SUSURROS DEL PRETERITO

“Para volverse a enamorar uno, ha de tener en cuenta dos cosas.

Una. Poner en orden tus recuerdos… para…

Dos. Estar convencido de que tu pasado… no es más que eso pasado.

Amar al otro es renunciar a poseer-lo, incluso muerto; renunciar a que vuelva, descubrir que sigue estando ahí, en un silencio que ya no nos causa pavor, en un desierto que se hace acogedor de lo más valioso que tenemos, lo esencial de lo que permanece cuando ya no se puede nada.”

Jean-Yves Le Loup

No consigo conciliar el sueño de manera prolongada, el cansancio de todos estos días ha sido vencido por los inesperados acontecimientos que han aparecido en ellos, llenándolos de interrogantes que hacen que me despierte sobresaltado, en cuanto intento dormirme. Miro la esfera fluorescente del despertador, son las cinco y cuarto de la madrugada y todavía no he conseguido dormir ni una hora seguida…, seguro que me quedare frito en cuanto tenga que levantarme… Malditas dudas, no podéis esperar hasta mañana.

Me preocupa no oír mi viejo despertador de cuando era universitario. Cuantos porrazos innecesarios se llevó. Recuerdo que Letizia lo había recuperado de casa de mis padres, la primera vez que estuvimos, las navidades de 2001. El mismo día que lo descubrió, Letizia, lo había llevado a la vieja relojería de la calle Rúa, Lorenzo, el relojero le dijo que no merecía la pena arreglarlo, ya que los resortes estaban a un tris de quebrarse, que no creía que fuese a durar mucho, pero, el relojero se equivocó, pues sus agujas han seguido marcando el lento devenir del tiempo.

Anoche, después del ajetreo de todo el día, de lágrimas sentidas, de palabras memorizadas y repetitivas, de apretones de manos y abrazos no deseados, pero, sentidos. Cuando me deje caer sobre la cama, lo hice confiando en que por la mañana el agudo chirrido de mi viejo despertador retumbara una vez más en mis oídos, ya que una cita importante me esperaba a primera hora, pues no tolero los atrasos, siempre me ha perseguido el don de la puntualidad, un don que es exquisitamente apreciado por mí. Solo de pensar que me voy a retrasar hace que comience a amagarme, en la oscuridad de la habitación. Pero, la confianza de anoche se ha vuelto una preocupación añadida, al caos de mi mente, que no permite que el cuerpo encuentre acomodo sobre la cama.

Son las seis de la mañana. Con el brazo izquierdo extendido trato de alcanzar con la mano, el reloj, mientras los dedos van adivinando donde se encuentran, cuando lo hallan, el dedo índice aprieta el desgastado botón, para que este no lance su desagradable berrido repetitivo, diciéndome a mi mismo.

“Me levantare. No deseo que este viejo artilugio contador del tiempo me sobresalte con sus bramidos, ya tengo bastantes sobresaltos, como para tener que oír uno más”.

Me levanto cansino y me meto debajo de la ducha dejando que el agua fría me despoje de las oscuras sombras que me han perseguido durante toda la noche. Desde el ventanal, observo como unas retorcidas nubes cubren el extenso cielo, parece que este día también quiere nacer gris, apagado, como queriendo romper a llorar, mientras la voz del improvisado meteorólogo de la radio está pronosticando:

»Brumas en las primeras horas de la mañana en la Comunidad Valenciana, para el resto del día nubes dispersas y altas con aumento de temperaturas según vaya avanzando la mañana, llegando a alcanzar los veinte ocho grados…«

 –Vaya un día de esos, en que aborreces tener que ponerte un traje. –le murmuro a mi sombra.

Lo que me hace recordar la cita que tengo esta mañana, ese recuerdo sacude con un fuerte latigazo la cicatriz de mi columna, recorriéndola de arriba abajo, haciendo que una mueca de dolor se refleje en mi rostro mientras me adentro en el vestidor con el fotograma del recuerdo en la mente. Una pena, no una pena cualquiera, sino, “La Pena” con mayúsculas, que se apodera de mí envolviéndome en un apretado ovillo circular, de agonía. Mis ojos se llenan de saladas lágrimas, me muerdo el labio inferior, intentando ahogar el sollozo, hundiéndolo en mi interior, produciéndome un nudo en la garganta que hace que mis pulmones se llenen de punzantes carámbanos de hielo. Con mis nebulosos ojos miro con tristeza los estantes del armario vestidor, llenos de cosas de Letizia. Mi mujer hasta ayer.

La culpa, el desaliento, la amargura, la desazón, la ignorancia, azotan con sus látigos mi cuerpo con furia marcándolo con dolor.

–¡Pobre Letizia! La he traicionado –digo con voz entrecortada.

»La culpa es mía. Como lo he podido hacer… Si por lo general el primer y último pensamiento del día, a lo largo de estos diez años, era para ella, guiándola y acompañándola. Como en el teatro de los guiñoles, ayudándola a sortear el meandro del olvido, mientras ella me animaba a ascender la montaña del perdón, de la angustia. Ahora me he quedado huérfano…, como voy a continuar…, ¿quién protegerá a sus hijos?…, mis hijos, de toda la gente que pulula por el desierto de la ciudad, sin los consejos de una madre«.

Salgo del vestidor aturdido por el aroma a Nomeolvides, (1) que desprende la ropa de Letizia. Me dirijo hacia la ventana, y, dejo que la mirada vidriosa que me acompaña se pierda entre el jardín. Mis pesares se detienen, en esta brumosa y susurrante mañana de junio, detengo el reloj de mi tiempo, mientras contemplo desde la ventana el patio ajardinado posterior, ese que una tarde de primavera plantamos los dos. Observo los naranjos tan florecidos, que parecen que han perdido sus hojas, como se están sacudiendo la húmeda nebulosa nocturna de sus flores, con el mismo gesto que lo hace Rufus, cuando se sacude el agua de su peludo cuerpo después del baño. El maduro árbol Jacaranda en el centro del jardín, se balancea libremente bajo el peso de centenares de pajarillos entre sus ramas, que están entonando la sintonía del despertar, disponiéndose a volar a su alegre libertad. Todo lo contrario de lo que me sucede a mí, que tendré que caminar hacia la despedida, el adiós definitivo, de quien ha iluminado mis oscuras noches. Se acerca la hora. La hora del adiós definitivo. Y no sé cómo hacerlo.

Cojo el sombreo negro de la repisa del vestidor, donde reposan mis sombreros, en el silencio de unas frías estanterías, esperando a que los saque de su invernal letargo. Lo miro antes de ajustármelo, sobre mi desconcertada cabeza, dejando el ala del sombrero ligeramente inclinada hacia la derecha, como a ella le gustaba colocármelo, para hacerme rabiar, ya que nunca me ha gustado que toquen mi sombrero o mi pelo, cuando lo he acomodado en la cabeza. Doy un último toque al nudo de la corbata, es una de esas corbatas malva con rallas negras, que solo me he puesto un par de veces, seguramente, ya esta pasada de moda, pero, decido ponérmela porque. Mientras me la coloco, a mi mente acude el recuerdo, ya olvidado, de que esta corbata había sido un regalo de Letizia, poniéndola ante mis ojos el día del padre, el primero que pasábamos como pareja, mientras estaba sentado en la sala de estar. Recuerdo que ella me había besado en la nuez de la garganta, mientras su mano cálida recorría mi mejilla, el sabor a naranja de su lengua deslizándose en el interior de mi boca, para después deslizarse en mi regazo, mientras la corbata colgaba de mi cuello, y yo mantenía los ojos cerrados disfrutando de sus caricias recorriendo mi rostro. El mero hecho de olerla, de imaginarla, de volver a verla en mi mente, queriendo retenerla para siempre en la sala de los pasos perdidos, me estremece.

Hoy todavía puedo hacerlo. Cerrar los ojos y verla una vez más. No obstante, últimamente, en estas horas transcurridas, unas manchas grisáceas desdibujan algunas partes de su rostro; el lóbulo de su oreja izquierda, sus pestañas, el contorno de su melena rubia sobre su frente, o cayendo sobre sus hombros desnudos…, todavía no ha transcurrido lo suficiente como para poderla oscurecer del todo… Tengo miedo, a que las agujas del reloj del tiempo, estén empezando a apartar su imagen de mí cerebro, destrozando en la neblina de mis recuerdos las imágenes que aun mantengo en la mente de ella. Intentando oscurecer esas imágenes en el recuerdo de mi memoria.

–Te echo de menos –murmuro ante el espejo.

 
CONTINUARA

7 Comments
  • beatrizmamba
    Posted at 22:31h, 17 enero

    Muy bueno pippo

  • Ana María Otero
    Posted at 10:26h, 18 enero

    Maravilloso

  • El Blog de Úrsula
    Posted at 17:35h, 18 enero

    Me ha emocionado!
    ?

  • Slictik
    Posted at 18:11h, 14 febrero

    Me gusta mucho la primera persona al narrar, hace que la historia sea más próxima, más íntima, que el lector se identifique con lo que se le cuenta, que sienta empatía, la lectura se convierte en mucho más que un entretenimiento, se transforma en la propia historia. Siempre que puedo utilizo la primera persona en mis narraciones, por eso muchos de mis títulos tienen que ver con el diario, diario de tal, diario de cual, no es que esté contando vivencias personales, en la mayoría de los casos no lo son, pero me siento muy cómodo con un narrador en primera persona, suele funcionar muy bien cuando se trata de historias íntimas, donde prima el sentimiento. No siempre es así. En algunas ocasiones he intentado contar una historia en primera persona y no funcionaba, necesitaba distanciamiento, objetividad. Un buen escritor sabe elegir al narrador de sus historias. La elección del narrador es fundamental, si no se hace bien la mejor de las historias puede naufragar, y si se hace bien puede sacar adelante historias que en sí mismas no parecían gran cosa. En algunas de mis historias he dado muchas vueltas hasta conseguir encontrar el mejor narrador posible. El narrador omnisciente tiene su lado positivo, pero también puede convertir una historia en inverosímil. Hay muchas clases de narradores, el narrador omnisciente, el narrador-testigo, la primera persona, la tercera persona, la crónica objetiva, en plan periodístico, la mezcla de algunas de ellas. En este caso está claro que el narrador debe utilizar la primera persona, se podría hacer el experimento de narrar lo mismo en tercera persona y no funcionaría igual. Cuando se trata de recuerdos, de sentimientos, de historias íntimas la primera persona es la mejor de las elecciones. Claro que tiene su dificultad porque en ella el autor arriesga más, no es sencillo narrar en primera persona, pero si te olvidas del lector, de lo que pensará o dejará de pensar, puede llegar a funcionar muy bien. A menudo el lector no avisado, no experimentado, considera la primera persona como una confesión del autor de que lo que está narrando son vivencias personajes, su propia biografía. Puede ser así o puede no serlo. En alguna ocasión algún lector ha comentado alguno de mis textos como si se tratara de una vivencia personal, cuando no lo es, eso indica que el narrador ha conseguido calar en el lector, pero también que éste no tiene muy clara la función de la literatura, que lo mismo que puede desnudar el alma del autor también puede ser un simple ejercicio de aproximación a una historia puramente ficticia. Nunca juzgo un texto por lo que pueda tener de autobiográfico o de vivencias del autor sino por lo que narra, cómo lo narra y si ha conseguido convencerme, llegar a tocar una fibra interior. En esta primera entrega de esta serie me he sentido interesado desde el primer momento, no porque sienta curiosidad por saber si el autor nos está contando su vida, una curiosidad un tanto morbosa, sino porque la historia que nos cuenta está bien narrada, interesa, y no por el hecho de contar la vida cotidiana, las vivencias que todos vamos acumulando en nuestra vida, una historia pierde interés. En la ficción cabe todo, desde la fantasía más delirante hasta la íntima efusión de unas vivencias personales. Una historia personal, cotidiana puede tener el mismo interés que una historia policíaca trepidante o más, todo dependerá del narrador, de cómo se cuente y de cómo el autor es capaz de llegar a las fibras sensibles del lector. Seguiré poco a poco con la serie. Un saludo.

    • pippobunorrotri
      Posted at 21:14h, 14 febrero

      Gracias por tus palabras son de gran interés para mi que me dan fuerza para seguir indagando en este bosque de las palabras y letras. Un saludo amigo

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