EL AMIGO IMAGINARIO

En los polvorientos estantes

de la biblioteca de mi memoria

permanecen, entre viejos títulos,

las epístolas de letra inclinada

de mi amigo imaginario;

fedatarios de una infancia secreta

escondida tras el abanico

de la brisa del momento.

 

En ellas, pieles arrugadas,

los temores se reflejan

densos e intensos

como capullo apretado

y en el silencio de mi mirada

se deslizan como ciegos

palpando las esquinas

de un alma exaltada.

 

Ha noches, esas en las que

el horizonte se ha diluido

en la oscuridad de las tinieblas,

el amigo imaginario regresa

cortando el silencio

con su sonrisa burlona,

llenando mi mente

de una borrosa penumbra

haciendo que camine

como un ciego

apoyado en su mano,

de lazarillo agitado,

hasta ese amanecer

donde el tiempo recicla

el pasado

en un sueño futuro.

 

Conozco a ese amigo imaginario

muy bien, como él conoce mi sino,

los dos nos conocimos

en esa edad,

donde la sonrisa

no mostraba los dientes,

en esa edad

donde la mirada

era una ingenua

mariposa que revoloteaba.

 

Yo conozco su sombra

él, mi sombra persigue

los dos seguimos

los alocados pasos

de un destino desviado

recogiendo besos prohibidos,

equivocados amantes

de un trance,

caricias perversas

de ese instante

donde el aroma

de la quimera

ahúma el sentir.

 

Él era esa nave

a la que me subía

para volar en ese cielo

entre los pensamientos

sintiéndome ese prosista

que crea historias

del relato de una vida.

 

Pippo Bunorrotri

 

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