigo, no creo que hubiese cambiado tanto en todos esos años. Si Pascual había decidido dejarla, no se habría marchado sin una palabra. No era su estilo el eludir la verdad, es posible que tardase en aceptar su derrota, por lo menos, yo no lo creo. No recordaba…, ni recuerdo, que Pafo tuviese esa actitud, el marcharse en silencio, por el mero hecho de evitarse un enfrentamiento desagradable, doloroso, con su esposa embarazada. Su desaparición, así sin más, sin llevarse nada, solo lo puesto, solo podía significar una cosa: Que le había ocurrido algo terrible.
»De todas las maneras, pese a todo lo extraño de la situación, Letizia seguía esperando que sucediera algo, una señal que le confirmase o negase los hechos. Había leído que había casos de amnesia, durante algún tiempo esta idea se apoderó de ella como la única posibilidad para dar respuesta a sus preguntas de desesperación. A menudo, incluso estando ya viviendo juntos, en sus largas noches de insomnio llenas de preguntas sin respuesta, se imaginaba a Pascual deambulando por algún lugar sin saber quién era, privado de su vida cotidiana, pero vivo de todas formas, quizá a punto de volver a ser él en cualquier momento. Pasaron los meses en la oscuridad de las preguntas sin respuestas. En noches de insomnio llenas de incertidumbre y pesar.
»El disgusto de su familia por la situación que estaba atravesando era una presión añadida a su estado. El final de su embarazo se estaba acercando; aproximadamente cuando apenas faltaban menos de dos meses para que naciera su hijo, lo que significaba que podía ocurrir en cualquier momento inesperado, hizo no que lo olvidara sino que aparcara de momento la búsqueda de su marido. La llegada del hijo de la pasión, de la felicidad y del amor que había habitado en su interior, entre ella y Pascual, era lo más importante. Poco a poco, lentamente, el niño que estaba a punto de llegar a su vida empezó a ocupar todos sus pensamientos, el recuerdo de su marido ya no tenía cabida ni sitio dentro de su corazón y su mente, el sitio de Pascual lo ocupaba esa criatura que estaba a punto de entrar por la puerta de su casa.
»Las palabras que utilizó para describir su sentimiento: “No tenía sitio dentro de ella”, se quedaron grabadas en mi interior.
«Luego dijo que probablemente eso significaba que a pesar de todo lo que sentía y había sentido por él, que había sido el amor de su vida hasta entonces, ese amor se había convertido de alguna manera en rabia, desencanto, desdén, enfado, incluso odio. Estaba enfadada con Pascual Fonseca, enfadada y cabreada con él por haberla abandonado, por haberla engañado, aunque probablemente no fuese todo culpa suya. Esta afirmación me pareció brutalmente honesta.
»Una mañana, dos días antes de que diese a luz a su hijo, continuó Letizia, se despertó al amanecer con el camisón empapado en sudor, después de una noche de pesadillas, remordimientos, por los recuerdos de lo vivido en esos casi tres años con Pascual, llena de interrogantes, de preguntas con vagas respuestas, que le dejaban más preguntas a las que no hallaba respuesta, sobre su futuro y el de su hijo. Entonces, en ese momento comprendió que Pascual Fonseca no volvería. Fue una verdad, una verdad repentina, absoluta, la VERDAD, con mayúsculas. En ese preciso momento se prometió a sí misma, en aquel mismo instante en que iba a conocer a su hijo, que nunca, nunca volvería a cuestionarse su pasado. Mientras su rostro se enguachinaba con sus lágrimas. Lloró con amargura y dolor, lloró lo que antes la esperanza no le dejo llorar, lloró con una rabia desesperada y siguió llorando una semana más, después de la llegada de su pequeño Ben.
»Llorando a Pascual como si realmente tuviese la certeza de que hubiera muerto. Cuando las lágrimas habían dejado de salir de sus ojos, una paz interior invadió su cuerpo, recorriéndolo de forma descendente para ir llenándolo poco a poco de manera ascendente de seguridad… “Lo extraña que es la convivencia entre dos personas, una puede compartir tantos momentos buenos y malos con un hombre, para que llegue un día y te des cuenta de que no sabes nada de él”, me dijo.
«Con el nacimiento de su hijo, descubrió que no tenía que lamentarse de nada de lo vivido hasta ese momento. Entonces, con esa satisfacción interior que sentía, repasando lentamente en su conciencia lo que le había dado a Pascual Fonseca durante unos años y lo que Fonseca le había dado a ella. Cómo se conocieron, cómo se enamoraron, sus confesiones, sus temores, sus besos, sus caricias, sus risas, sus palabras, sus amarguras, llegó a la conclusión, de que todo lo vivido con Pascual serían recuerdos, sus recuerdos, los cuales ya formaban parte de su pasado. Ahora debía pensar en el presente, su hijo, él era lo único que importaba realmente en su vida. Porque Benjamín representaba el presente y sería el futuro. En el que Fonseca ya no tenía cabida, es más, aunque la semilla de aquel niño fuese de Pascual, este no iba a tener el derecho de llamarlo hijo, ya que no se había ganado el derecho a serlo puesto que nunca lo sería. Ni su hijo sabría quién había sido su padre.
“Me apoderaré del destino, de mi destino, agarrándolo por el cuello y no lo soltaré hasta que este se postre ante mis pies rendido, abatido y vencido…”
–Me dijo con la rotundidad propia de una mujer que esta segura de si misma y herida en lo mas profundo de su ser.
»Sabía que esto sonaba bastante pomposo, pero el hecho era que continuó viviendo con esa sensación y ello le hacía posible vivir.
»Pocas veces, más bien nunca, había oído hablar así a alguien de los sentimientos más íntimos de una persona, de esos sentimientos que solo le pertenecen a uno mismo y que solo se comparten consigo mismo; los había descrito con esa crudeza que empleamos los humanos con nosotros mismos cuando estamos cara a cara frente a nuestra inmensa soledad, tan despiadadamente, con tanto desdén por las mojigaterías y estereotipos convencionales.
»Al recordar esto ahora, me doy cuenta de que, incluso desde aquel primer día, yo, Nicolás Beltrán, estaba cayendo en un oscuro y profundo pozo excavado en la tierra. Que me estaba resbalando hacia un lugar donde no había estado nunca antes…

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