LA PROMESA DE UN DÍA

En el instante de aquella tarde,

de aquel día, en el que el sol se ponía

en el oeste de una noche de alegría

que nuevos amaneceres traería,

en medio de un charco

de sudor y lagrimas.

Cuando abriste los ojos con un llanto

y te asombraste de mi gesto ausente,

o quizás perplejo del miedo,

y con un movimiento inocente

de tu mucoso brazo desnudo

pusiste tu diminuta mano en mi rostro,

donde una lagrima brotaba,

despertándome de un sueño sin palabras

y con un susurro del corazón

te prometí, a ti, un niño

recién salido de las entrañas de tu madre,

donde el amor puso su semilla,

que siempre te protegería.

En aquel momento no pensé

en lo que la vida nos depararía,

ni el desorden que en ella

causarían mis ausencias,

mis idas y venidas

persiguiendo un sueño,

que era de dos en compañía

y no de uno en solitario,

ni tampoco pensé

en lo que dejaría atrás

cuando ese sueño se rompió

en mil pedazos

como un jarrón de arcilla.

Los años han corrido,

como corre el viento

tras los pasos perdidos.

Tú eres un hombre

que persigue su destino,

yo un viejo disgustado

que cuenta recuerdos vividos.

Nuestra vidas son distintas

a las de aquella tarde

que todo era alegría,

tu en una punta

donde la luz brilla

y yo en el otro extremo

donde la penumbra

corteja a la memoria.

Los teléfonos no son de sobremesa

son de bolsillo,

ya no hablan del presente,

escriben el futuro.

Los coches tienen cuatro ruedas,

como antes,

pero ahora tu no los diriges

son ellos los que te ordenan.

Las vidas corren

de locura en locura

sin perder el tiempo en sueños

que hagan cambiar el tiempo

del disparate del mundo.

Pero a pesar de la distancia,

de la locura del mundo,

de la hipocresía de unos y otros,

de los egos cabezudos de todos

y de la lista de culpas

tuyas y mías,

que hemos escrito

con tinta invisible

en la pizarra de la memoria,

y que a ella regresamos

cuando no escuchamos

y es la sin razón la que ordena

palabras dibujando gestos,

que el tiempo todo lo clasifica…

 las cosas son lo que son

y se quedan como hojas perennes

en la conciencia del perdón.

Todo lo viejo cambia,

todo lo nuevo se hace viejo

y que lo viejo y lo nuevo

no se pierden en el olvido,

conviven en el tiempo

aprendiendo de sus aciertos

y de sus errores…

Mírame hijo!… mírame

 desde la distancia,

de tu silencio,

de nuestro alejamiento…

ves la caricia que aquella tarde

pusiste en mi rostro…

que una promesa arranco.

Hoy es el poemario

donde escribo este poema

de perdón.

 

Pippo Bunorrotri.

 

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